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viernes, 22 de marzo de 2013

Vuelo nocturno a Buenos Aires con Saint-Exupéry

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El año pasado no pude resistirme y, para leer en un vuelo nocturno a Buenos Aires, me llevé Vuelo nocturno de Antoine de Saint-Exupéry.

El caso es que el vuelo fue uno de esas ocasiones especiales en las que al embarcar te cambian el billete y te dan un asiento en la clase business, por lo que te enfrentas a una travesía del Atlántico en unas condiciones especiales que te hacen vivir cada minuto. Una noche como no la hay casi nunca, como sólo la vivirás (con suerte) unas pocas veces en toda tu vida.  

viernes, 21 de diciembre de 2012

¿Donde está el Museo del Fin del Mundo?

Museo del Fin del Mundo, Ushuaia, Argentina. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Difícilmente se podrá encontrar un museo con nombre más sugerente: del Fin del Mundo.
No, no tiene ningún sentido apocalíptico. Se llama Museo del Fin del Mundo porque está allí, al sur de la Patagonia, en Ushuaia, en el fin del mundo. Donde es fácil sentir que se acaba todo.

miércoles, 4 de abril de 2012

Barcos, su historia a través del arte y la fotografía




 Tengo un rato libre, así que abro Barcos, su historia a través del arte y la fotografía (Geoplaneta) y me pongo a seguir las peripecias del Essex, un barco ballenero. Y me quedo a cuadros con la historia de sufrimiento y canibalismo que padecieron los marinos que sobrevivieron al ataque de un cachalote, en 1820, que lo hizo pedazos. Resulta que Melville se inspiró en esta historia para escribir Moby Dick.
Bueno, tengo unos minutos más, así que me enfrasco en la historia del Halve Maen, el barco con el que Henry Hudson partió en busca del Paso del Noroeste, al servicio de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Iba costeando la costa de Norteamérica y en un momento se adentró en un río, al que bautizó con su nombre; en algún momento pasó junto a la isla de Manna-hatta, donde años después se fundó Nueva Amsterdam, más tarde conocida como Nueva York.
Un minuto más, y me entero de lo que significa la expresión marinera “clavar los colores al palo” al leer la historia del San Ildefonso, que fue capturado en la batalla de Trafalgar por el HMS Defence.
Así todos los días. Un ratito, una historia marinera. Es lo bueno de Barcos, su historia a través del arte y la fotografía,  que te cuenta una historia en cada página, y además la ilustra con una pintura o una foto.
Un día leí la historia del Hecla, el primer barco que sobrevivió un invierno atrapado en los hielos del Ártico, con William Parry a bordo. Y otro, la del Surprise, en el que Carlos II huyó de Inglaterra en 1651, razón por la que le cambiaron el nombre y se llamó luego Royal Escape. Y qué pena la del Amphirite, un barco presidio que en 1833 naufragó frente a la costa de Boulogne.
Por las páginas de Barcos navegan con la misma naturalidad el Pequod y el Fram, y Jasón —a bordo del Argos— saluda a Elcano que le responde desde la cubierta de la Victoria mientras John Franklin —¿en el Erebus o el Terror?— los observa desde la lejanía.
Barcos es un libro de los de toda la vida, no un dispositivo multimedia, pero cada vez que lo abro tengo la sensación de que me salpican las olas, que diviso los acantilados de la Antártida, que acompaño a los peregrinos de Mayflower o remonto el Misisipi en el Delta Queen. Y lo mismo asisto al motín del Batavia como al hundimiento del Vasa. Un libro para leer fumando en pipa.
Me empiezo a preocupar. Este libro me absorbe tanto que ahora, cuando conduzco, ya no meto quinta sino que largo la vela mayor. Y el otro día me preguntaron por una calle y respondí:
—Todo a estribor.
Tengo un minuto más. Voy a leer la historia del Titanic, a ver si confirman mi teoría de que el capitán Nemo, a bordo del Nautilus... 

lunes, 19 de diciembre de 2011

Tromso: sentirse como Amundsen durante un minuto

Excursión en trineo de perros en Tromso. Foto: ángel M. Bermejo (c)

