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viernes, 21 de octubre de 2011

Michel Peissel, siempre

Mustang. Reino prohibido en el Himalaya, de Michel Peissel. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


Tengo mil viajes pendientes. Por cada uno que realizo tengo diez ideas. Poco a poco voy cumpliendo algunos de mis sueños, que muchas veces se remontan a décadas atrás, cuando tenía poco más de 16 años y el mundo se desvelaba ante mí. Hace poco recordaba uno de mis viajes pendientes, en busca de los lagos de colores de la isla Flores, en Indonesia. Esta idea había surgido al leer un reportaje de Walter Bonatti
Mi viaje pendiente, mi viaje de verdad, es el de recorrer Mustang. En este caso la semilla de mi deseo lo plantó el libro de Michel Peissel Mustang. Reino prohibido en el Himalaya, que leí también hace muchos años.
A veces pienso que en realidad no quiero ir a esos lugares, porque si me lo propusiera en serio ya habría ido a ellos. Que los guardo en mi carpeta de viajes pendientes para demostrarme que el mundo es todavía muy grande, de hecho cada vez más grande, y que los proyectos viajeros son mucho más anchos que una vida.

Michel Peissel. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Con un retraso de dos semanas acabo de enterarme del fallecimiento de Michel Peissel. Ya dije en una de las primeras entradas de este blog que era una de las personas que, a través de sus libros, más había influido en mi vida.
Tuve la suerte de conocerlo el año pasado, en la entrega de premios de la Sociedad Geográfica Española. Hablé un rato con él, le conté cómo había despertado (junto a otros) mis ansias de viajar y conocer el mundo, y que tenía pendiente el viaje a Mustang. Sin previo aviso saqué de una bolsa el libro y le pedí que me lo firmara. Allí lo tengo escrito: que espera que algún día yo también pueda ir a Mustang.

lunes, 11 de abril de 2011

Riviera Maya VIII: Michel Peissel y El mundo perdido de los mayas



El mundo perdido de los mayas, de Michel Peissel, Ed. Juventud. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Hace ya más de un año dediqué una entrada de este blog a Michel Peissel, al que la Sociedad Geográfica Española acababa de dar un premio.
Ahora he vuelto a El mundo perdido de los mayas, el libro en el que Peissel describe su viaje por la inexplorada costa de Quintana Roo. Eso ocurrió en 1958, cuando el autor tenía 21 años y estudiaba en Harvard.
Sin ninguna información y muchos pájaros en la cabeza viajó a la costa de Yucatán, saltó a la isla Mujeres y después a Cozumel, para volver al continente en Puha. Desde allí inició un recorrido a pie por esta costa desconocida, en la que sólo había unos pocos poblados y algunas plantaciones de cocoteros. También había delincuentes que se refugiaban en esta zona de difícil acceso.
Leí ese libro en una edad muy mala, a los 17 años, y ya conté como en ese post cómo despertó en mí ese gusto por los viajes, las aventuras y los buenos libros que hablan de viajes y aventuras.
Y tengo que reconocer que, por eso mismo, nunca había dirigido mis pasos a ese litoral recorrido por Peissel y que ahora corresponde, en parte, con la Riviera Maya. Tenía idealizada esa costa extraña y solitaria, repleta de lugares arqueológicos mayas escondidos en la jungla. Hay que recordar que Peissel llegó a lugares que ya era conocidos entonces, como Tulum, pero que describió por primera vez 14 yacimientos arqueológicos. Esa idea, la de descubrir una ciudad o un templo perdido se convirtió en mi ideal de aventurero. Y como esta región es ahora una de las más turísticas de México -y de todo el continente americano- no quería llevarme una decepción: ver que la tierra inexplorada de antaño era ahora un centro vacacional lleno de hoteles todo incluido.
Pero la curiosidad, que según el refrán inglés mató al gato, también da vida al viajero, y el mes pasado surgió la oportunidad de viajar a la Riviera Maya y decidí que había llegado el momento de enfrentarme a mis sueños perdidos.
Efectivamente, es un lugar hiperturístico. Pero también un lugar en el que disfrutar y aprender. He contado en este blog algunas de las experiencias que he vivido. Algunas; quedan muchas más en el tintero.
La primera mañana que pasé ahí llegué a la playa que había delante del hotel y seguí paseando hacia el sur por esta costa que enseguida se convirtió en una zona de piedra caliza que prometía romper las piernas de cualquiera que caminara por ella. A la derecha todo era una maraña de vegetación tropical; a la izquierda brillaba el Caribe. Me imaginé al joven Peissel pasando exactamente por este mismo lugar en el capítulo que se llama “Abandonado en la costa inexplorada”.
Cada uno alcanza los límites que se impone. Y tal vez debamos conformarnos con los nuestros. Nunca descubriré un templo maya perdido en la jungla de Yucatán, pero el viaje a la Riviera Maya ha valido la pena por las numerosas sensaciones vividas.
P.D. Según el catálogo del I.S.B.N., la última edición de El mundo perdido de los mayas en España es de 1981. Una pena, porque es uno de los libros más fascinantes que he leído nunca.  

miércoles, 24 de marzo de 2010

Con Michel Peissel



La Sociedad Geográfica Española (SGE) entregó ayer sus premios anuales en una gala en la que estuvieron presentes todos los premiados. Estos son personas o instituciones que han colaborado activamente en la ampliación y divulgación de los conocimientos geográficos o han participado en proyectos de investigación o exploración.
Algunos (probablemente todos, en mayor o menor medida) también habrán despertado en muchas personas ilusiones, sueños de aventura, ese gusanillo que te impide estar quieto, que te hace buscar algo que, casi siempre, está más allá del horizonte.
El premio internacional de este año ha sido concedido a Michel Peissel. Creo que es una de las personas que (más allá del círculo cercano) más me han influido en mi vida. Cuando tenía 17 años leí El mundo perdido de los mayas (de la editorial Juventud, traducción de Gloria Martinengo) y, de repente, se abrió ante mí no sólo el mundo de los mayas, sino un mundo entero lleno de aventuras, viajes, emociones y descubrimientos. ¡Viajes! ¡Aventuras!
En este libro, Peissel narra un viaje que había realizado con 21 años por la costa de Quintana Roo, en la península de Yucatán, entonces prácticamente inexplorada. Allí vivió mil aventuras, descubrió como si nada 14 lugares arqueológicos mayas, y lo contó en un libro (que devoré) con la justa dosis de humor. Creo que el humor es un compañero interesante de la perplejidad y el asombro ante el mundo.
Una de las cosas que me fascinaron de esta aventura es que la llevó a cabo sin grandes presupuestos y sin ningún apoyo por parte de nadie. Simplemente cogió el petate y tiró hacia delante. Así que era posible -pensé- viajar sin necesidad de ser rico, que se podían vivir emocionantes aventuras con la única condición de coger el petate y tirar hacia delante.
De hecho, el verano siguiente me fui (sin dar detalles precisos en casa) a Marruecos en auto-stop. Tardé tres días en llegar a Ceuta. Pero ésta es otra historia.
Poco después cayó en mis manos otro libro de Peissel: Mustang, reino prohibido en el Himalaya (misma editorial y traductora que el anterior), y eso fue ya el acabose. En él cuenta su expedición a un remoto rincón de Nepal que hasta entonces había estado fuera del alcance de los extranjeros. Más aventuras, más viajes, más emociones, más descubrimientos. Más sueños. Otro empujón.
Había que ponerse en marcha y tirar hacia delante.
Ayer tuve la inmensa alegría de saludar a Michel Peissel y hablar un rato con él.