Mostrando entradas con la etiqueta arte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta arte. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de noviembre de 2012

Gauguin y el viaje a lo exótico en el Museo Thyssen de Madrid

Exposición Gauguin y el viaje a lo exótico, Madrid. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Gauguin y el viaje a lo exótico. Difícilmente encontraremos una exposición con nombre más sugestivo. Pues ahora, y hasta el 13 de enero de 2013, existe un espacio en Madrid dedicado a esta idea, a la pintura que cumple con ella, un lugar en el que maravillarse, entregarse a algunos cuadros excepcionales y, de paso, dejar volar la imaginación.

viernes, 14 de septiembre de 2012

11 cosas imprescindibles que hacer en Estambul

Puente de Gálata, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Estambul nunca se acaba. Tiene a su favor el emplazamiento, la historia, su arquitectura, sus millones de habitantes y ese qué sé yo del que sólo gozan un puñado de ciudades en todo el mundo. Paso a proponer 11 cosas imprescindibles que hacer durante una visita a Estambul. Doy por supuesto que todo lo típico del Gran Bazar, Topkapi, la Mezquita Azul, la Cisterna Subterránea, la Torre de Gálata, Dolmabahçe, el crucero por el Bósforo, el hamman, el narguile, los dulces, etc. se encuentra en el folleto que te dan en el hotel. Lo que cuento tampoco es nada especial ni misterioso ni desconocido, solamente son cosas estupendas.
1—Pasar unas cuantas horas en el Istanbul Modern. Si alguna vez has pensado que el arte turco consiste en hacer mezquitas y los azulejos que las adornan este museo es el sitio para cambiar de opinión. Su colección permanente de arte turco contemporáneo puede hacerte cambiar la imagen que tengas de este país. Sus exposiciones temporales están a la altura de cualquier gran espacio cultural mundial. Y su ubicación, al otro lado del Cuerno de Oro, simétrica al palacio de Topkapi, es extraordinaria.
2—Comprar pistachos (también pueden ser aceitunas) en las calles de alrededor del Bazar de las Especias y comértelos cruzando el puente de Gálata, oliendo a mar, mirando el panorama y maravillándote con la obsesión de la gente por pescar aunque nunca veas a nadie sacar nada.
3—Saltar al barco que recorre el Cuerno de Oro, tocando las dos orillas, camino de Eyüp. Si en un momento ves en la orilla de estribor un submarino y un caza que parece a punto de estrellarse contra un edificio bizantino no te extrañes: es el Rahmi M Koç Müzesi, la más estrambótica colección de cosas diferentes que puedas encontrarte. Conviene hacer este viaje avanzada la tarde. Y vestir con una cierta dignidad: la mezquita de Eyüp es uno de los lugares más sagrados del Islam. Luego puedes tomar un pequeño teleférico que sube a la colina y entonces vas sobrevolando las tumbas del cementerio. Allí arriba está el Pierre Loti Café, turístico y cutrecillo. Por muy caro que cobren el té vale la pena, por la vista.

Mezquita de Rüstem Pasha, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
4—Seguir la pista de Mimar Sinan, el gran maestro de la arquitectura clásica otomana. En sus casi cien años de vida diseñó centenares de trabajos, no sólo mezquitas sino también palacios, puentes, baños, y más cosas. Muchos de sus trabajos están en Estambul. Su obra más espectacular en esta ciudad es la mezquita Süleymaniye pero a mi me encanta la de Rüstem Pasha. Llegar a ésta última, después de callejear por el bullicio de los mercados callejeros, meterte por una portezuela y subir una escalera oscura es fantástico.
5—Sentarte en un taburete de los que ponen en la calle los cafetines de Balat y Fener, ver la vida que pasa delante de ti y pensar que estás observando el Estambul de hace 50 años. Estos dos barrios, al costado del Cuerno de Oro, tuvieron antaño una fuerte presencia judía y griega aunque ahora son casi completamente turcos (anatolios concretamente). Pero parece que aquí se vive de forma diferente a otros barrios. Aquí se compensa el precio del té del punto 3 porque también está anclado en el tiempo.
6—Cruzar el Bósforo en barco. Hay como mínimo dos motivos para hacerlo. Uno, por el simple placer de atravesar el estrecho. En qué otra ciudad del mundo puedes hacer un viaje semejante, tan hermoso, tan emocionante y tan barato. Puedes llegar a la otra orilla y volverte. O, dos, aprovechar para explorar el barrio en el que hayas desembarcado. En principio Üsküdar tiene más cosas que ver que Kadiköy pero ambos merecen un buen paseo. Y claro, además de cruzar el Bósforo también se puede coger el barco de línea que llega hasta Anadolu Kavagi, casi ya en el Mar Negro.

