viernes, 29 de julio de 2011

Ladakh, el Pequeño Tíbet, 2

Festival en Leh. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


Durante los días que pasé en Leh encontré que Ladakh está cambiando a pasos agigantados. En una visita a la Women's Alliance asistí a la proyección de la película Ancient Futuresde Helena Norberg-Hodge (que también ha  publicado un libro con el mismo título) en el que se muestran los problemas que plantean estos cambios a la sociedad ladakhí. En los últimos años se han abandonado, en gran medida, las formas tradicionales de adaptación al medio, esa cultura que ha permitido a sus habitantes vivir en este apartado lugar del mundo en condiciones que a primera vista son extremadamente duras.
En una región a gran altitud en la que apenas llueve, los ladakhíes habían conseguido desarrollar una agricultura de subsistencia que, con el apoyo de una pequeña ganadería y con el comercio de los escasos excedentes, siempre ha sido más que suficiente para asegurar su vida y su cultura. La adaptación perfecta al medio natural. Una adaptación que ha sido alterada por el abandono de los cultivos tradicionales, por la llegada masiva de gentes extrañas, por el olvido de las viejas normas aprendidas durante siglos. Tal vez todo ello, unido a unas lluvias realmente inusuales, estuvieran en el fondo de la catástrofe de verano de 2010.
De alguna manera yo formaba parte de ese cambio. Durante los meses de verano Leh se llena de turistas, de cachemires que abren tiendas y desplazan a los ladakhíes en el comercio, de ladakhíes que sólo encuentran una oportunidad de trabajo en el turismo. Desde otro punto de vista, Leh no ha cambiado, sólo se ha adaptado a los nuevos tiempos, y las nuevas caravanas no son ya las de los comerciantes que recorren estos caminos para traficar sino las de los caminantes que siguen las mismas rutas para practicar el trekking por algunos de los parajes más desolados, puros y hermosos de Asia.
Mientras preparaba mi propio recorrido dedicaba el tiempo a vagar por los alrededores de Leh, a adentrarme en esta cultura budista. Desde que el Tíbet fue anexionado por China ha padecido las consecuencias de la llamada revolución cultural maoísta y sufre un proceso de aniquilación cultural. Por eso Ladakh se ha convertido en un reducto de esta cultura y se ha ganado el título de "Pequeño Tíbet". Así, en los alrededores de Leh es posible adentrarse en este mundo, vislumbrar una cultura que casi ha desaparecido en otros rincones del Himalaya.

miércoles, 27 de julio de 2011

Ladakh, el Pequeño Tíbet

Leh. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

En contra de todos los consejos y del sentido común, el día de mi llegada a Leh emprendí el ascenso al fuerte de Tashi Namgyal. El camino sale de los arrabales de la capital de Ladakh y trepa por una montaña empinadísima. El aire es fino en Leh, sobre todo si esa mañana has amanecido en Delhi y has tomado el avión que cruza la barrera del Himalaya en poco más de una hora y te deja en las alturas sin darte tiempo material a adaptarte. 
Pero despacio, muy despacio, parando cada pocos pasos, subí lo que parecía una cuesta interminable y alcancé la cima. Allí, las ruinas del fuerte y el templo de Maitreya se alzan como unas minúsculas muestras del ansia del hombre por llegar a lo más alto.
El esfuerzo vale la pena porque desde este balcón se domina perfectamente toda esta parte del valle del Indo, que en esta zona define el Ladakh central. Me senté y, cuando conseguí estabilizar la respiración, pude entretenerme en descifrar el paisaje. El río corría al fondo del valle, como una delgada cinta de plata. En algunos lugares, a sus orillas, había algunas manchas de verde, pero todo lo demás era puro desierto de roca. A la derecha se veían las cumbres del macizo de Ladakh, y a la izquierda, las del Zanskar, que rodean este mundo recóndito, casi perdido entre las montañas y el cielo. Las primeras forman parte del Karakorum, y las segundas del Himalaya, por lo que es fácil sentirse aquí en un lugar especial, justo donde se encuentran las dos cordilleras más poderosas del planeta. Con un poco de atención descubrí, desperdigados aquí y allá en este paisaje lunar, las siluetas de los gompas, los monasterios budistas que durante siglos han servido de centro espiritual de la cultura tibetana. Justo debajo de mí, en lo que parece un oasis, en una especie de valle lateral, se extendía Leh, la pequeña capital de Ladakh.

