lunes, 31 de diciembre de 2012

Los viajes de 2012


 Termina el 2012 y es el momento de echar la mirada atrás para ver qué tal ha ido el año viajero. Hago memoria y veo que, una vez más, ha sido un año americano, con cuatro viajes que suman dos meses y medio de recorridos por esas tierras, a las que gusto de volver una y otra vez. También he hecho otros viajes por países más cercanos.
Éste es el resumen de los seis viajes más interesantes que he hecho en 2012.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Si no se acaba el mundo...


Noticia de alcance: ayer no se acabó el mundo.
Hace unos meses recorrí, en compañía de El fotógrafo viajero,  una buena parte del territorio maya. Estuvimos investigando el tema en profundidad, corroídos por un montón de preocupaciones.
Porque el problema de si se acababa o no el mundo planteaba un enigma, una duda, un dilema mucho mayor.
Si no se termina el mundo...

viernes, 21 de diciembre de 2012

¿Donde está el Museo del Fin del Mundo?

Museo del Fin del Mundo, Ushuaia, Argentina. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Difícilmente se podrá encontrar un museo con nombre más sugerente: del Fin del Mundo.
No, no tiene ningún sentido apocalíptico. Se llama Museo del Fin del Mundo porque está allí, al sur de la Patagonia, en Ushuaia, en el fin del mundo. Donde es fácil sentir que se acaba todo.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Qué verde era mi Bali


Foto: Gregor Krause. Tropenmuseum of the Royal Tropical Institute (KIT)
En agosto de 1912, Gregor Krause —entonces un joven doctor alemán que trabajaba para el gobierno de las Indias Orientales holandesas— fue destinado al remoto puesto de Bangli, en el interior de la isla de Bali. Su trabajo era atender a la población local y su misión duró 18 meses.
Debemos pensar que Krause

martes, 20 de noviembre de 2012

Gauguin y el viaje a lo exótico en el Museo Thyssen de Madrid

Exposición Gauguin y el viaje a lo exótico, Madrid. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Gauguin y el viaje a lo exótico. Difícilmente encontraremos una exposición con nombre más sugestivo. Pues ahora, y hasta el 13 de enero de 2013, existe un espacio en Madrid dedicado a esta idea, a la pintura que cumple con ella, un lugar en el que maravillarse, entregarse a algunos cuadros excepcionales y, de paso, dejar volar la imaginación.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Cementerios de nacimiento

Cementerio andino, Salta, Argentina. Foto: Ángel m. Bermejo (c)


Estos días de principios de noviembre se dedican en el mundo católico a recordar a los difuntos. Como sí hiciera falta una fecha concreta para que recordemos a nuestros muertos, que pueden estar más presentes en nuestro día a día que muchos de los vivos que nos rodean.
Hay quien dice que conviene visitar los cementerios de las ciudades a las que se llega, porque la forma de tratar a los muertos dice mucho de una sociedad. Esos detalles resultan evidentes de un solo golpe, lo que resulta muy cómodo e instructivo. Es una teoría. 
Uno visita cementerios en los lugares por los que pasa porque va en busca de la tumba de un personaje que le atrae por algún motivo, porque le han dicho que tiene un interés especial, o porque se los encuentra sin querer.
Este año, al recorrer el noroeste de Argentina, los iba viendo desde la carretera. Aunque estuvieran alejados, destacaban en medio del paisaje áspero y hermoso de los Andes. A veces se veía el cementerio pero no el pueblo. 
En una ocasión paramos para fotografiar un cementerio desde la distancia. Un río nos impedía acercarnos a él. Allí estaban las tumbas, apretadas en una ladera, como si no hubiera sitio para estar más anchos a pesar de estar rodeadas de soledad. 
Al verlo se me ocurrió que ese cementerio encajaría bien en un nacimiento. Si, ya sé que un cementerio es lo más opuesto posible a un nacimiento, pero igual que está el pesebre, y se ponen ríos, puentes, casas, montañas y hay pastores, reyes magos, camellos, burra, buey, ovejas y hasta personajes escatológicos, también debería haber un cementerio. Tal vez al fondo, en segundo o tercer plano, para recordarnos a todos la naturalidad de los cementerios. 
Si yo diseñara un cementerio de nacimiento me inspiraría en ése que vi desde la distancia en un valle de los Andes argentinos.  

