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lunes, 9 de enero de 2012

La Riviera Maya, en la portada de deViajes



 Siempre es bueno, para alguien como yo que lleva muchos años publicando reportajes en revistas y periódicos, empezar el año con una portada en los kioskos.
La revista deViajes publica en el número de enero un reportaje mío —texto y fotos, además de la portada— sobre la Riviera Maya, el gran destino turístico mexicano.
Tengo que reconocer que siempre había tenido una cierta prevención hacia la Riviera Maya, que consideraba un México falso, ajeno a la cultura y la vida del México real. He viajado por mi cuenta varias veces a México, y nunca había incluido este lugar entre mis destinos. Si siempre se dice que viajar te hace ver las cosas de una manera más amplia y con menos prejuicios, eso es lo que me pasó a mí. Viajé a la Riviera Maya con un objetivo profesional y me encontré con un lugar repleto de interés, con playas bellísimas, una naturaleza muy peculiar y apasionante. Tulum, al borde del Caribe, es una imagen mil veces vista en las fotos, pero es realmente hermoso. Y encontré a mucha gente apasionada por su trabajo. Éste último es un detalle que cada vez me interesa más, vaya donde vaya.
Éste es el número 153 de la revista deViajes. Puedo decir con orgullo que colaboro con esta revista desde el número 1, que es de las dos o tres que me obligan a trabajar con más profundidad los textos, que es prácticamente la única que me llama y me pide que haga un viaje para ellos. He hecho la cuenta y me sale que he publicado 70 reportajes —la mayoría texto y fotos— en estos 153 meses, con destinos que van desde Tenerife y el Expreso de La Robla a las Galápagos y los canales de la Patagonia, pasando por Estambul, Cachemira, Dubái, el Pantanal o las misiones de Chiquitos. Tengo unos cuantos más preparados para su publicación en los próximos meses.
La fotografía de la portada no es la mejor que he hecho en la vida, ni la que me ha costado más esfuerzo. Pero transmite una idea que es necesaria en el tema de los viajes y el turismo: es posible que quien la vea piense "yo quiero ser esa persona, yo quiero estar allí".
Poco después del viaje, realizado en marzo de 2011, publiqué algunas entradas en este blog. En ellas planteaba temas, comentarios e informaciones diferentes a los que se publican en las revistas. Éste es un tema sobre el que reflexiono frecuentemente, sobre si los contenidos de los blogs y las revistas deben ser diferentes o no. De momento, mientras una revista me pague por un tipo de contenidos, yo no puedo —creo que con toda lógica— adelantarlos en el blog.
¿Alguien tiene alguna idea que aportar al respecto de esta última reflexión?

lunes, 11 de abril de 2011

Riviera Maya VIII: Michel Peissel y El mundo perdido de los mayas



El mundo perdido de los mayas, de Michel Peissel, Ed. Juventud. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Hace ya más de un año dediqué una entrada de este blog a Michel Peissel, al que la Sociedad Geográfica Española acababa de dar un premio.
Ahora he vuelto a El mundo perdido de los mayas, el libro en el que Peissel describe su viaje por la inexplorada costa de Quintana Roo. Eso ocurrió en 1958, cuando el autor tenía 21 años y estudiaba en Harvard.
Sin ninguna información y muchos pájaros en la cabeza viajó a la costa de Yucatán, saltó a la isla Mujeres y después a Cozumel, para volver al continente en Puha. Desde allí inició un recorrido a pie por esta costa desconocida, en la que sólo había unos pocos poblados y algunas plantaciones de cocoteros. También había delincuentes que se refugiaban en esta zona de difícil acceso.
Leí ese libro en una edad muy mala, a los 17 años, y ya conté como en ese post cómo despertó en mí ese gusto por los viajes, las aventuras y los buenos libros que hablan de viajes y aventuras.
Y tengo que reconocer que, por eso mismo, nunca había dirigido mis pasos a ese litoral recorrido por Peissel y que ahora corresponde, en parte, con la Riviera Maya. Tenía idealizada esa costa extraña y solitaria, repleta de lugares arqueológicos mayas escondidos en la jungla. Hay que recordar que Peissel llegó a lugares que ya era conocidos entonces, como Tulum, pero que describió por primera vez 14 yacimientos arqueológicos. Esa idea, la de descubrir una ciudad o un templo perdido se convirtió en mi ideal de aventurero. Y como esta región es ahora una de las más turísticas de México -y de todo el continente americano- no quería llevarme una decepción: ver que la tierra inexplorada de antaño era ahora un centro vacacional lleno de hoteles todo incluido.
Pero la curiosidad, que según el refrán inglés mató al gato, también da vida al viajero, y el mes pasado surgió la oportunidad de viajar a la Riviera Maya y decidí que había llegado el momento de enfrentarme a mis sueños perdidos.
Efectivamente, es un lugar hiperturístico. Pero también un lugar en el que disfrutar y aprender. He contado en este blog algunas de las experiencias que he vivido. Algunas; quedan muchas más en el tintero.
La primera mañana que pasé ahí llegué a la playa que había delante del hotel y seguí paseando hacia el sur por esta costa que enseguida se convirtió en una zona de piedra caliza que prometía romper las piernas de cualquiera que caminara por ella. A la derecha todo era una maraña de vegetación tropical; a la izquierda brillaba el Caribe. Me imaginé al joven Peissel pasando exactamente por este mismo lugar en el capítulo que se llama “Abandonado en la costa inexplorada”.
Cada uno alcanza los límites que se impone. Y tal vez debamos conformarnos con los nuestros. Nunca descubriré un templo maya perdido en la jungla de Yucatán, pero el viaje a la Riviera Maya ha valido la pena por las numerosas sensaciones vividas.
P.D. Según el catálogo del I.S.B.N., la última edición de El mundo perdido de los mayas en España es de 1981. Una pena, porque es uno de los libros más fascinantes que he leído nunca.  