Leh. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Desde Leh se han controlado las rutas caravaneras que cruzaban este valle, zona de paso inexcusable para muchos de los ramales de esa intrincada red que, en el siglo XIX, Richthofen, un geógrafo alemán, bautizó como la Ruta de la Seda. Durante muchos siglos por aquí pasaron comerciantes del Tíbet, del Turkestán, de China, de Cachemira, y en sus cargamentos habría seda, pero también oro, té, algodón, especias, índigo, almizcle, brocados, que iban cambiando de mano de un valle a otro hasta alcanzar lejanos mercados. Con ellos también viajaban las ideas y las religiones. Así, en el siglo VII llegó hasta Ladakh el budismo, que asumió las antiguas creencias de la religión chamanista bon y algunos elementos tántricos hindúes. Todo ello es posible ya que aquí ha imperado la forma mahayana de budismo que, a diferencia de la theravada, permite incorporar dioses de otras religiones como bodhisattvas, es decir, seres iluminados que rechazan el nirvana y pueden renacer una y otra vez en este mundo para ayudar a los demás a alcanzar la iluminación.

martes, 26 de julio de 2011

No más cláusulas abusivas a los fotógrafos


Foto: Rafa Pérez (c)

Continuamos con el tema de ayer.
En esa entrada del blog hacía dos previsiones. Una era que El País iba a rectificar inmediatamente las cláusulas abusivas que había planteado en el concurso Memorias de... un verano en lo referente a la cesión de derechos de los participantes y la barra libre de su uso por parte de Prisa. Lo hizo ayer por la tarde. En la página de Facebook de El Viajero pidieron disculpas y avisaron de los cambios realizados en parte de las bases, lo que es de agradecer. No debe de ser ajena a este cambio la presión que hemos realizado miles de fotógrafos enviando mensajes a la Defensora del Lector de El País, a la página de Facebook de El Viajero o a través de Twitter. Gran parte de esta energía se ha canalizado y concentrado gracias a la página de Facebook y al blog de ¡Stop cláusulas abusivas a los fotógrafos!
La segunda previsión que hacía es la complicada. Que este hecho puntual, la lucha para modificar unas cláusulas abusivas en un concurso concreto, va a suponer un antes y un después en la lucha por defender los derechos de los fotógrafos. Si se repite esta acción con todos los concursos que planteen cláusulas semejantes y se da publicidad a los resultados, dentro de poco nadie se atreverá a plantear bases semejantes en los concursos.
Dicho esto, no hay que olvidar que todo esto de los abusos en los concursos de fotografía no es más que una parte muy pequeña de los problemas a los que se enfrenta en la actualidad la profesión de fotógrafo. En la Prensa, que es donde yo desarrollo mi profesión, el deterioro es grandísimo. Algunas empresas sí nos respetan, pero otras muchas no. El éxito de ayer debe darnos ánimos para continuar la lucha en muchos frentes. La única opción que nos queda es la de unirnos para reivindicar la dignidad en el trabajo.

lunes, 25 de julio de 2011

No más concursos fotográficos abusivos

Foto: Rafa Pérez (c)