Terraza del bar del Mikla, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
7—Tomar una copa con vistas. Estambul tiene una estupenda combinación de colinas junto al Bósforo y el Cuerno de Oro, por lo que abundan los lugares desde los que hay excelentes panoramas. Hay para dar y tomar. Algunos bares con terrazas de cortar el hipo son Mikla, 360 y Leb-i Derya. Además siempre está la posibilidad de tomarse una cerveza en los locales del piso bajo del puente de Gálata. Ambos lados tienen vistas espectaculares.
8—Cenar en un meyhane. Estambul está lleno de opciones gastronómicas de todo tipo, y algunas muy buenas. Pero probablemente ninguna supera a la de ir con unos amigos a cenar a un meyhane. Uno de los detalles interesantes de este tipo de locales es que el camarero aparece continuamente con una gran bandeja en la que hay una serie de platos, cada uno con un meze diferente o con pescado (la carne abunda menos). Ideal para elegir varios y compartir, y regar con raki. Hay muchos meyhanes, sobre todo en Beyoglu, en las calles Nevizade y Sofyali.

Mosaico del Museo de Mosaicos del Gran Palacio, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
9—Admirar mosaicos bizantinos. Los hay maravillosos y si encima puedes ver muchos a la vez no hay que perderse la ocasión. Hay dos lugares excepcionales que curiosamente no son tan visitados como podría suponerse. Uno es el Kariye Müzesi, la antigua iglesia de Chora, que también tiene frescos espectaculares. Es para estarse horas viéndolos y sólo te vas cuando empieza a dolerte el cuello. No está mal llevar unos prismáticos pequeños para disfrutar de los detalles. Se calcula que estas obras son de principios del s.XIV. Mucho más antiguos son los que se guardan en el Büyük Mozaik Müzesi, el Museo de Mosaicos del Gran Palacio. Si los de la iglesia cubren paredes aquí se trata de la parte que se conserva del pavimento del palacio imperial.
10—Pasar una noche loca en el Reina. El Reina es un local que tiene un conjunto de restaurantes, bares y pistas de bailes en un lugar excepcional: la orilla del Bósforo, prácticamente bajo el puente que cruza el estrecho. De hecho puedes ir en lancha y evitar atascos. El sitio es caro (probablemente tenga los restaurantes más caros de Estambul), pero el ambiente —los ambientes— es espectacular y hay que tomarse un par de copas disfrutandolo así como de la vista y del trabajo de los mejores DJs del país.


11—Quedarte pasmado en Santa Sofía. No es ningún descubrimiento pero no se puede estar en Estambul y no pasar un buen rato en el que para mí es el edificio más noble del mundo (de los que conozco, claro). Si no lo haces te lo echarán en cara al final de tu vida y será una pena.
P.D. Evidentemente, la cifra de once cosas que hacer en Estambul es ridículamente pequeña. Se pueden decir sin esfuerzo 111 o, incluso, mil y una. Porque Estambul es absolutamente interminable, multifacética y magnética.

miércoles, 18 de julio de 2012

Exposición de Hopper en el Thyssen de Madrid (y cómo descubrí al Hopper actual)

