viernes, 18 de abril de 2014

Muchos años después: otra vez Cien años de soledad



Muchos años después, en un avión que me llevaba a Cartagena de Indias, había de recordar aquella tarde remota en que me sumergí por primera vez en las páginas de Cien años de soledad.

Fue el 3 de agosto de 1979 y lo compré en la calle Libreros de Madrid, al lado de la Gran Vía. Lo sé porque en esa época, cuando compraba un libro, apuntaba en él la fecha, la librería y el precio. 160 pesetas me costó, casi un euro.

Muchos años después, frente a la estantería de casa, elegí un libro para llevarme de viaje a Colombia. No podía ser otro que Cien años de soledad. Este viaje era la ocasión perfecta para adentrarme de nuevo en el mundo de Macondo. De hecho quería recorrer la costa caribeña de Colombia y llegar a Aracataca, el lugar de nacimiento de García Márquez.

Así que cogí el libro, lo acaricié durante unos pocos segundos, lo metí en la bolsa de viaje y me fui al aeropuerto. Unas horas después, en el avión, lo saqué y empecé a leer el libro de nuevo.

Pero mientras yo volaba a Colombia mi pensamiento lo hacía hacia esa tarde remota en que compré el libro. Ese momento en que salí de la librería, bajé por la Gran Vía hasta la plaza de España, me senté en un banco y empecé a leer: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...”. Yo era entonces un muchacho de 20 años y mi vida era un “río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos” sin saber adónde iban a llegar. Mi “mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre” y de sentido. Y estaba todavía en la tarea de dejar de señalarlas con el dedo, como hacen los niños pequeños. Cien años de soledad fue uno de esos pocos libros definitivos con los que te cruzas en la vida.

Y entonces, sentado en el avión que me acercaba a Macondo, me di cuenta. En la página que hay frente a la del comienzo del texto —en la que viene lo del ISBN, el depósito legal y todo eso—, en la que había anotado los datos de la compra, vi la fecha: 3 de agosto de 1979. Y lo estaba leyendo el 3 de agosto de 2004.

Pues eso. Muchos años después, en un avión que me llevaba a Cartagena de Indias, había de recordar aquella tarde remota en que me sumergí por primera vez en las páginas de Cien años de soledad. Veinticinco años exactamente. Ni un día más, ni uno menos.


lunes, 2 de diciembre de 2013

IX Premio Internacional de Literatura de Viajes Ciutat de Benicàssim


 
Fort Cochin, Kerala, India. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
 Tengo el placer de anunciar que he ganado el IX Premio Internacional de Literatura de Viajes Ciutat de Benicàssim
Poco a poco, arañando horas al sueño o a otras tareas más o menos importantes, he ido escribiendo un libro sobre Kerala (India), uno de los lugares que más me han impresionado en todos los viajes que he hecho. Me impresionó tanto en mi primer viaje a India, en el ya lejano 1997, que he vuelto varias veces a este pequeño Estado. De hecho las cuatro primeras veces que fui a la India fui siempre a Kerala. Me buscaba cualquier excusa, a veces fui únicamente a Kerala y otras veces aprovechaba que iba a otro lugar para alargar mi estancia y desviarme a mi lugar en India.

Munnar, Kerala, India. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
 Ya expliqué en otra ocasión algunas de las razones por las que me interesa Kerala así que no tiene mucho sentido repetirlas. Sólo diré que allí encontré no sólo sensaciones, emociones, historia y belleza sino también ese no sé qué que me impulsaba a descubrir, a buscar, a tratar de entender. Algunas de esas cosas son las que tratado de plasmar en unos cuantos folios y que ahora parece que van a ver la luz en forma de libro.
En este momento sólo me queda agradecer a los miembros del jurado del premio la bondad que han tenido de considerar de algún valor esas páginas. Y a la Ciutat de Benicàssim la idea de organizar un certamen de este tipo, que lleva ya nueve ediciones. Este tipo de iniciativas tiene un valor mayor del que pueda parecer a primera vista —que ya es mucho— por lo que tienen de estímulo para crear este tipo de obras. 


lunes, 4 de noviembre de 2013

Viajero al curry, de Luis Mazarrasa



Foto: Luis Mazarrasa (c)


            India es, para la mayoría de los viajeros, una apuesta de todo o nada. Aquí no valen medias tintas: o te entra en el corazón o te espanta. La segunda opción te hace querer salir huyendo y no volver nunca más; la primera no significa simplemente que te guste todo lo que ves, porque eso no es posible. Que te entre en el corazón significa que empiezas una relación en la que participan a la vez el amor y el odio, de la que muchas veces quieres salir pero a la que acabas volviendo. Es una fascinación en la que sabes que eres engañado, un encanto que en ocasiones es exasperante, un cabreo que se te va con ese balanceo suave de la cabeza de un niño que quiere decir sí.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Desde arriba hay buena vista

Cementerio en los Andes, noroeste Argentina. Foto: Ángel M. Bermejo (c)



Estábamos en el noroeste de Argentina. Esa mañana salimos de Salta y emprendimos el camino hacia las alturas de los Andes. Seguíamos el mismo camino del Tren a las Nubes y en un momento paramos porque habíamos visto un cementerio a poca distancia. Bajamos e intentamos llegar a él, pero se encontraba al otro lado de un río. No pudimos acercarnos más. Desde la distancia me pareció un cementerio de nacimiento

Seguimos ascendiendo hacia las nubes. Pasamos por San Antonio de los Cobres y entramos en la provincia de Jujuy. Toda esta zona es de una inmensa vastedad, donde el horizonte es lejano bajo un cielo que puede herir con su brillo. Íbamos en busca de un salar, de un mar de sal en las soledades de las montañas.

Y, en el camino, donde no había nada, apareció otro cementerio coronando una loma. A una cierta distancia, al pie de otra loma, se distinguía un pueblecito: una iglesia blanca y unas pocas casas.

En este lugar en el que sobraba el espacio, donde das la vuelta para mirar a tu alrededor y te parece que giras mucho más de 360 grados, donde todo está vacío, allí estaban las tumbas arracimadas. Sobraba sitio hasta en el propio cementerio. Pero parecía que los muertos querían estar todos en un buen lugar, arriba del todo, cerca del cielo. Con buena vista.

Georges Brassens decía en una canción que quería ser enterrado en la playa de Sête porque así tendría la sensación de pasar la muerte de vacaciones. Aquí, en el cementerio de esta aldea de los Andes argentinos, una aldea de la que nunca supe el nombre, todos querían pasar la muerte asomados a un paisaje de una belleza que encoge el corazón. Un lugar en el que el Sol te hace lagrimear. Hace frío, y entonces sientes las lágrimas calientes. Es el calor de tus difuntos a los que recuerdas.