Quiero referirme a una perversión que se está poniendo de moda en los últimos tiempos: alguien (una fábrica de chocolatinas, un banco, un Ayuntamiento, quien sea) organiza un concurso fotográfico y, con el gancho de un premio (normalmente ridículo) exigen a los participantes que cedan los derechos sobre las fotografías presentadas y de este modo el organizador se arroga el derecho de utilizarlas a su voluntad. ¿Para hacer publicidad del concurso? ¿Para hacer una exposición en la Biblioteca Municipal? No, para utilizarlas a su antojo o, incluso, venderlas a terceros obteniendo un beneficio.
Esta actitud es perversa por diferentes motivos.
Por una parte, al disponer de un banco de imágenes, esa empresa, Ayuntamiento, etc. no necesita, o necesita en mucha menor medida, los servicios de fotógrafos profesionales para obtener las fotografías necesarias en cualquier ámbito de su actividad. Todo ello repercute de manera muy negativa en la actividad profesional de los fotógrafos.
Siendo grave lo dicho en el párrafo anterior, me parece todavía peor el componente inmoral, ilegal, carente del mínimo asomo de ética, que permite a alguien escribir: “para poder participar, el concursante debe renunciar a un derecho reconocido por la Ley”. Hasta ahora, el participante en muchos concursos debe ceder todos los derechos de autor, de propiedad intelectual, a los organizadores de muchos de ellos, lo gane o no, para poder participar. A este paso, dentro de poco leeremos condiciones del estilo: “para poder participar, el concursante debe ceder el derecho a voto al organizador, que lo utilizará a su antojo en las próximas 14 elecciones municipales, autonómicas y generales”. ¿Impensable, verdad? Pues esto es igual de inmoral e ilegal que lo que ocurre todos los días.
La semana pasada se ha dado una vuelta de tuerca definitiva en todo ello. El diario El País, a través de la sección El Viajero, ha convocado un concurso fotográfico titulado Memorias de... un verano, en el cual, a cambio de un premio (un viaje en el que no todo está incluido, por ejemplo los 990 euros que cuestan las entradas a parques nacionales, reservas, etc. en Kenia y Tanzania), no sólo el Viajero sino el Grupo Prisa (la editora de El País y de muchas otras publicaciones) se arroga el derecho a utilizar todas las fotos. Sin pagarlas.
Digo que es una vuelta de tuerca definitiva por dos razones. Primera, porque la entidad convocante es una empresa editora de prensa que lleva mucho tiempo en el negocio, y que no es por tanto ajena a los conceptos de derechos de autor, propiedad intelectual, etc. No me cabe la menor duda de que El País va a reaccionar inmediatamente modificando algunas cláusulas del concurso.
Y segundo, estoy seguro de que este caso concreto va a suponer un antes y un después en lo referente a esta barra libre de derechos de los fotógrafos (sean profesionales o no) que se vive en estos tiempos. Páginas de Facebook como Stop cláusulas abusivas a los fotógrafos están canalizando un movimiento que no va a parar. Cada vez que alguien organice un concurso con cláusulas abusivas va a tener a miles de fotógrafos quejándose y solicitando los cambios pertinentes.
Quiero pensar que las posibilidades que ofrecen las redes sociales de compartir ideas e inquietudes y de unir fuerzas van a dar resultado en este caso. Pero quedan muchos otros temas pendientes. Seguiremos informando.   

viernes, 22 de julio de 2011

Machu Picchu, en busca de la ciudad perdida

Machu Picchu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Machu Picchu es la prueba de que las ilusiones se pueden hacer realidad. Que se puede perseguir lo que parece una quimera en el centro del desierto, en lo profundo de la selva o más allá de la última montaña y acabar por encontrarla. Durante siglos, desde la llegada de los españoles a Perú, los aventureros sedientos de oro han partido en busca de una fabulosa ciudad perdida en la selva. Alguno acabó por encontrarla.

Machu Picchu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Por eso viajar a Machu Picchu no es sólo realizar una visita turística a un centro arqueológico bien restaurado y de indudable valor cultural. Es sumergirse en la historia, en la aventura, en los sueños. Y plantearse alguna que otra incógnita.


Machu Picchu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
En esta ciudadela encaramada sobre los precipicios entre los que corre el Urubamba, rodeada de selva y de difícil acceso en el momento en que se construyó, uno podría esperar encontrar unas construcciones pequeñas y de poco refinamiento. Sin embargo, aquí se encuentran algunas de las estructuras de piedra más finamente talladas del mundo. El palacio de la Princesa, el Intihuatana, los templos -del Sol, de las Tres Ventanas, del Cóndor, el Principal-, son estructuras aparejadas por una mano maestra, por una civilización en el momento cumbre de su desarrollo. No puede ser, por tanto, una capital construida de prisa por un grupo que en ese momento se ocupaba de luchar contra el invasor. Además, presenta pocas estructuras habitables, lo que hace pensar que Machu Picchu nunca fue una ciudad en el sentido habitual de la palabra.