miércoles, 3 de octubre de 2012

Tierra a la vista




No sé cómo sería hace siglos, cuando se cruzaba el Atlántico en barco de vela y se pasaban varias semanas dentro de la inmensidad del océano. Ahora es cuestión de pocas horas, pero todavía da gusto divisar algo y gritar "tierra a la vista". 
Acabo de cruzar una vez más el Atlántico y me he pasado buena parte del viaje mirando por la ventanilla. Y después de horas y horas de sobrevolar sobre el vacío azul del océano aparecieron unos islotes flotando en un agua de color paradisiaco. Creo que pertenecen a Turcos y Caicos. 
Luego seguimos volando, y al cabo del tiempo divisé la costa de Centroamérica. Apareció claramente el cabo que señala las reservas de Punta Gorda y Cerro Silva en Nicaragua.  Parecía qué el bosque tropical llegaba hasta la misma orilla. Seguimos sobrevolando, ahora un mar de nubes, y unos diez minutos después el avión giró hacia el sur para enfilar hacia San José y distinguí perfectamente el golfo y la península de Nicoya, ya en el Pacífico. Habíamos cruzado Costa Rica de costa a costa en un suspiro. 
Habíamos llegado a nuestro destinó. Once horas de Madrid a San José. Disfrutando del espectáculo único de una ventanilla de avión. 

viernes, 14 de septiembre de 2012

11 cosas imprescindibles que hacer en Estambul

Puente de Gálata, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Estambul nunca se acaba. Tiene a su favor el emplazamiento, la historia, su arquitectura, sus millones de habitantes y ese qué sé yo del que sólo gozan un puñado de ciudades en todo el mundo. Paso a proponer 11 cosas imprescindibles que hacer durante una visita a Estambul. Doy por supuesto que todo lo típico del Gran Bazar, Topkapi, la Mezquita Azul, la Cisterna Subterránea, la Torre de Gálata, Dolmabahçe, el crucero por el Bósforo, el hamman, el narguile, los dulces, etc. se encuentra en el folleto que te dan en el hotel. Lo que cuento tampoco es nada especial ni misterioso ni desconocido, solamente son cosas estupendas.
1—Pasar unas cuantas horas en el Istanbul Modern. Si alguna vez has pensado que el arte turco consiste en hacer mezquitas y los azulejos que las adornan este museo es el sitio para cambiar de opinión. Su colección permanente de arte turco contemporáneo puede hacerte cambiar la imagen que tengas de este país. Sus exposiciones temporales están a la altura de cualquier gran espacio cultural mundial. Y su ubicación, al otro lado del Cuerno de Oro, simétrica al palacio de Topkapi, es extraordinaria.
2—Comprar pistachos (también pueden ser aceitunas) en las calles de alrededor del Bazar de las Especias y comértelos cruzando el puente de Gálata, oliendo a mar, mirando el panorama y maravillándote con la obsesión de la gente por pescar aunque nunca veas a nadie sacar nada.
3—Saltar al barco que recorre el Cuerno de Oro, tocando las dos orillas, camino de Eyüp. Si en un momento ves en la orilla de estribor un submarino y un caza que parece a punto de estrellarse contra un edificio bizantino no te extrañes: es el Rahmi M Koç Müzesi, la más estrambótica colección de cosas diferentes que puedas encontrarte. Conviene hacer este viaje avanzada la tarde. Y vestir con una cierta dignidad: la mezquita de Eyüp es uno de los lugares más sagrados del Islam. Luego puedes tomar un pequeño teleférico que sube a la colina y entonces vas sobrevolando las tumbas del cementerio. Allí arriba está el Pierre Loti Café, turístico y cutrecillo. Por muy caro que cobren el té vale la pena, por la vista.

Mezquita de Rüstem Pasha, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
4—Seguir la pista de Mimar Sinan, el gran maestro de la arquitectura clásica otomana. En sus casi cien años de vida diseñó centenares de trabajos, no sólo mezquitas sino también palacios, puentes, baños, y más cosas. Muchos de sus trabajos están en Estambul. Su obra más espectacular en esta ciudad es la mezquita Süleymaniye pero a mi me encanta la de Rüstem Pasha. Llegar a ésta última, después de callejear por el bullicio de los mercados callejeros, meterte por una portezuela y subir una escalera oscura es fantástico.
5—Sentarte en un taburete de los que ponen en la calle los cafetines de Balat y Fener, ver la vida que pasa delante de ti y pensar que estás observando el Estambul de hace 50 años. Estos dos barrios, al costado del Cuerno de Oro, tuvieron antaño una fuerte presencia judía y griega aunque ahora son casi completamente turcos (anatolios concretamente). Pero parece que aquí se vive de forma diferente a otros barrios. Aquí se compensa el precio del té del punto 3 porque también está anclado en el tiempo.
6—Cruzar el Bósforo en barco. Hay como mínimo dos motivos para hacerlo. Uno, por el simple placer de atravesar el estrecho. En qué otra ciudad del mundo puedes hacer un viaje semejante, tan hermoso, tan emocionante y tan barato. Puedes llegar a la otra orilla y volverte. O, dos, aprovechar para explorar el barrio en el que hayas desembarcado. En principio Üsküdar tiene más cosas que ver que Kadiköy pero ambos merecen un buen paseo. Y claro, además de cruzar el Bósforo también se puede coger el barco de línea que llega hasta Anadolu Kavagi, casi ya en el Mar Negro.

