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martes, 11 de septiembre de 2012

Santa Sofía de Estambul, el edificio más noble del mundo


Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Para mí, el Ayasofya Müzesi es el edifico monumental más emotivo, hermoso y noble del mundo. Evidentemente, el Ayasofya Müzesi —el Museo Ayasofya— es Santa Sofía, Sancta Sophia, Haghia Sofia, la iglesia de la Sagrada Sabiduría, la gran catedral de Constantinopla que luego fue mezquita y ahora es el museo más visitado de Estambul. Y tal vez sea el museo más peculiar del mundo: un edificio de casi 1.500 años de antigüedad al que no se le ha incorporado ninguna obra, sólo se ha conservado lo que ya había.
He tenido la suerte de visitar unas cuantas veces este museo. Y siempre lo he hecho con la misma emoción: la de saber que estoy entrando en uno de los espacios más formidables creados jamás por el ser humano.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Siempre se recuerda que el emperador Justiniano exclamó aquello de “Salomón, te he vencido” cuando entró por primera vez con la iglesia terminada. Y hay que reconocer que, a pesar de la carga de vanidad de esta exclamación, el emperador bizantino podía estar orgulloso de la obra que había encargado: la catedral más grande de la Cristiandad, el faro de un imperio y una fe que había de durar como tal más de 900 años. Cuando entro, es que no me acuerdo de Salomón.
Cuando Mehmet II conquistó Constantinopla el 29 de mayo de 1453 se dirigió directamente a la catedral, enmudeció ante tanta majestuosidad, ordenó que sacaran todos los objetos que pudieran considerarse idólatras y ese mismo día la convirtió en mezquita. En 1935, Mustafa Kemal Atatürk la transformó en museo.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Tal vez sea esa historia acumulada, esos cambios de uso, la que añade buena parte de su valor al propio y espectacular edificio. Cuando entras te sumerges en un espacio único, por lo desmesurado pero también por la mezcla de símbolos religiosos. Así se puede empezar a divagar que si es un edificio que une religiones, o la orilla septentrional del Mediterráneo con la meridional, o el pasado remoto con el presente y probablemente con el futuro.
Pero no, es el propio edificio, son sus columnas de mármol, son sus mosaicos, es esa rampa mágica por la que subes a la galería, y es esa cúpula ligeramente ovoide que parece flotar en el aire, a decenas de metros de altura. Es el propio edificio el que transmite una carga eléctrica, el que más fácilmente puede acelerar el pulso y producir algún temblor, el que puede arrancar —quizás— alguna lágrima.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Y eso que Ayasofya ha sufrido muchísimo, y no sólo por el paso de los siglos. Los caballeros de la Cuarta Cruzada —cristianos— despojaron a la basílica cristiana de todas las riquezas que pudieron trasladar. Los otomanos hicieron muy poco en comparación. Los terremotos, los iconoclastas, incluso los turistas de hace siglos también hicieron de las suyas.
Pero Ayasofya ha trascendido al tiempo, y creo que hasta la materia. A veces me da la sensación de ser un ser vivo. Es como cuando piensas que un árbol milenario es algo mineral, o cuando confundes la piel de un elefante con la corteza de un baobab. Hay materias que se escapan de lo corriente y pueden hacernos pensar cualquier cosa.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Sin embargo... Sin embargo, a pesar de que ahora se puede admirar en todo su esplendor al haber sido retirados los andamios que durante años ocultaban parte de su gracia, hay momentos en que resulta difícil abstraerse y gozar del lugar. Lógicamente es el monumento más visitado de una ciudad que recibe miles y miles de turistas cada día, y por tanto hay momentos en que el murmullo de voces, las aglomeraciones, los ruidos, hacen difícil encontrar un rincón tranquilo.
Sin embargo... Sin embargo es tal la carga mágica que revolotea por esa inmensa nave, que roza las paredes y los suelos de mármoles de colores, que se siente al descubrir un mosaico de forma inesperada al girar la cabeza, que sigue siendo posible alcanzar un instante de felicidad en medio de todo el anonadamiento que puede inspirar el vagar por este espacio.

Ayasofya, Santa Sofía, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Después, siempre hay que encontrar un lugar tranquilo en el que descansar un rato y reflexionar sobre lo vivido en este lugar tan especial.
Tal vez esto que escribo tenga que ver con lo que se conoce como el síndrome de Stendhal, por la suma de síntomas que sintió el escritor francés al visitar la iglesia de la Santa Croce en Florencia. Pero éste se refiere a la exposición ante la belleza y a lo que me refiero es a otra cosa, a la exposición a la belleza pero también al tiempo y al espacio vivido y modificado durante ese tiempo. Si hubiera un síndrome de Martínez sería eso, y causado por Ayasofya en Estambul.