miércoles, 6 de abril de 2011

Riviera Maya VII: tras las huellas de Gonzalo Guerro


Monumento a Gonzalo Guerrero en Akumal. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


Lo primero que habría que preguntarse es si alguien sabe quién fue Gonzalo Guerrero.
Apuesto lo que sea a que, con alguien así, los ingleses o los franceses tendrían a un personaje conocidísimo, admirado, con películas y novelas basadas en su historia. Aquí, tengo la impresión de que (casi) nadie sabe quién es.
Gonzalo Guerrero fue, en la primera parte de su vida, un hombre de su tiempo. Aunque los datos que se conocen sobre él tampoco son muy precisos, parece que era un onubense que vivió a fondo los acontecimientos de su época, finales del siglo XV y principios del XVI. Era natural de Palos de la Frontera, el puerto desde el que salió Colón hacia América en compañía de sus vecinos (de Guerrero) los hermanos Pinzón. Pero entonces, en 1492, estaba en otra historia, ya que participó en la conquista de Granada como arcabucero. Y ya que formaba parte de las tropas del Gran Capitán, lo siguió a Nápoles. Pero vio que su futuro estaba en América, adonde partió en 1510.
Su vida cambió en 1511, cuando el barco en el que viajaba, cerca de las costas de Jamaica, naufragó en medio de una tormenta. Parece ser que todos murieron, salvo unos veinte (resumo mucho la historia, que da para varios tomos). Por motivos diversos uno a uno de los supervivientes van muriendo y al final tenemos sólo a dos: Gonzalo Guerrero y fray Gerónimo de Aguilar, que acaban como esclavos de los mayas en la costa de Yucatán.
(¡Qué bueno resulta leer historias como ésta en el mismo lugar en que ocurrieron mientras te tomas un margarita o dos! El cóctel margarita es como un cesto, quien toma uno toma ciento. Otro, por favor).
He necesitado este descanso porque la historia se pone seria. Nuestros dos personajes sufren todo tipo de vicisitudes, y a ellas se enfrentan de formas diametralmente opuestas. Por una parte, Gerónimo de Aguilar no acepta la situación, permanece fiel a sus votos de castidad, de obediencia, de respeto al rey, a Dios y a todo y lo pasa francamente mal. Lo imagino permanentemente cabreado bajo el sol tropical. Gonzalo Guerrero piensa que lo mejor es vivir y se adapta, en la medida de lo posible, a su nueva vida.
Es posible que Guerrero fuera el primer europeo que viviera una aventura semejante, la de adentrarse en el mundo maya -en el mundo indígena americano- de la forma más vital y profunda posible.
Se volvió maya.
Años después, en 1518, cuando Cortés anduvo por aquí antes de emprender el camino de conquista hasta Tenochtitlan, llegó a la isla de Cozumel y oyó hablar de la historia de los dos compatriotas náufragos y les mandó un mensaje. Aquí difieren las fuentes (Diego de Landa y Bernal Díaz del Castillo), pero el caso es que Gerónimo de Aguilar se fue con Cortés -y de hecho fue el intérprete necesario en las aventuras de conquista de la capital azteca). Y Gonzalo Guerrero se quedó con los mayas.
Tuvo mujer e hijos. Se inició en todos los rituales mayas. Se convirtió en jefe militar y dirigió los combates contra los españoles. Años después murió en una batalla contra los que fueron sus compatriotas.
La foto corresponde a un monumento dedicado a él en Akumal. Una placa afirma que casó con una princesa maya y que fue el padre del mestizaje. La madre sería la princesa Xzazil.
Gonzalo Guerrero renunció a su primera vida por esta esposa. Ya no fue un hombre de su tiempo, fue un hombre fuera del tiempo .