Terraza del bar del Mikla, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
7—Tomar una copa con vistas. Estambul tiene una estupenda combinación de colinas junto al Bósforo y el Cuerno de Oro, por lo que abundan los lugares desde los que hay excelentes panoramas. Hay para dar y tomar. Algunos bares con terrazas de cortar el hipo son Mikla, 360 y Leb-i Derya. Además siempre está la posibilidad de tomarse una cerveza en los locales del piso bajo del puente de Gálata. Ambos lados tienen vistas espectaculares.
8—Cenar en un meyhane. Estambul está lleno de opciones gastronómicas de todo tipo, y algunas muy buenas. Pero probablemente ninguna supera a la de ir con unos amigos a cenar a un meyhane. Uno de los detalles interesantes de este tipo de locales es que el camarero aparece continuamente con una gran bandeja en la que hay una serie de platos, cada uno con un meze diferente o con pescado (la carne abunda menos). Ideal para elegir varios y compartir, y regar con raki. Hay muchos meyhanes, sobre todo en Beyoglu, en las calles Nevizade y Sofyali.

Mosaico del Museo de Mosaicos del Gran Palacio, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
9—Admirar mosaicos bizantinos. Los hay maravillosos y si encima puedes ver muchos a la vez no hay que perderse la ocasión. Hay dos lugares excepcionales que curiosamente no son tan visitados como podría suponerse. Uno es el Kariye Müzesi, la antigua iglesia de Chora, que también tiene frescos espectaculares. Es para estarse horas viéndolos y sólo te vas cuando empieza a dolerte el cuello. No está mal llevar unos prismáticos pequeños para disfrutar de los detalles. Se calcula que estas obras son de principios del s.XIV. Mucho más antiguos son los que se guardan en el Büyük Mozaik Müzesi, el Museo de Mosaicos del Gran Palacio. Si los de la iglesia cubren paredes aquí se trata de la parte que se conserva del pavimento del palacio imperial.
10—Pasar una noche loca en el Reina. El Reina es un local que tiene un conjunto de restaurantes, bares y pistas de bailes en un lugar excepcional: la orilla del Bósforo, prácticamente bajo el puente que cruza el estrecho. De hecho puedes ir en lancha y evitar atascos. El sitio es caro (probablemente tenga los restaurantes más caros de Estambul), pero el ambiente —los ambientes— es espectacular y hay que tomarse un par de copas disfrutandolo así como de la vista y del trabajo de los mejores DJs del país.


11—Quedarte pasmado en Santa Sofía. No es ningún descubrimiento pero no se puede estar en Estambul y no pasar un buen rato en el que para mí es el edificio más noble del mundo (de los que conozco, claro). Si no lo haces te lo echarán en cara al final de tu vida y será una pena.
P.D. Evidentemente, la cifra de once cosas que hacer en Estambul es ridículamente pequeña. Se pueden decir sin esfuerzo 111 o, incluso, mil y una. Porque Estambul es absolutamente interminable, multifacética y magnética.

