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martes, 20 de noviembre de 2012

Gauguin y el viaje a lo exótico en el Museo Thyssen de Madrid

Exposición Gauguin y el viaje a lo exótico, Madrid. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Gauguin y el viaje a lo exótico. Difícilmente encontraremos una exposición con nombre más sugestivo. Pues ahora, y hasta el 13 de enero de 2013, existe un espacio en Madrid dedicado a esta idea, a la pintura que cumple con ella, un lugar en el que maravillarse, entregarse a algunos cuadros excepcionales y, de paso, dejar volar la imaginación.

viernes, 27 de enero de 2012

Islas Marquesas, 2: una aventura inesperada.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Un amanecer, en el puerto de Taiohae —la capital de las Marquesas—, un pescador limpiaba las escamas de unos peces de color rosa. Le miré con curiosidad y él me devolvió la mirada. Me preguntó si quería conocer la cascada de Vaipo, en Hakaui, la más alta de Nuku Hiva y de todas las Marquesas. Evidentemente, le dije que sí. 'Salimos dentro de una hora', respondió, y siguió limpiando el pescado.
En verdad que no hay nada como viajar con flexibilidad y estar dispuesto a coger al vuelo las oportunidades que te da la vida. Y allí estaba, un rato después, sin haberlo previsto, subido en una lancha abandonando la bahía de Taiohae. Pasamos entre les Sentinelles, “los Centinelas”, dos rocas puntiagudas que parecen guardar la entrada al puerto, y salimos a mar abierto. Luego bordeamos la costa hacia el oeste. El agua me salpicaba la cara y me sentía muy contento.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Hacia estribor se levantaba una costa escarpada y, más allá de la primera bahía, justo a la salida de Taiohae y a la que se puede acceder por un camino, el resto del litoral es completamente inaccesible por tierra. Son poco más que barranqueras que se desploman desde lo alto de la montaña. Al cabo de una media hora entramos en otra bahía profunda, la de Hakatea. Igualmente está aislada del resto de la isla por unos precipicios infranqueables, pero aquí hay un valle profundo que penetra bastante hacia el interior de la isla. Un mundo completamente separado del resto de Nuku Hiva, que está a su vez separada del mundo.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Dos radas aparecieron al fondo de esta bahía profunda. El resto son precipicios. Dos o tres veleros flotaban tranquilamente en estas aguas claras y protegidas. Saltamos a la playa, tomamos el macuto y emprendimos la caminata para adentrarnos en un valle bordeado por crestas tan altas y afiladas que está completamente incomunicado por tierra del resto de la isla. Pero incluso en este lugar apartado hay huellas de un pasado lejano y caminamos por una vereda pavimentada con grandes piedras, recuerdo de un pasado esplendor. Pasamos junto a varias plantaciones de guayabas, mangos, bananas y limas. Encontramos un río y lo seguimos en busca de sus fuentes. En un momento el camino se internaba en un bosque de hau, el llamado hibisco de playa, que crece también en el interior, a considerable altitud. Cruzamos el río en un par de ocasiones, con el agua hasta las rodillas.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
A cada paso que dábamos nos adentrábamos en un mundo más aislado, más remoto, más solitario. Poco a poco el ambiente se hacía más extraño y misterioso —sobre todo cuando dejamos atrás la zona de las plantaciones, trabajadas por los miembros de la única familia que vive en este valle— y parecía que entráramos en las Marquesas que pudieron ver los navegantes del siglo XIX.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Atravesamos un extraño bosquete de kohe, el bambú polinesio, y poco más allá otro de ihi, el castaño de Tahití, de gruesos troncos centenarios. El lugar transmitía una sensación extraña, y me sentía verdaderamente muy lejos del mundo. No había horizonte, caminábamos por un estrecho desfiladero de paredes de más de 600 metros de altura, casi siempre cubiertas por una tupida vegetación. Mi guía me preguntó si quería ver un paepae. No sabía lo que era, pero le dije que sí. Nos desviamos del camino apenas marcado para culebrear entre unos ihi, y sólo se oía el ruido de nuestras pisadas sobre un lecho de hojas secas. Y allí la encontramos, una plataforma que en algún momento sirvió como base para un centro ritual. El centro ritual más remoto de una de las islas más remotas del planeta. En el bosque apenas penetraba la luz y la atmósfera era embriagante. No sé lo que sentirán los exploradores que encuentran los restos de una ciudad perdida pero, para las modestas expectativas de una excursión de un día, estar allí era algo fabuloso.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Seguimos caminando y, a la vuelta de un recodo, distinguimos la parte superior de la cascada que buscábamos. Nos adentramos por un cañón estrecho y sinuoso, y avanzamos entre dos paredes rocosas verticales que sólo dejaban ver una franja de cielo. La vegetación, del verde más intenso, trepaba milagrosamente por las rocas de basalto puro. 