viernes, 1 de abril de 2011

Riviera Maya VI: Tulum, la sevillana


Ay, Tulum, Tulum. Vídeo: Ángel M. Bermejo (c)

El recorrido de la expedición de Grijalva continuó a lo largo de la costa de Yucatán, por lo que ahora es la Riviera Maya. El relato de Juan Díaz sigue así: “... y al día siguiente, cerca de ponerse el sol, vimos muy lejos un pueblo o aldea tan grande, que la ciudad de Sevilla no podría parecer mayor ni mejor; y se veía en él una torre muy grande. Por la costa andaban muchos Indios con dos banderas que alzaban y bajaban, haciéndonos señal de que nos acercásemos; pero el capitán no quiso. Este día llegamos hasta una playa...” 
¡¡¡Un pueblo que “la ciudad de Sevilla no podría parecer mayor ni mejor”!!! Esto lo escribió un sevillano, así que debía de saber de que hablaba. O es que tenía nostalgia el hombre. ¿O es que era un poco exagerado? 
Ese lugar, sin duda, era Tulum. Y aunque ahora, dado su éxito turístico, parece más concurrido que la calle Sierpes a la caída de la tarde, se hace difícil entender tal comparación.
Ocurre algo parecido en casi todos los recintos arqueológicos del mundo. Los restos actuales no reflejan casi nunca la grandeza que debió de tener el lugar en sus momentos de esplendor. 
En el caso de las ciudades mayas se dan varias razones: las viviendas, almacenes, talleres y prácticamente cualquier construcción estaban hechas con barro, cañas y hojas de palma, de las que no quedan restos cinco siglos después. Los únicos edificios de piedra eran los templos y las residencias de los mandamases. Por otra parte éstos debían de tener un aspecto diferente al actual, ya que estaban pintados de colores brillantes, pintura que ha desaparecido con el paso de los tiempos. 
En Tulum quedan ahora unos pocos edificios de piedra y la muralla que la protegía por tres lados; el cuarto, era el precipicio que se asoma al mar. La palabra tulum, en maya, significa “muralla”. 
Al ver lo que queda de estos lugares y compararlos con lo que fueron, se hace difícil no recordar los versos del sevillano Rodrigo Caro en la Canción a las ruinas de Itálica: 
   “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
   campos de soledad, mustio collado,
   fueron un tiempo Itálica famosa.
   …
   Sólo quedan memorias funerales
   donde erraron ya sombras de alto ejemplo
   este llano fue plaza, allí fue templo;
   de todo apenas quedan las señales.”

Algo así debieron de pensar John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood en 1844 cuando visitaron la ciudad cubierta por la selva.

Imagen de Tulum dibujada por Catherwood.

El emplazamiento de Tulum, en cualquier caso, es soberbio: el Castillo, la construcción principal, se asoma al borde del precipicio, y parece que va a echar a volar en cualquier momento sobre el Caribe, que tiene aquí ese color irreal. Las olas baten contra la base de piedra, y una playa de arena blanca a cada lado añaden el punto perfecto a una imagen de inmensa belleza. Una de las playas está abierta al público, y la otra está reservada a las tortugas.
P.D. Esta entrada no es una promoción de las letras sevillanas; ha sido casualidad.