martes, 11 de septiembre de 2012

Santa Sofía de Estambul, el edificio más noble del mundo


Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Para mí, el Ayasofya Müzesi es el edifico monumental más emotivo, hermoso y noble del mundo. Evidentemente, el Ayasofya Müzesi —el Museo Ayasofya— es Santa Sofía, Sancta Sophia, Haghia Sofia, la iglesia de la Sagrada Sabiduría, la gran catedral de Constantinopla que luego fue mezquita y ahora es el museo más visitado de Estambul. Y tal vez sea el museo más peculiar del mundo: un edificio de casi 1.500 años de antigüedad al que no se le ha incorporado ninguna obra, sólo se ha conservado lo que ya había.
He tenido la suerte de visitar unas cuantas veces este museo. Y siempre lo he hecho con la misma emoción: la de saber que estoy entrando en uno de los espacios más formidables creados jamás por el ser humano.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Siempre se recuerda que el emperador Justiniano exclamó aquello de “Salomón, te he vencido” cuando entró por primera vez con la iglesia terminada. Y hay que reconocer que, a pesar de la carga de vanidad de esta exclamación, el emperador bizantino podía estar orgulloso de la obra que había encargado: la catedral más grande de la Cristiandad, el faro de un imperio y una fe que había de durar como tal más de 900 años. Cuando entro, es que no me acuerdo de Salomón.
Cuando Mehmet II conquistó Constantinopla el 29 de mayo de 1453 se dirigió directamente a la catedral, enmudeció ante tanta majestuosidad, ordenó que sacaran todos los objetos que pudieran considerarse idólatras y ese mismo día la convirtió en mezquita. En 1935, Mustafa Kemal Atatürk la transformó en museo.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Tal vez sea esa historia acumulada, esos cambios de uso, la que añade buena parte de su valor al propio y espectacular edificio. Cuando entras te sumerges en un espacio único, por lo desmesurado pero también por la mezcla de símbolos religiosos. Así se puede empezar a divagar que si es un edificio que une religiones, o la orilla septentrional del Mediterráneo con la meridional, o el pasado remoto con el presente y probablemente con el futuro.
Pero no, es el propio edificio, son sus columnas de mármol, son sus mosaicos, es esa rampa mágica por la que subes a la galería, y es esa cúpula ligeramente ovoide que parece flotar en el aire, a decenas de metros de altura. Es el propio edificio el que transmite una carga eléctrica, el que más fácilmente puede acelerar el pulso y producir algún temblor, el que puede arrancar —quizás— alguna lágrima.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Y eso que Ayasofya ha sufrido muchísimo, y no sólo por el paso de los siglos. Los caballeros de la Cuarta Cruzada —cristianos— despojaron a la basílica cristiana de todas las riquezas que pudieron trasladar. Los otomanos hicieron muy poco en comparación. Los terremotos, los iconoclastas, incluso los turistas de hace siglos también hicieron de las suyas.
Pero Ayasofya ha trascendido al tiempo, y creo que hasta la materia. A veces me da la sensación de ser un ser vivo. Es como cuando piensas que un árbol milenario es algo mineral, o cuando confundes la piel de un elefante con la corteza de un baobab. Hay materias que se escapan de lo corriente y pueden hacernos pensar cualquier cosa.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Sin embargo... Sin embargo, a pesar de que ahora se puede admirar en todo su esplendor al haber sido retirados los andamios que durante años ocultaban parte de su gracia, hay momentos en que resulta difícil abstraerse y gozar del lugar. Lógicamente es el monumento más visitado de una ciudad que recibe miles y miles de turistas cada día, y por tanto hay momentos en que el murmullo de voces, las aglomeraciones, los ruidos, hacen difícil encontrar un rincón tranquilo.
Sin embargo... Sin embargo es tal la carga mágica que revolotea por esa inmensa nave, que roza las paredes y los suelos de mármoles de colores, que se siente al descubrir un mosaico de forma inesperada al girar la cabeza, que sigue siendo posible alcanzar un instante de felicidad en medio de todo el anonadamiento que puede inspirar el vagar por este espacio.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Después, siempre hay que encontrar un lugar tranquilo en el que descansar un rato y reflexionar sobre lo vivido en este lugar tan especial.
Tal vez esto que escribo tenga que ver con lo que se conoce como el síndrome de Stendhal, por la suma de síntomas que sintió el escritor francés al visitar la iglesia de la Santa Croce en Florencia. Pero éste se refiere a la exposición ante la belleza y a lo que me refiero es a otra cosa, a la exposición a la belleza pero también al tiempo y al espacio vivido y modificado durante ese tiempo. Si hubiera un síndrome de Martínez sería eso, y causado por Ayasofya en Estambul.