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Un rato después llegamos al final de un cañón sin salida. ¿Y la cascada? Había una poza de agua fresca a la que, completamente feliz, me lancé con la avidez del náufrago. La atravesé a nado, trepé por unas rocas y penetré en la parte final, la más estrecha del desfiladero, de apenas un par de metros de anchura y que es el lugar exacto por donde cae la cascada. Pero casi no llega agua. Después de 350 metros de caída, el agua se ha pulverizado y sólo había una neblina fina flotando entre los farallones.


P.D. Por razones de espacio, el relato de esta excursión por la parte occidental de Niku Hiva no pudo entrar en el artículo de la revista Altaïr, donde sí describo mi particular descubrimiento de la isla.

miércoles, 25 de enero de 2012

Islas Marquesas, 1: el sueño de viajar


Las islas Marquesas son el archipiélago más distante de un continente en todo el planeta. En medio del Pacífico, lejos de todo. No es de extrañar que ocupen un lugar destacado en los mitos viajeros.
Nadie se levanta un día y dice, de repente, 'me voy a las Marquesas'. Antes, siempre, ha habido muchos estímulos, muchos sueños alimentados por relatos, por narraciones de viajeros, por cuadros, por canciones, por películas... En este sentido, la lista de estímulos de las Marquesas es larga y muy sólida: Robert Louis Stevenson, Herman Melville, Paul Gauguin, Jack London, Jacques Brel, Victor Segalen...


Melville, que más tarde escribiría Moby Dick, fue el primero de los escritores occidentales que quedó deslumbrado por las Marquesas. Entonces trabajaba en un buque ballenero, y su llegada a Nuku Hiva y sus posteriores aventuras quedaron reflejadas en su libro Taipi, una narración de los Mares del Sur, que se convirtió en el banderín de enganche de todos los demás.
Nadie ha reflejado una arribada a puerto semejante, cuando su barco se adentró en la bahía de Taiohae y fue abordado por un grupo de jóvenes isleñas que llegaron a nado desde la orilla y dominaron la voluntad de los marinos. "El Dolly fue capturado y nunca vi un barco asaltado por una tan irresistible partida de piratas. Tomado el barco, nosotros no pudimos sino declararnos prisioneros y por todo el tiempo que estuvimos en la bahía el barco y la tripulación estuvo en manos de las sirenas”. Y continúa: “Las variadas danzas de las muchachas de las Marquesas son en extremo bellas, pero hay en su carácter un abandono voluptuoso que no intentaré describir” (traducción de J. Dóriga, publicada por Espasa-Calpe Argentina, 1950). Difícil resistirse al deseo de saltar al primer barco que salga con rumbo a las Marquesas. Y no es de extrañar que las islas de la Polinesia se convirtieran en la imagen del paraíso.


Yo me hubiera contentado con llegar a Nuku Hiva de manera más sobria, como Stevenson, a bordo de la Casco, una goleta de dos palos. Siempre soñé con encontrarme una madrugada en la bahía perfecta de Anahao, en el otro extremo de Nuku Hiva, y sentir lo que sintió al echar el ancla: "La goleta viró sobre sí misma, el áncora se sumergió. Débil fue el ruido, pero inmenso el acontecimiento; mi alma penetró, con esas amarras, hasta profundidades de las cuales ninguna cabria sabría extraerla, ningún buceador extraerla; a partir de aquel día, algunos de mis compañeros de a bordo y yo mismo nos convertimos en los esclavos de las islas Vivianas". Stevenson, evidentemente, nunca abandonó los Mares del Sur.
Unas páginas antes ya había hecho otra declaración de amor, de las que no se olvidan: "La primera impresión es siempre única. El primer amor, la primera aurora, el primer contacto con una isla de los mares del Sur son recuerdos aparte en nuestra vida y despiertan una especie de virginidad de los sentidos" (traducción de Agustín Esclasans, publicada por Ediciones B, 1999). Para Stevenson, su primera isla fue Nuku Hiva.
Altaïr acaba de publicar un monográfico sobre Tahití y las islas de la Polinesia Francesa, donde tengo el gusto de participar con un artículo sobre Nuku Hiva. Nada me gustaría más que este número entrara a formar parte de las obras que incitan a soñar con las lejanas islas de los Mares del Sur.

martes, 23 de marzo de 2010

En los Mares del Sur


¿Es posible considerar a un cementerio como un símbolo de vida? La respuesta es sí, no, y todo lo contrario, y probablemente dependa, entre otras cosas, de tu momento personal. Yo he visitado más de uno, y siempre lo he hecho como homenaje a la vida de la persona cuyos restos se encontraban allí. Cuando fui a Hiva Oa, una de las islas Marquesas, en medio del océano Pacífico, lo primero que hice fue acudir al cementerio de Atuona, la pequeña capital. Allí están, entre otras, las tumbas de Jacques Brel y Paul Gauguin. La del primero estaba casi oculta entre la vegetación. Unas gardenias habían caído sobre la del pintor.