Machu Picchu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Sería, con toda probabilidad, un enclave real o un centro ceremonial. Un refugio en el que el Inca se recluiría en los fríos meses de invierno -entre junio y septiembre. No hay que olvidar que, desde Cuzco, no se sube a Machu Picchu, sino que se baja. Esta ciudadela se encuentra en la zona en que los Andes empiezan su vertiginoso descenso hacia la selva amazónica, así que, además de proporcionar un escape a los rigores del frío podría proporcionar cultivos casi tropicales muy deseables por la nobleza del Cuzco.

Machu Picchu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Pero todo son enigmas, preguntas sin respuesta que entran en el magín de cualquiera que haya paseado entre sus muros intactos, que haya contemplado el conjunto desde la cima del Huayna Picchu -la cumbre puntiaguda que se eleva detrás de la ciudadela- o desde Intipunku, la Puerta del Sol por la que entran los que recorren a pie el Camino Inca.

Machu Picchu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
¿Cómo es posible que los conquistadores españoles no llegaran a sospechar nunca la existencia de este prodigio? Recordemos que fueron recibidos como libertadores por los habitantes y la nobleza de Cuzco, recientes perdedores de una guerra civil.

Machu Picchu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
La respuesta más convincente es que ni siquiera ellos supieran de su existencia, y el recuerdo de esta ciudad perdida -incluso de esta región perdida- hubiera sido borrado de la memoria oficial por cualquier razón. Quizá se hubiera rebelado contra el Inca y éste la hubiera despoblado y hecho olvidar por todos.

Machu Picchu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
No importa. Los misterios de Machu Picchu son los que permiten que sea continuamente redescubierta. Que sea el ejemplo supremo de un enigma que espera todavía al final del camino.

miércoles, 20 de julio de 2011

Eugène Atget y las fotos del viejo París

Sede de la Fundación Mapfre en Madrid. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


Dentro de la historia de la fotografía, aquéllas clásicas de París forman para mí una categoría aparte. Me pones delante una foto en blanco y negro de París y me gusta. Otro día podemos hablar de Doisneau, de Brassaï y tantos otros, pero hoy toca acordarnos de uno muy anterior a ellos, Eugène Atget (1857-1927). La razón está clara: hay una estupenda exposición de sus fotografías en la sala de exposiciones Recoletos de la Fundación Mapfre en Madrid.
Atget es un clásico de la historia de la fotografía, y así está reconocido en los libros de los que saben. Atget, sin embargo, sólo llegó a la fotografía después de fracasar en una larga serie de oficios. Empezó a hacer fotografías muy a finales del siglo XIX y para colmo lo hizo con técnicas que ya en ese tiempo eran antiguas, y se conformaba con considerarlas “documentos”. Y así documentó las formas de vida parisienses que en esa época estaban condenadas a desaparecer, debido sobre todo a las transformaciones planificadas por Haussmann. Fotografió vendedores ambulantes, mozos de mudanzas, cantantes callejeros, pescaderas, prostitutas, etc. Me encanta monsieur Atget.
Sin embargo, en la mayor parte de sus fotografías no hay personas. Son rincones, calles, edificios, detalles de París. Las hacía generalmente al amanecer con una cámara antigua de placas sobre un trípode, y las copias las hacía por contacto casi siempre en papel albuminado. La ausencia de transeúntes confiere a las imágenes una curiosa sensación de vacío. Parece ser que a los surrealistas les encantaban estas imágenes mágicas e inquietantes de atmósferas vacías, eso que transita entre la realidad y el sueño.
Atget quería ser un documentalista del viejo París que desaparecía y se convirtió en un revolucionario de la fotografía. Según Robert Desnos, sus fotos son el reflejo de la visión que un poeta lega a los poetas.
Un detalle que merece la pena señalarse es que la mayoría de las fotografías que se muestran en la exposición son las copias originales que el propio Atget realizaba en su destartalado taller poco después de obtener la placa. Resulta emocionante estar delante de copias hechas por contacto en papel albuminado hace más de 100 años. El detalle es maravilloso. (Hay un libro estupendo con fotos de Atget publicado por Taschen: Paris, de esos que cuestan 9'95 euros; pero claro, no son copias por contacto en papel albuminado, y se nota).