lunes, 27 de agosto de 2012

Neil Armstrong, el héroe de nuestra vida

Nunca hubo un viajero tan heroico por realizar un viaje de tan pocos días. Una semanita y ya está. El tiempo necesario para llegar a la Luna, dar un pequeño paso para un hombre y volver. Pero por todo ello Neil Armstrong era el héroe, el gran viajero, el hombre capaz de todo. Incluso de llegar a otro  mundo.
Claro que siempre ha habido grandes exploradores, como Amundsen, Cook, Magallanes, Orellana... Pero con todos ellos mediaba la distancia del tiempo. Siempre nos resultaron lejanos. En cambio, Armstrong tenía una característica especial: estaba vivo. Y para los de mi generación tenía todavía otra cualidad suprema: era de la edad de nuestros padres. Con ellos formaba una cuadrilla de héroes especiales, únicos, irrepetibles.
Hace pocos años se fueron Edmundo Hillary y Tenzing Norqay, los únicos a los que les permitiría tratar de tú a Armstrong. Ahora sólo quedan Aldrin, que siempre arrastró el estigma de eterno segundón, y Collins, el pobre que se quedó dando vueltas mientras sus compañeros daban sus saltos por esa "magnífica desolación".
Cuando el módulo lunar con Armstrong y Aldrin alunizó yo tenía nueve años y seguí la escena por la radio y mirando a la luna con unos prismáticos. Siempre pensé que los veía. Me pareció que estaba asistiendo a algo extraordinario.
He estado dos veces en Washington D.C. Y en ambas ocasiones he ido directo al Museo del Aire y el Espacio a tocar el pedacito de piedra lunar y a quedarme un rato delante de la cápsula en la que Armstrong, Aldrin y Collins amenizaron en el Pacífico. Para admirar el valor de los que son capaces de lanzarse hacia lo desconocido, arriesgándose con tal de adentrarnos a todos un poco más en el plus ultra, en lo que hay más allá de lo sabido.
Ahora Neil Armstrong está explorando lo que hay más allá del más allá. Siempre adelante.


lunes, 20 de agosto de 2012

Revista Ronda en aviones de Iberia

Portada Ronda Iberia, agosto 1982

En agosto de 1982, hace 30 años, publiqué mi primer reportaje en la revista Ronda Iberia: Athos: viaje a la montaña sagrada (Grecia). Ahora, en agosto de 2012 aparece otro reportaje: Los volcanes que cantó Rubén Darío (Nicaragua), en este caso en compañía de las fotos de Carma Casulá.

Comienzo reportaje Monte Athos. Portada Ronda Iberia, agosto 1982
Ronda Iberia es la revista que encuentran los viajeros que vuelan en Iberia. Y en estos años han aparecido decenas y decenas de reportajes míos en sus páginas, a veces texto y fotos pero en ocasiones sólo texto, y alguna rara vez sólo fotos.  
Este viaje de tres décadas entre Grecia y Nicaragua ha tenido sus subidas y bajadas y sus desvíos. Creo que Ronda Iberia es la única revista en la que he publicado temas de todos los continentes, desde el río Níger (Mali) a la Península Antártica pasando por Brasilia, las sombrillas tailandesas o los parques nacionales del norte de Suecia. Algunos temas han sido poco originales —Roma, Estambul, Oaxaca— pero también he tenido ocasión de colaborar con destinos y temas menos habituales, como los buscadores de oro de la Amazonia, los petroglifos de Toro Muerto (Perú) o la cultura tradicional sabanera (Costa Rica). América ha sido el continente en el que he recalado más veces dentro de estas páginas, lo que no es de extrañar dados los destinos de Iberia
A primera vista puede parecer que he progresado poco en este tiempo, ya que estoy donde estaba hace 30 años. Pero es lo que tiene haber alcanzado tan pronto la —según Gabriel García Márquez— categoría máxima del periodismo, la de reportero. De ahí no puedes subir.
En estos años he tratado con diferentes personas en la redacción de la revista, aunque relativamente muy pocas dado el amplio espacio de tiempo transcurrido. Aunque ha habido muchos más no quiero dejar de mencionar a Laureano, Manuel, Alfonso y José María, que en diferentes momentos han confiado en mí. Un abrazo a todos y muchas gracias. Seguimos en la brecha.

jueves, 9 de agosto de 2012

La increíble historia de las botellas de champán más antiguas del mundo

Mapa de las islas Aland donde se marca el punto donde naufragó la Goleta del Champán. Museo de Aland, Mariehamn. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
         La chincheta azul que está clavada en el mapa (abajo, en el centro) de la foto marca el lugar donde ocurrió todo.

         Éste es el comienzo de la historia:

         A mediados del siglo XIX, una goleta cargada de exquisitos productos comerciales inició uno más de sus viajes. No sabemos la fecha exacta del viaje, de qué puerto partió ni cuál era su destino. Sólo sabemos que naufragó en las frías aguas del golfo de Botnia, en el mar Báltico, al sur de las islas Aland.

         Y pasó el tiempo...

