lunes, 29 de abril de 2013

De viaje con Cavafis, a Alejandría y a todo el mundo

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Casa-museo de Cavafis en Alejandría, Egipto. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

                      “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
                     pide que el camino sea largo,
                     lleno de aventuras…”.*



Pocos poemas habrá con unos primeros versos más sugestivos.



Hubo un tiempo —hace ya de ello más de lo que quisiera pensar— en que la poesía de Constandinos Cavafis era mucho más conocida que en la actualidad. Parecía que todo el mundo leía sus poemas.



Eran los tiempos de mis primeros viajes, y por eso un poema como Ítaca (1911) me atraía de manera especial. Era, y es, muy conocido.



Con el tiempo, leyendo los poemas de Cavafis me fui adentrando en un mundo extraño, misterioso y fascinante. Muchos de los poemas de Cavafis estaban ambientados, al menos formalmente, en ese mundo helenístico y bizantino que se extendió por las orillas orientales del Mediterráneo y por Oriente Medio. Las tierras del Levante y más allá.



Por tanto, leer a Cavafis era viajar a Osroene, a Antioquía, a Susa, a Sidón. Leer a Cavafis era seguir la pista de los seleúcidas, de Miguel Comneno, de la tumba de Lanis. O de Antíoco, rey de Comagene.



En realidad no sabía —ni me importaba realmente— si esos personajes habían existido o no, si habían sido importantes en su tiempo.


Casa-museo de Cavafis en Alejandría, Egipto. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
 Viajar hace 30 años por Oriente Medio era un poco diferente a como es en la actualidad. En Petra vivían los beduinos en las cuevas y te invitaban a comer y a pasar la noche con ellos, y tenías una visión de la vida de las familias, una vida que parecía no haber cambiado en siglos. En Bosra encontrabas los restos de antiguas civilizaciones y parecía que eras el primero en llegar allí. No había carretera que llegara a Nemrut Dag, y el lugar estaba olvidado, ajeno al mundo, y podías acampar entre las cabezas de los dioses y ver amanecer desde lo alto de la montaña.



Todo esto lo cuento porque, aunque fuera mentira, llegar a esos lugares me hacía soñar con un mundo antiguo que todavía estaba vivo, que apenas había cambiado en mucho tiempo. Resulta que, subiendo por un camino hacia Nemrut Dag, encontrabas una estela y allí estaba Antíoco I, rey de Comagene, al que había conocido en un poema de Cavafis. Y de repente sus poemas cobraban una vida insospechada.



Como Cavafis era muy leído en todo el mundo, no era raro que acabaras hablando sobre él con alguien con el que compartías un tramo del viaje. Ahora me acuerdo de Jonás, un sueco con el que viajé por Nicaragua y Costa Rica. Tomamos unas habitaciones en San José y nos quedamos hablando de Cavafis (cosas que pasan). En un momento nos asomamos al balcón y recordamos un poema en el que el autor/actor hace lo mismo: melancólicamente sale al balcón para distraer sus pensamientos mirando el movimiento de la calle.



Porque además de los poemas ambientados en el mundo helenístico y bizantino también hay otros en los que se vive la Alejandría de principios del siglo XX,. Poemas en los que se palpa la vida de los cafés, de las tiendas, de las calles, de los burdeles. El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, por cuyas páginas sobrevuela el espíritu de Cavafis (el Viejo Poeta), dio forma a esta ciudad de la Memoria y echó más leña al fuego: había que ir a Alejandría.



A Alejandría, la ciudad de la memoria, la ciudad del olvido, la ciudad cosmopolita en la que convivían gentes de todo el Mediterráneo y de todo el Levante. Cavafis era un griego de Alejandría, pero también en esos tiempos también había armenios, judíos, albaneses, franceses, malteses, italianos, y por supuesto ingleses y otomanos.



A esa ciudad en la que Cavafis vivía también se añadía la Alejandría de la antigüedad, la de Cleopatra: la Alejandría humanista del helenismo, no la clásica.



Ambas Alejandría parecían vivir en un mundo ajeno a la tristeza, empeñadas en la búsqueda del placer.



Así que, en un momento, hubo que ir a Alejandría, a buscar la casa de la rue Lepsius donde el viejo poeta había visto “las oscuras ruinas de su vida”.  



La casa de Cavafis es un modesto apartamento —que hasta hace pocos años funcionó como pensión— en el que se quiere revivir el tiempo del poeta. Sus libros, algunos muebles de la época, algunos grabados. Poco más.


Casa-museo de Cavafis en Alejandría, Egipto. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
 Pero las casas de los poetas tienen algo. Se siente algo cuando subes los mismos tramos de escalera que otra persona en la que piensas ahora subió durante muchos años, hace muchos años. Es una sensación que no todos sienten, pero no por ello deja de ser importante.    



Así que subí la escalera y entré en el apartamento. Y recorrí las habitaciones.


Casa-museo de Cavafis en Alejandría, Egipto. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
 Y claro, no pude resistirme, y melancólicamente salí al balcón, salí para fijar mis pensamientos mirando el movimiento de la calle.



Sí, el camino a esta Ítaca había sido largo y lleno de aventuras.

P.D. Hoy, 29 de abril, se cumplen 150 años del nacimiento de Cavafis y 80 de su muerte. Tocaba recordarle.

* Poema traducido por Pedro Bádenas de la Peña, Alianza Editorial, 1982.


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