También está esa extraña sensación de ver fotos de personas y cosas que ya no existen. Personas que trabajaban en las calles de París hace más de un siglo. Los edificios están perfectamente identificados: calle, número y distrito. Sólo que ya no existen.

P.D. Me hubiera gustado hacer alguna foto de la sala de exposiciones, gente mirando las fotos o algo así, pero el vigilante me advirtió de que estaba terminantemente prohibido.


lunes, 18 de julio de 2011

Nelson Mandela y otros más en Robben Island



Celda de Nelson Mandela en Robben Island. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
El barco tarda apenas media hora en llegar desde el Waterfront, la zona turística y comercial de Ciudad del Cabo, a Robben Island. Es un viaje desde las tiendas de moda, los restaurantes finos y las luces del consumo a la historia oscura que no debe olvidarse. Este islote ha sido, durante 400 años, lugar de exilio y prisión de locos, leprosos y prisioneros políticos.
Los más conocidos son, lógicamente, los más recientes, los que se opusieron al apartheid en Sudáfrica y Namibia. De aquí surgió la figura de Nelson Mandela como líder de la tolerancia y la reconciliación, tan admirada hoy en todo el mundo. No le resultó barato. De los 27 años que pasó entre rejas, 18 transcurrieron en esta isla rodeada de corrientes heladas infestadas de tiburones. La Unesco considera a Robben Island como patrimonio de la humanidad.
Todos los guías que acompañan a los visitantes que recorren la isla son antiguos presos políticos. Gente todavía joven que pasó varios años en este agujero. Como Modise Phekonyane, que se dejó aquí parte de su juventud entre 1978 y 1982 y ahora explica con detalle la vida en prisión al tiempo que envía un claro mensaje de amor a la libertad.


Imagen de prisioneros en la cantera. Robben Island. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Hay que tener las cosas muy claras para hablar de reconciliación cuando se muestra a un visitante el módulo de máxima seguridad, en donde estuvieron encarcelados Mandela y otros líderes. Cuando enseña las celdas donde estaban encerrados, donde dormían en el suelo, tal vez encogidos porque son tan pequeñas que si uno era un poco alto no se podía estirar al tumbarse. O, al recorrer la isla, visitar la cantera en la que los prisioneros pasaban años picando piedra que luego no se utilizaba para nada. Aquí se machacaba piedra caliza, de color muy claro y muy brillante bajo el sol del verano, por lo que muchos prisioneros acabaron con serios problemas de la vista. O al seguir el camino y detenerse con los turistas delante de una casita amarilla y decir que en ella Robert Sobukwe pasó nueve años en reclusión absoluta, sin contacto con nadie. Una comisión le visitaba cada año y le preguntaba si había reconsiderado sus opiniones políticas. Cuando decía que no le condenaban a un año más de aislamiento.


Casa en la que estuvo preso Robert Sobukwe en Robben Island. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Modise Phekonyane refiere mil y una historias sobre sus años de prisión y los de sus compañeros, con seriedad y con
un punto de optimismo, el que necesita para mirar hacia el futuro. Sabe que tiene muchas cosas que contar, y ha empezado con un libro de poemas. Luego vendrán otros más. Mientras tanto, al recorrer la isla, se preocupa también de que los visitantes se fijen en los avestruces, en los ciervos y en los pingüinos que proliferan en esta isla tranquila. Y de que aprecien la buena vista de Ciudad del Cabo y de Table Mountain, allá, dominando el horizonte.
Hoy, 18 de julio, Nelson Mandela cumple 93 años. Felicidades.

viernes, 15 de julio de 2011

Los tesoros (casi) escondidos del románico en Auvernia

Lavaudieu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Cuando al pasear por Clermont-Ferrand bajas por la rue du Port, cruzas la rue Pascal y te dicen que vas a ver una iglesia que está declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco te preguntas dónde puede estar. Pero giras a la izquierda en un callejón y allí está, escondida, una de las joyas de Auvernia.