         En el verano de 2010, un grupo de submarinistas localizó un pecio. El sonar les indicaba que un barco estaba hundido a unos 50 metros de profundidad. Supongo que es la ilusión de los buceadores: descender y encontrar una goleta de dos mástiles, posada en el fondo del mar desde hace siglos.

         Y así lo hicieron. Nadaron alrededor del barco y vieron que todavía tenía intacta su cocina de ladrillo y muchos otros objetos desperdigados sobre la cubierta. La popa estaba destrozada y pudieron observar el interior.

         Allí estaba el cargamento: botellas de champán.

         Como no se conoce el nombre del barco, se le ha dado en llamar Champagnegaleasen, Champagne Schooner o Gölette aux Champagnes. Es decir, la Goleta del Champán.

Botellas de la Goleta del Champán en el Museo de Aland, Mariehamn. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
        Lo extraordinario del hallazgo es que buena parte de las botellas encontradas conservan el champán en perfectas condiciones gracias a los peculiaridades del lugar donde han reposado durante muchas décadas: la baja salinidad y temperatura del Báltico unidas a la oscuridad y la presión que existe a esa profundidad, todo se ha combinado para reproducir de manera natural las características de una bodega. Evidentemente, la buena calidad del champán también ha contribuido a su conservación. De las 162 botellas que fueron salvadas del barco 145 son de champán, y de ellas 79 botellas conservan perfectamente sus cualidades. El experto Richard Juhlin cató y escribió una nota describiendo las características de cada botella aprovechando el proceso de cambiarles el corcho para asegurar su contenido.
         La tarea de identificar y datar las botellas es una investigación en toda regla. Teniendo en cuenta que no hay documentación alguna sobre el barco y el cargamento, los investigadores han tenido que partir de las propias botellas.

         Lo primero fue identificar las bodegas de las que provenían. Ésta tarea no es la más difícil, ya que todas marcan los corchos desde hace mucho tiempo. Así se pudo averiguar que las botellas rescatadas provenían de tres casas diferentes: Juglar, Veuve Clicquot y Heidsieck & Co.

         La fecha es un poco más complicada de precisar.

         Afortunadamente, los archivos de Veuve Clicquot son una mina de información. Hay un documento de mayo de 1841 en que se registra el nuevo sistema de marca, que corresponde al que muestran las botellas de la Goleta. Es decir, que ese champán no fue embotellado antes de esa fecha.

         En algunas botellas había restos de cuerdas que sujetaban los corchos. Es decir, que las botellas son anteriores a la introducción de las mordazas de alambre, las que se usan todavía. Esta forma de sujeción se desarrolló en 1844 y estaba completamente extendida en 1850. 

         El que el champán sea de la quinta década del siglo XIX significa varias cosas:

         -es anterior a la filoxera

         -en el caso de Veuve Cliquot, ese champán fue embotellado por la misma señora viuda de Cliquot.

         -pueden ser las botellas de champán más antiguas que se conservan (depende del año exacto, que se desconoce).

         -beberlas es (supongo) tener una experiencia inigualable, extraña, irrepetible. Degustar un testimonio semejante de hace 170 años es algo excitante.

         Porque pueden comprarse y beberse. En el año 2011 se subastaron dos botellas, y este año salieron once a subasta en París.

         Una de las del 2011 se vendió por 30.000 euros.

         Los beneficios van a un fondo para la conservación de los fondos marinos de las islas Aland.

P.D. Como no se sabe la fecha exacta de las botellas y las posibilidades se mueven en una horquilla de unos pocos años, es posible que sean las más antiguas del mundo. O que no lo sean. Pero claro, no iba a permitir que la verdad me arruinara el titular.


viernes, 20 de julio de 2012

Un corto e intenso verano en las islas Aland, Finlandia

La isla de Henrik, en Islas Aland, Finlandia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
 Hace unas pocas semanas, a finales de junio, fui a Finlandia, a las islas Aland.

A finales de junio... justo en el comienzo del verano. Cuando los días son más largos y parece que nunca tendrán fin. Cuando está lo mejor del verano y todavía queda lo mejor de la primavera.
Me gusta el verano de los países nórdicos. Aunque sea muy corto: agosto ya es final de temporada y la tierra se prepara para los fríos que acechan.
Sí, en estos países el verano es corto y la naturaleza lo sabe. Por eso tiene que hacer, en muy poco tiempo, lo que en otras latitudes puede demorarse durante meses. Siempre que he ido en verano al norte de Europa he tenido la sensación de que la naturaleza bulle más que en otros lugares, que todo está concentrado. Las flores, los frutos, son cosas pequeñas, pero de colores y sabores intensos. El verano nórdico debe de pensar “hay que vivir deprisa, que esto se acaba pronto”.
Hay algo de pagano en la admiración por esta naturaleza, por esta vida que corre ajena al ser humano.
El otro día tomé un barco en Helsinki y viajé toda la noche hasta Mariehamn, la capital de las islas Aland. Desde allí continué por carretera hasta Hummelvik, en la isla de Vardö (con un tramo con el autobús dentro de un transbordador) donde salté a otro ferry rumbo a Enklingei.
En Enklinge conocí a Henrik, que dirige un pequeño alojamiento en una islita cercana. Me llevó a conocer Enklinge y luego, por la tarde, me propuso enseñarme la isla que se compró hace unos años.