Morning sun (1952), Edward Hopper

En el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid se puede ver una de las grandes exposiciones del año: la dedicada a Edward Hopper.
Hopper es uno de esos artistas que atraen. Cada uno tiene sus motivos: muchos hablan de esa forma de tratar a los personajes (se habla mucho de la soledad en la sociedad norteamericana), de los paisajes, de las composiciones.
A mi me gusta por varias razones.
Me gusta que los personajes —gente corriente— no posan sino que están vistos en algún momento de sus vidas, como si el espectador les espiara. El espectador se convierte en una especie de voyeur, y esto siempre tiene su atractivo. También me gustan sus ambientes nocturnos, y ese punto de ambigüedad que traspasa casi toda su obra. A mucha gente a la que le gusta la fotografía le gusta Hopper.
También me gustan los cuadros ambientados en Nueva Inglaterra, me dan ganas de volver a esa esquina de Estados Unidos en busca de esas casas blancas, esos faros, esas playas, esos veleros. Esos árboles de hojas azules de Cape Cod evening (1939).

Cape Cod evening (1939), Edward Hopper
Pero creo que la razón fundamental por la que me gustan muchos de los cuadros de Hopper es porque me incitan a pensar historias. A imaginar qué se están diciendo los personajes, quiénes son, cuál es su relación, por qué están ahí en ese momento
Y por eso mismo hay veces que me parecen viñetas mudas a las que hay que poner un bocadillo.
Y estaba pensando eso mismo en la exposición cuando caí en la cuenta que todo esto ya está hecho. Si alguien no me cree, que vea algunos ejemplos:
Observando Gas (1940) ¿alguien se ha preguntado alguna vez qué hace ese señor junto a un surtidor de gasolina, sin un coche al lado?


Sólo hay que mirar la escena desde otra perspectiva:


Aquí Office at night (1940), uno de los cuadros más famosos de Hopper:


¿Intrigado por lo que pasa por la imaginación del jefe y la secretaria en la oficina? Aquí hay una respuesta más que probable:


Éste se llama Room in New York (1932):


Pero la habitación podría estar en cualquier otro lugar:


Hopper dice que éste es un Hotel by a railroad (1952):


Pero lo importante es lo que pasa en la habitación:


O, mejor dicho, en las vidas de los que están en la habitación:


De repente me he dado cuenta de algo que estaba delante de mí toda la vida y en lo que no había reparado: Forges es el Hopper actual.
Y sólo me queda reclamar una exposición de Forges en el Thyssen o en el Reina Sofía ¡ya!
P.D. También pido a Forges y a los herederos de Hopper que me disculpen el uso de su excelsa y magnificérrima obra.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Diego Rivera, presente en la vida de México


Mural de Diego Rivera, Palacio Nacional, México D.F. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Entre las primeras entradas de este blog hay dos sobre México: México, en azul y México, en rojo. La primera hablaba sobre el maíz azul y la segunda sobre la grana cochinilla y su uso en las culturas prehispánicas, y cómo lo reflejaba Diego Rivera en uno de sus murales.
Con independencia del carácter que debía de tener este señor, es de admirar su magnífica obra que nos permite adentrarnos en muchos aspectos de la historia y la cultura mexicana, incluso la prehispánica.
Hoy, para recordar el 125 aniversario del nacimiento de Diego Rivera, me he propuesto volver sobre esos temas, para mostrar cómo Rivera refleja muchos de los aspectos de la vida, la de antes y la de ahora, y cómo podemos ver en las calles lo que pintaba en sus murales.
La foto del mural está tomada en el Palacio Nacional, en la plaza del Zócalo, un lugar de visita obligatoria en la capital mexicana. Es verdaderamente interesante pasar un buen rato viendo los murales de Rivera que hacen un repaso de la historia de México. Estaremos de acuerdo o no con la perspectiva que ofrece de esta historia, pero ésta es fascinante. Y bellísima.

Vendedora callejera. México. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
La foto de la escena semejante en la calle está tomada frente a la puerta del santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco, a poca distancia de San Miguel de Allende y a unos cien kilómetros de Guanajuato, lugar de nacimiento de Rivera.
Es una delicia visitar uno de los ejemplos más bellos de la arquitectura barroca mexicana y, a la salida, darse un homenaje con la gastronomía popular, la obra de una señora encantadora.
Qué ganas de volver a México.  
P.D.Tanto el Centro Histórico de la Ciudad de México (donde se encuentra el mural) como el santuario y la gastronomía popular mexicana están declarados patrimonio mundial por la Unesco.