Ahora que se habla tanto de la llegada de Amundsen al Polo Sur hace 100 años, se recuerda que una de las razones por la que el explorador noruego llegó a su meta antes que Scott fue que eligió bien. Perros en lugar de caballos -que se adaptaron mucho mejor al medio- para tirar de los trineos.
Ahora mismo hay varias expediciones en la Antártida tratando de rememorar la hazaña de Amundsen y su equipo. Pero todas presentan una importante diferencia respecto a la de hace un siglo: ninguna lleva perros para tirar de los trineos.
Ni perros no caballos. Y por una razón fundamental: no se pueden llevar animales a la Antártida.
Por eso, una vez más, el recuerdo de Amundsen no nos lleva al Polo Sur, sino a Noruega: un buen lugar en donde experimentar, aunque sólo sea por unas horas, un recorrido en trineo tirado por perros sobre la nieve.
Cerca de Tromso realicé una pequeña excursión en trineo tirado por perros. No pretendo decir que fuera una experiencia semejante a la de Amundsen, pero sí que es la manera que cualquiera de nosotros puede tener de sentir algo así.

Excursión en trineo de perros en Tromso. Foto: ángel M. Bermejo (c)
Perderse por las soledades blancas.
Oír el roce de las cuchillas de los trineos en la nieve.
Mirarse en los ojos azules de los perros.
Notar el aire frío en la cara.
Apreciar la relación entre los perros y sus cuidadores.
Pasar entre abedules de corteza tan blanca como la nieve.
Oír ladridos, ladridos, ladridos.
Sentir la naturaleza como lo harían los viajeros árticos de hace siglos.
Oler el orín de los perros, que continuamente van dejando la huella aromática de su paso.
Dar un bote al pasar sobre un hoyo
Sentir, aunque sólo sea un momento, el silencio blanco.

Excursión en trineo de perros en Tromso. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
No, nunca fuimos personajes de los relatos de Jack London, ni exploradores del Ártico con trineos de 16 perros, ni mineros en Alaska en los tiempos de la fiebre del oro, ni tramperos en Canadá, ni leñadores de los bosques boreales, ni cazadores, ni correos del zar. Nunca esperamos tres días encerrados en una tienda de campaña a que pasara la tormenta. Pero como la épica es una asignatura que no explicaban en la escuela a la que fuimos, nos contentamos con devorar ávidamente -aunque sean migajas- las oportunidades que nos regala la suerte. Somos conscientes de que para ser felices nos basta con sentir, aunque sólo sea un momento, el silencio blanco.

jueves, 27 de mayo de 2010

PRÓXIMO VIAJE: ISLAS SVALBARD, LATITUD 80ºN


Este mes de mayo será el de las islas. Después de haber ido a Reunión (Francia, pero frente a Madagascar) y Socotra (Yemen), ahora le toca el turno a las Svalbard (Noruega).

Dentro de pocos días embarcaré en Tromso, en el MS Fram de la compañía Hurtigruten, con el sumo placer de participar en el Peregrinaje Climático. No es un viaje normal, es lo que llaman un crucero de exploración, en el que se recorren en profundidad algunos de los lugares más salvajes e inaccesibles de las costas del mundo. Habrá científicos a bordo para que nos expliquen las bellezas de las islas y los peligros a los que se enfrenta el planeta. Las zonas polares son el mejor lugar para estudiar los efectos del cambio climático, y en este viaje aprenderemos bastante (eso espero) sobre este importante tema, además de disfrutar de la belleza del Ártico..

Las islas Svalbard (que antes eran conocidas como Spitzbergen, por su isla principal) están a medio camino entre el Cabo Norte y el Polo Norte. El paralelo 80ºN cruza el archipiélago, y uno de los objetivos del viaje es explorar más allá de esta latitud. Veremos si lo conseguimos. La zona polar ártica es un océano helado, y hay muy poca tierra más allá del paralelo 80ºN. Estas islas noruegas son una de ellas.

Me parece que es una aventura de esas de "una vez en la vida".