La isla de Henrik, en Islas Aland, Finlandia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Fuimos a la isla. Es de esas que puedes dar la vuelta en 15 minutos caminando despacio. Así que caminamos un rato, pero fundamentalmente hablamos y contemplamos el horizonte. Quiero decir que habló él, contándome historias de su vida y de la vida en esta región. Yo callaba y escuchaba.
Como estábamos en verano, le pregunté por el invierno.
—Ah, me dijo, el invierno es completamente diferente. Algunas veces he venido conduciendo a la isla. Sí, con mi coche. El mar está helado y puedes venir perfectamente. Conducir por el mar helado en noches de luna llena es fantástico. Alguna vez te encuentras grietas entre las placas de hielo, pero si no son muy anchas puedes pasar.
Luego preparó un café de puchero y sacó una tarta de ruibarbo que había preparado su hija, una vikinga rubia más alta que yo. Y la tarta no era ni de pera ni de manzana, sino de ruibarbo. A mí el ruibarbo me suena a druidas, a pueblos antiguos, a marmita con pócima, a ritos paganos.

Tarta de ruibarbo de la hija de Henrik, en Islas Aland, Finlandia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Sí, había algo de pagano en mi admiración por esta naturaleza, por esta vida que corre perfecta y saludablemente ajena a las ciudades y sus cosas.

miércoles, 18 de julio de 2012

Exposición de Hopper en el Thyssen de Madrid (y cómo descubrí al Hopper actual)

Morning sun (1952), Edward Hopper

En el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid se puede ver una de las grandes exposiciones del año: la dedicada a Edward Hopper.
Hopper es uno de esos artistas que atraen. Cada uno tiene sus motivos: muchos hablan de esa forma de tratar a los personajes (se habla mucho de la soledad en la sociedad norteamericana), de los paisajes, de las composiciones.
A mi me gusta por varias razones.
Me gusta que los personajes —gente corriente— no posan sino que están vistos en algún momento de sus vidas, como si el espectador les espiara. El espectador se convierte en una especie de voyeur, y esto siempre tiene su atractivo. También me gustan sus ambientes nocturnos, y ese punto de ambigüedad que traspasa casi toda su obra. A mucha gente a la que le gusta la fotografía le gusta Hopper.
También me gustan los cuadros ambientados en Nueva Inglaterra, me dan ganas de volver a esa esquina de Estados Unidos en busca de esas casas blancas, esos faros, esas playas, esos veleros. Esos árboles de hojas azules de Cape Cod evening (1939).

Cape Cod evening (1939), Edward Hopper
Pero creo que la razón fundamental por la que me gustan muchos de los cuadros de Hopper es porque me incitan a pensar historias. A imaginar qué se están diciendo los personajes, quiénes son, cuál es su relación, por qué están ahí en ese momento
Y por eso mismo hay veces que me parecen viñetas mudas a las que hay que poner un bocadillo.
Y estaba pensando eso mismo en la exposición cuando caí en la cuenta que todo esto ya está hecho. Si alguien no me cree, que vea algunos ejemplos:
Observando Gas (1940) ¿alguien se ha preguntado alguna vez qué hace ese señor junto a un surtidor de gasolina, sin un coche al lado?