jueves, 31 de marzo de 2011

Riviera Maya V: el primer cronista de Yucatán



Riviera Maya. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


La Riviera Maya es un destino turístico importantísimo, al que llegan cada día miles de visitantes de todo el mundo. Y allá que vamos nosotros para escribir en revistas, hablar en la radio o lanzar en este blog nuestras impresiones de un viaje actual, igual que muchos otros periodistas.
Pero, ¿quién fue el primero que escribió sobre esta costa radiante y luminosa, el primero que puso sobre papel sus impresiones, sus comentarios, sus descripciones?
Hasta donde conozco, ese cronista fue el sevillano Juan Díaz, el capellán de la segunda expedición que, desde la isla de Cuba, llegó a la península de Yucatán en 1518. Esa armada estaba al mando de Juan de Grijalva, segoviano de Cuéllar. En México hay dos ríos con el nombre de Grijalva, lo que produce continuas confusiones. 
El texto de Juan Díaz es conocido como Itinerario de la armada, y en él relata cómo llegaron a la isla de Cozumel (a la que llamaron Santa Cruz) y luego siguieron bordeando la costa de Yucatán, de la que pensaron que era también isla.
Transcrita en castellano actual, dice así: “Viernes a 7 de Mayo comenzó a descubrirse la isla de Yucatán.- Este día nos partimos de esta isla llamada Santa Cruz, y pasamos a la isla de Yucatán atravesando quince millas de golfo. Llegando a la costa vimos tres pueblos grandes que estaban separados cerca de dos millas uno de otro, y se veían en ellos muchas casas de piedra y torres muy grandes, y muchas casas de paja. Quisiéramos entrar en estos lugares si el capitán nos lo hubiese permitido; mas habiéndonoslo negado, corrimos el día y la noche por esta costa...”.
El texto continúa describiendo la costa -que ha cambiado bastante de aspecto, lógicamente- y hace unas comparaciones curiosas. Otro día.

martes, 29 de marzo de 2011

Riviera Maya IV: el cementerio de pega de Xcaret



Cementerio de Xcaret. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

En la Riviera Maya confluyen una gran cantidad de mundos: desde las ruinas de las antiguas ciudades mayas a las aldeas de los pobladores actuales, desde los bosques intransitables a las playas caribeñas de aguas de lindo color azul

lunes, 28 de marzo de 2011

Riviera Maya III: el cenote del Jaguar


Entrada al cenote del Jaguar. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Vaya con los cenotes. La abundancia de cenotes -más allá de su misma existencia- es una de las características más peculiares del paisaje yucateco. Se podría decir que un cenote es un pozo natural, pero con unos detalles francamente sorprendentes.
Los cenotes han sido las fuentes de agua potable para todas las poblaciones que se

viernes, 25 de marzo de 2011

Riviera Maya II: los caminos blancos de Cobá




La civilización maya no deja nunca de fascinar a cualquiera que se acerca a ella. Tanto la cultura antigua -la que construyó ciudades en la selva y creó un calendario sólo superado en tiempos recientes con las más modernas tecnologías- como la cultura actual, que

miércoles, 23 de marzo de 2011

Riviera Maya I: amanecer en el trópico



Vegetación junto a la mesa del desayuno. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


De repente, me sale un encargo de una revista y me vengo a México. Ahora escribo desde la Riviera Maya, esa región hiperturística de la costa de la península de Yucatán. Veremos qué tal se da.

Llegué anoche en un vuelo directo de Madrid a Cancún. Perfecto, pero el cambio horario se siente el cansancio.
El viaje en autobús desde el aeropuerto hasta el hotel, de más de hora y media, cansado, con la hora del sueño vencida, es un recorrido por la oscuridad del campo, con la lentitud legendaria de los buses mexicanos por las restricciones en la velocidad, y es -exagerando un poco- como flotar en el tiempo. Un vuelo largo en avión es entrar en una cápsula ajena al resto del mundo, pero lo de este autobús, con esa obnubilación que produce el cansancio, es como permanecer ajeno al tiempo. Se ve el mundo de forma ligeramente diferente al estado de vigilia normal, como cuando tienes unas décimas de fiebre
Esta mañana, primer contacto con el mundo al salir a la terraza de la habitación: nubes tropicales, vegetación de color verde saturado, pájaros que cantan.
El desayuno me alegra el día: mango, omelette de huitlacoche y jugo de naranja, apio y perejil. Estoy en la terraza del restaurante, y todo es un lío de ramas, lianas y hojas grandes y brillantes que todavía conservan gotas de agua de la lluvia de esta madrugada.