Notre-Dame du Port, Clermont-Ferrand. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Notre-Dame du Port, Clermont-Ferrand. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
 La iglesia de Notre-Dame du Port es un tesoro de esos que no te ganan por la grandiosidad ni por la riqueza de la decoración, sino por ese no sé que se halla por ventura en las obras hechas con el corazón. Hay una armonía en el conjunto (que fue muy dañado durante da Revolución Francesa aunque ha sido restaurado con tino) que impresiona.

Notre-Dame du Port, Clermont-Ferrand. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Notre-Dame du Port, Clermont-Ferrand. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Notre-Dame du Port es uno de los grandes triunfos del románico en Auvernia, una región en la que el románico es el triunfo del arte religioso. Como en toda Francia y buena parte de Europa, el románico marca un renacimiento espiritual y un desarrollo económico importante. Una vez que se superan los miedos del año 1000, toda Auvernia se cubre de iglesias que rivalizan entre sí en magnificencia. Se conservan nada menos que unos 250 edificios, de los que destacan cinco joyas.

Resto de la desaparecida iglesia de St.Pierre incorporado a una vivienda,
Clermont-Ferrand. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Pero además de estas grandes obras hay también muchas iglesias de pueblecitos y capillas solitarias que forman uno de los conjuntos más importantes del arte románico de Europa. La tendencia conservadora de las gentes de Auvernia unida al hecho de que el gótico, por una razón u otra, no triunfara en estas tierras, han preservado muchas de estas obras.


Lavaudieu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Lavaudieu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
En todas ellas destacan los capiteles esculpidos, encargados de transmitir historias y enseñanzas en una época en la que no se sabía escribir.

Lavaudieu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Lavaudieu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
En Lavaudieu, uno de los Pueblos más bellos de Francia, se encuentra el único claustro románico completo de Auvernia, además de la iglesia y otras dependencias que tienen varias muestras de pinturas murales.

Lavaudieu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Lavaudieu. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Dada la importancia que el arte románico tiene en Auvernia, la Oficina de Turismo de Clermont-Ferrand tiene un espacio propio dedicado al tema, Espace roman que organiza exposiciones sobre diferentes aspectos del periodo románico. Tienen un folleto interesante. Es como un plano del tesoro, de los tesoros románico de Auvernia.


miércoles, 13 de julio de 2011

Vulcania, viaje a los secretos de la Tierra




Vulcania. Auvernia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Los volcanes fascinan y aterran al mismo tiempo. Las cenizas volcánicas pueden fertilizar la tierra o quemarla. La visión de un volcán humeante es un espectáculo impresionante: hermoso si sabes que no tiene consecuencias, terrible si destruye tu casa, o puede quedarse en un serio inconveniente si consigue (como está de moda últimamente) alterar el tráfico aéreo.

Vulcania. Auvernia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Auvernia es la única región volcánica en la Francia Europea, y por ello no sorprende que allí se haya puesto en marcha Vulcania, el llamado Parque Europeo del Vulcanismo. Se inauguró en 2002 pero en 2007 cambió bastantes atracciones, inaugurando otras nuevas continuamente.

Vulcania. Auvernia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
La idea primigenia de este parque surgió de los vulcanólogos Katia y Maurice Kraft, que dedicaron toda la vida al estudio de los fenómenos relacionados con los volcanes. Viajaron a numerosos países y estudiaron más de 100 erupciones. En 1991 murieron mientras realizaban investigaciones en el Unzen, en Japón. Hay bastante información sobre la pareja en Vulcania.