Sólo hay que mirar la escena desde otra perspectiva:


Aquí Office at night (1940), uno de los cuadros más famosos de Hopper:


¿Intrigado por lo que pasa por la imaginación del jefe y la secretaria en la oficina? Aquí hay una respuesta más que probable:


Éste se llama Room in New York (1932):


Pero la habitación podría estar en cualquier otro lugar:


Hopper dice que éste es un Hotel by a railroad (1952):


Pero lo importante es lo que pasa en la habitación:


O, mejor dicho, en las vidas de los que están en la habitación:


De repente me he dado cuenta de algo que estaba delante de mí toda la vida y en lo que no había reparado: Forges es el Hopper actual.
Y sólo me queda reclamar una exposición de Forges en el Thyssen o en el Reina Sofía ¡ya!
P.D. También pido a Forges y a los herederos de Hopper que me disculpen el uso de su excelsa y magnificérrima obra.

viernes, 13 de julio de 2012

Historias extraordinarias o por qué algunos blogs son seguidos por miles de personas


Esta semana, como todas, he entrado en unos cuantos blogs para leer las entradas que han publicado recientemente.
¿Y por qué dedico parte de mi tiempo y de mi esfuerzo a visitar blogs?
Porque encuentro en ellos cosas que me gustan. A veces son historias sorprendentes que me abren nuevas perspectivas, que me sirven para conocer el mundo, que me dan ideas y, sobre todo, que me entretienen. Otras veces encuentro información interesante sobre algún tema, o consejos de algún experto, o sugerencias para viajes. También pensamientos que no aparecen en otros lugares.
Todo ello, ofrecido gratuitamente por sus autores. Ninguno me cobra por ello.
Entre los hallazgos de esta semana quiero destacar dos historias.

Foto: Paco Nadal (c)
Una es la de Andreas Gabriel, un alemán que navega alrededor de Europa y que nos cuenta Paco Nadal. Lo primero que destaca de la historia es que Andreas viaja con un presupuesto de cero euros. Luego vienen más detalles, pero los interesados deberán leer el post en el lugar debido. Paco lo encuentra en el Puerto de Palos y le invita a comer. Esta historia demuestra que es posible comer gratis pero de forma decente en un puerto del Mediterráneo, sin necesidad de cargar la factura a los presupuestos del Estado. Y que cómo será el Andreas éste para que Paco Nadal quede impresionado por él y no al revés, como le pasaría a cualquiera. La historia completa en La increíble historia del alemán que circunvala Europa con 0€

Foto: Marc Pous, @3viajesaldia
Otra historia que me ha parecido extraordinaria es la de las abuelas buceadoras de Jeju, en Corea, y que nos descubre Marc Pous en 3viajesaldia. En esta isla las mujeres se dedican a bucear para conseguir alimento. Hay algunos detalles sorprendentes, como que algunas de las buceadoras tienen más de 80 años. También es curiosa la razón por la que las mujeres bucean y los hombres no. La historia completa en Las abuelas buceadoras de Jeju


Foto: Paco Elvira (c)
Ha habido otras entradas de blogs que me han resultado particularmente interesantes. Por ejemplo, la de Paco Elvira, en la que pretende hacer una reflexión sobre las diferencias entre la forma de fotografiar de los profesionales y los aficionados y lo que consigue es el curso más rápido y efectivo sobre fotografía que he visto nunca. Habla algo del equipo, pero se interesa más por el dominio de la técnica y, sobre todo, por la actitud. El curso completo en Diferencias entre un fotógrafo profesional y un aficionado. Reflexiones sobre el terreno en Bretaña.


Foto: Jordi Busqué (c)
Unas enseñanzas completamente diferentes son las que nos ofrece Jordi Busqué: pistas y consejos para tener epifanías ateas. Ni más ni menos. Por eso mismo no me atrevo a resumir su contenido. Tal vez habrá quien no considere interesantes sus consejos, pero otros los tendrán en grandísima estima. Es lo que tiene hacer una apuesta semejante en un mundo como el nuestro. Este post es un curso acelerado de cómo no hay que estar acelerado en la vida. Si esta afirmación parece un contrasentido probablemente sea culpa mía, que me explico mal. Se encuentra en Epifanías ateas: clasificación y métodos para tenerlas.
Calculo que se tarda entre tres y cinco minutos en leer cualquiera de las cuatro entradas de blog comentadas. Sin embargo, cada una de ellas ofrece algo valiosísimo: una historia extraordinaria que los autores encuentran en sus viajes o el resumen de años de práctica y reflexión.
Si alguien piensa que los blogs son tonterías o un cúmulo de bacinadas le pediría que completara la frase: “la mayoría de los blogs son...”. No me molestaré si alguien considera que este cuaderno está entre ellos. Pero lo que me parece muy claro es que hay algunos que son una fuente maravillosa de historias, reflexiones y datos. Y en una época en que cada vez resulta más difícil encontrar buenas historias y reflexiones en la prensa tradicional, la red aparece como la salvadora de los que las buscan y de los que las ofrecen. De hecho hay algunos blogs que tienen más lectores que muchos medios tradicionales de prensa. Por algo será.