jueves, 5 de enero de 2012

Bretaña, el golfo de Morbihan, 4: las islas de los megalitos

Ile des Moines, Morbihan. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
La búsqueda de los restos megalíticos de Morbihan, de la visión de lo milenario, me lleva también a las islas. Algunas están en medio del golfo —se dice que hay 365, una por cada día del año, y son la cima de antiguas colinas que se hundieron en el mar— y otras en el océano.
Hay barcos que recorren este “Pequeño Mar” en todas direcciones, pero me interesan fundamentalmente dos islas, la de los Monjes y la de Gavrinis. La de los Monjes —Île des Moines— es la más grande. Desembarco en Port du Lerio, alquilo una bicicleta y me pierdo por sus senderos flanqueados de mimosas, camelias e higueras. Al norte, en la punta de Trec’h, hay un calvario, uno de esos recargados cruceros bretones plagados de leyendas. Pero sigo hacia Kergonan, con sus 24 megalitos formando un círculo en un bosquete. Más al sur, los dólmenes de Pen Hap y de Nioul son otros recuerdos de un tiempo perdido.
Continúo el itinerario tras la pista de estas piedras cargadas de emoción y misterio en la isla de Gavrinis, con uno de los monumentos megalíticos más importantes de todo el mundo, un dolmen levantado hace más de 5.000 años. Hay que recorrer un corredor de 14 metros que lleva a una cámara pequeña pero deslumbrante. De repente se descubre que casi todos los pilares están decorados. Hay espirales, círculos, líneas sinuosas talladas penosamente sobre el granito. Lo más sorprendente es que la losa que cubre la cámara es un fragmento de una gran estela decorada. Las otras partes se encuentran, utilizadas igualmente de nuevo en otros monumentos, en la Table des Marchands y en el túmulo de Er Grah en Locmariaquer. Las figuras grabadas coinciden perfectamente. Ello significa que esta losa fue transportada más de cuatro kilómetros por un paso que ahora se encuentra sumergido en el golfo. Hace más de cinco milenios.

Costa de Quiberon, Morbihan. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Pero hay restos de esta historia perdida en el tiempo también en las islas más alejadas. Belle-Île-en-Mer es la más grande de todas y, como todo pedazo de esta tierra, está plagada de leyendas. Una dice que es un resto de la Atlántida. Para embarcarme recorro la península de Quiberon por su costa oeste, abierta al océano. Es un litoral batido por todos los vientos, de una belleza salvaje. Hay precipicios, playas anchas en bajamar, la pureza de un paisaje solitario.

Belle-Île, Morbihan. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Del puerto de Quiberon salen los barcos hacia Belle-Île. Una travesía corta que enfila hacia la entrada del puerto de Le Palais. A la derecha, una fortaleza diseñada por Vauban en el siglo XVII, a la izquierda, las casas de colores de la ciudad. Luego, toda la isla. Por Bangor busco los paisajes pintados por Claude Monet, cerca de los roquedales de Kervilahouen. De camino a Sauzon encuentro dos menhires, solitarios, surgiendo de la tierra como dos árboles de piedra. Luego llego a la punta de Poulains, habitada por el recuerdo de Sarah Bernhardt. Todo, la carretera, la isla, casi el mundo, termina en un faro sobre un peñasco que se adentra en el mar. Las olas baten contra el precipicio. Aquí, como en todo Morbihan, el paisaje tiene la misma presencia, eterna y cambiante, de la piedra y el agua. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

15 razones emocionantes para hacer una microescapada a Jaén

Todavía hay quien piensa que la provincia de Jaén es el tramo de carretera que hay que atravesar para llegar a Córdoba, Granada y Sevilla. Si eres de ellos, aquí van 15 razones emocionantes para desviarte, detenerte y, llegado el caso, perderte por esta provincia tan poco conocida. 

P.Nat. Sierras de Cazorla, Segura y las Villas. Foto: Ángel M. Bermejo (c) 
1. Ceder el paso a quien se lo merece en el Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y las Villas.



Espacio Carmen Linares en El Pósito, Linares. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
2. Ver el espacio dedicado a Carmen Linares en Linares y poner su música en el iPod en momentos especiales del viaje.



Nacimiento del Guadalquivir. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
3. Dejarte salpicar por el Guadalquivir en su misma fuente.



Fachada del instituto donde Machado dio clases. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
4. Seguir la huella de Antonio Machado en Baeza.



Cauce subterráneo del río Cerezuelo, Cazorla. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
5. Atravesar los secretos subterráneos de Cazorla.



Dehesa La Marquesa. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
6. Ir a ver toros de lidia, fuertes y poderosos, y enamorarte de un becerro de pocos días.



Sinagoga del Agua, Úbeda. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
7. Sentir que te sumerges en la historia desconocida en la Sinagoga del Agua de Úbeda.



Examen de una aceituna cogida del olivo. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
8. Analizar hasta el último detalle el mundo de la aceituna y de su hijo milagroso, el aceite de oliva virgen extra.



Tejo milenario en el P. Nat. Sierras de Cazorla, Segura y las Villas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
9. Sentarte junto a un tejo y pensar que los constructores del acueducto de Segovia también pudieron hacerlo. Junto al mismo tejo.



Baeza. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
10. Pasear por Baeza de noche.



Úbeda. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
11. Descubrir detalles inesperados en las fachadas de los edificios de Úbeda.



Alcuza del taller de Tito, Úbeda. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
12. Enterarte de que tienes una alcuza en casa y tú sin saberlo.





13. Plantarte en un lugar de Úbeda y dejar que pase la vida a tu lado.




Jaén. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
14. Asomarte a un mirador, ver el paisaje repeinado del mar de olivos y preguntarte por qué ahí en el centro a la izquierda se han dejado un trozo sin plantar.




Salmorejo en restaurante El Curro, La Iruela. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
15. Pensar mucho mucho para decidir cuál es el plato que más te ha gustado de todos los que has comido.

Y una más de ñapa:


Baeza. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Encontrar tu nombre en una pintada de 1669. Yo descubrí el mío en esta portada ¿Lo ves?