Vulcania. Auvernia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Un recorrido por el parque es una inmersión en el conocimiento y en las sensaciones. Se aprende sobre el origen del magma, los diferentes tipos de erupciones, qué es la escoria, una nube ardiente y mil cosas más. Hay algunas atracciones bastante movidas y se pide que en ellas no entren personas con problemas de salud.


video


Hay experiencias e historias alucinantes, como la que se refiere a la erupción del Toba, en Sumatra (Indonesia) hace 74.000 de años. Mission Toba es la novedad de este año, que permite sobrevolar la zona y observar en directo la explosión. La auténtica fue la más violenta desde que existe el Homo sapiens, y de hecho estuvo a punto de acabar con la especie humana, como hizo con otras muchas. Este fenómeno es conocido como la catástrofe del Toba.

Vulcania. Auvernia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Vulcania se encuentra en Saint-Ours les Roches, a 15 kilómetros de Clermont-Ferrand, por la carretera a Limoges.

lunes, 11 de julio de 2011

Cinco (o seis) personajes curiosos de Clermont-Ferrand


Monumento a Vercingétorix. Clermont-Ferrand. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Si te preguntan si sabes algo relacionado con Clermont-Ferrand, la capital de Auvernia, sobre algún personaje local, etc., lo más probable es que digas que no. Digo “lo más probable” pero en realidad estoy pensando que es “segurísimo”.
Pues resulta que al caminar por las calles de Clermont-Ferrand surgen recuerdos de historias y personajes que de alguna manera son conocidos. Aunque ni remotamente los relacionamos con esta ciudad.
Los que hemos leído las historias de Astérix y Obélix sabemos de la existencia de un secundario de lujo, que aparece en poquísimas viñetas, pero que es un personaje real: Vercingétorix, el jefe galo que llegó a vencer a Julio César en una batalla (aunque perdió definitivamente en la siguiente, poco después). Hablamos del año 52 a.C. En la gran Place de Jaude, el centro vital de la ciudad, está la estatua que lo recuerda, obra de Bartholdi (el autor de la Estatua de la Libertad de Nueva York). Vercingétorix evidentemente no nació en Clermont-Ferrand, porque la ciudad no existía en esos tiempos, pero se supone que nació en los alrededores.

Monumento a Urbano II. Clermont-Ferrand. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Toda la vida oyendo hablar de las Cruzadas (incluso alguno ha leído hasta un libro sobre el tema) y resulta que tienes que llegar a Clermont-Ferrand para que te recuerden que el papa Urbano II fue el que lanzó a los cristianos a la conquista de los territorios de Tierra Santa que estaban en poder del infiel. Y lo hizo en Clermont-Ferrand cuando clausuraba un concilio. El eslogan “Dios lo quiere” tuvo un éxito espectacular de convocatoria. En la Place de la Victoire, junto a la catedral, está la estatua que lo recuerda.

Monumento a Blaise Pascal. Clermont-Ferrand. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Toda la vida oyendo frases hechas, de esas que se repiten y repiten hasta la saciedad, y resulta que son de alguien. “El corazón tiene razones que la razón ignora”, “Dos excesos: excluir la razón, no admitir más que la razón”, "Si no actúas como piensas, acabarás pensando como actúas" (frase que, por cierto, un conocido político español ha utilizado la semana pasada como si se le hubiera ocurrido a él). Todas ellas son de Blaise Pascal, nacido en Clermont-Ferrand, uno de los filósofos y científicos más importantes de Europa -no es necesario recordar el pascal (unidad de presión) y el pascal lenguaje de programación, el Triángulo de Pascal, el Principio de Pascal, la Apuesta de Pascal, la pascalina, etc., debidos a él o nombrados por otros en su honor. En la Place Plascal, debajo de la Place de la Poterne, está la estatua que lo recuerda.
Otros personajes relacionados con Clermont-Ferrand son los hermanos André y Édouard Michelin, que desarrollaron una pequeña empresa hasta convertirla en uno de los fabricantes de neumáticos más importantes del mundo, y creadores además de las estupendas Guías Verdes (de turismo) y las Guías Rojas (de gastronomía y alojamientos), del muñeco Bibendum, etc.
Otro clermontino del que nadie sabe el nombre fue Fernand Forest (1851-1914) que inventó el motor de explosión.