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viernes, 15 de junio de 2012

En busca del fruto del árbol del pan

Fruto del árbol del pan. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Hace poco hablaba de la Pointe Vénus de Tahiti, donde habían recalado algunos de los primeros marinos europeos que llegaron a estas islas de los Mares del Sur, como Wallis y Cook. Pero se me olvidó mencionar a otro de los más famosos: Wiliam Bligh.
Con el capitán Cook, en su primer viaje, viajaba Joseph Banks, uno de los naturalistas más importantes de su época, que acabó siendo presidente de la Royal Society. Desde este cargo, Banks controló durante cuatro décadas muchos aspectos de la ciencia británica y fue el impulsor de numerosas expediciones científicas. Fue él el que envió a Bligh a Tahiti, adonde llegó en 1789.

martes, 12 de junio de 2012

Reunión, la isla de Roland Garros y El hombre que camina

Isla Reunión. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

El mes pasado dejé sin resolver una pregunta que planteaba al final del post sobre El hombre que camina: ¿dónde había tomado las fotos de las señales de tráfico?
Observando las fotografías —y dando por supuesto que no había fotos-trampa— se podían obtener los siguientes datos:
-es un lugar tropical (palmeras).
-es un lugar al borde del mar.
-es un lugar con una fuerte presencia hindú (probablemente de tamiles, por lo vistoso del templo).
-afinando mucho se podía afirmar que es un lugar volcánico (la foto de las piedras).

Isla Reunión. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
No creo que haya muchos muchos lugares que cumplan todos los requisitos. Pero además hay otro detalle que había que tomar en cuenta y que estrechaba muchísimo cualquier listado de países: la propia existencia de las señales de tráfico. De tantas señales y relativamente bien conservadas.
Es lo que tiene la isla francesa de Reunión: es un lugar volcánico y tropical, con una parte importante de la población de religión hindú. Al ser una isla, tiene costa, evidentemente. Y, al ser un departamento francés, tiene un sistema de señalización de carreteras como en pocos otros lugares situados en el trópico. Lamentablemente muchos países situados en latitudes cálidas son países subdesarrollados o emergentes (es decir, bastante pobres) y forman parte del llamado Tercer Mundo. Que, entre otras cosas, no dedican mucho dinero a las señales de tráfico.

Isla Reunión. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Reunión es un departamento francés como cualquier otro, a pesar de estar situado en el océano Índico, frente a Madagascar. Es una región ultraperiférica de Europa, exactamente lo mismo que las islas Canarias. Y forma parte de la Eurozona. Qué grande y sorprendente es la Unión Europea.
Aprovecho estas fechas para recordar que el aeropuerto internacional de Reunión tiene el nombre de Roland Garros ), que no fue tenista profesional (sólo aficionado), sino un as de la aviación, muy activo durante la I Guerra Mundial.

Isla Reunión. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Estos días en que tanto se ha hablado del torneo de tenis, ¿sabías que Roland Garros no era tenista, sino un aviador francés, que había nacido en un departamento francés que está frente a Madagascar, en el que hay una importante proporción de población originaria de la India?
Qué pequeña y sorprendente es la isla Reunión.

domingo, 27 de febrero de 2011

Isla de Mozambique III


 Partida de m'pale. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Contemplada desde el continente, la isla semeja un barco varado, y su perfil es una hilera de construcciones bajas dominada por las copas de los cocoteros. Sólo destacan, en un extremo, los poderosos contrafuertes de la fortaleza de São Sebastião, una de las más imponentes de África.
Cuando los portugueses ocuparon la Ilha, en 1507, hicieron de ella primero la base en la que esperar los alisios que les llevaran a la India y más tarde la capital de sus territorios en el oriente africano. Un enclave estratégico que había que defender de potencias enemigas y con ese fin se levantó la ciudadela de São Sebastião con piedras duras traídas desde Lisboa como lastre de los navíos.
Sufrió innumerables ataques, pero nunca fue conquistada. En 1607 los holandeses llegaron a tomar la isla pero tuvieron que retirarse al no poder ganar sus defensas. Si lo hubieran conseguido, la historia de África meridional quizá hubiera sido diferente. Los holandeses debieron conformarse con instalarse en el cabo de Buena Esperanza: fundaron Ciudad de El Cabo y dieron origen allí a la nación afrikáner.
Sus murallas de 20 metros de altura siguen ofreciendo el mismo aspecto descrito por cronistas de siglos pasados. Se pueden traspasar sus portalones, vagar por dependencias vacías, penetrar en la oscuridad de los depósitos de agua -los únicos manantiales de agua dulce de la isla se encuentran dentro del fuerte-, recorrer los bastiones y asomarse a las garitas de vigilancia. Decenas de cañones continúan apuntando al horizonte.


Capilla de Nossa Senhora do Baluarte. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

A los pies de la fortaleza, con sus muros casi batidos por el mar, se esconde la capilla manuelina de Nossa Senhora do Baluarte, el edificio más antiguo que se conserva intacto construido por los europeos en el hemisferio sur.
Por la tarde, cuando el calor se rinde, se inician las conversaciones junto a los portales de las casas, los hombres vestidos de blanco, las mujeres de colores brillantes. Los pescadores aprovechan las últimas horas de luz para repasar sus redes y se forman corros para asistir a las partidas de m'pale, el juego tradicional. Hay llamadas del almuédano a la oración y pasos quedos que resuenan en el pavimento de “piedra y cal”, butres que recalan en la playa y mujeres que practican los bailes de tufo y chacate para algún festival.
Pasan los días, pero parece no pasar el tiempo en la Ilha.

sábado, 26 de febrero de 2011

Isla de Mozambique II


Ermita de São Antônio. Ilha de Moçambique. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


Hoy la isla de Mozambique constituye una leyenda viva en el extremo septentrional del país. Es pequeña -no llega a tres kilómetros de punta a punta- y la ciudad la ocupa casi completamente.
En realidad, dos ciudades: la de “piedra y cal” y la de “macuti”, la de coral y la de caña. Dos mundos urbanos completamente diferentes separados por el ancho de una calle. Al norte se extiende la urbe de piedra, un conjunto de casas centenarias, una gloria arquitectónica mordida por el salitre y la fuerza de las raíces que transmite una profunda sensación de melancolía.
Hay recias mansiones coloniales, iglesias blancas que mezclan adornos barrocos, árabes e hindúes, soportales que protegen del sol tropical, terrazas abiertas a la brisa del océano, grandes almacenes de los comerciantes de antaño, veredas sombreadas por casuarinas e higueras bravas. Todo construido en el mismo estilo durante siglos, creando una armonía inigualable. Muchas edificaciones pasarían desapercibidas si se las trasladase a cualquier pueblo del Algarve portugués. Casi ninguna tiene menos de cien años. Ahora la ciudad de “piedra y cal” está casi deshabitada, como un espectro de su propia grandeza. Los poetas mozambiqueños le dedican “versos de sal y olvido”.


Pescadores en Ilha de Moçambique. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


Se cruza una calle y aparece la ciudad de macuti, hecha de bambú y mangle. Aquí no hay antiguas casonas ni el más mínimo recuerdo de pasado esplendor. Parece cualquier aldea africana con casas de zarzo recubierto de argamasa y tejados de hojas de cocotero. Las puertas se abren al exterior, donde las mujeres tocadas con pañuelos de colores extienden sobre la arena pescado para secarlo al sol, muelen grano, conversan, cocinan y cuidan de los niños. Muchas cubren su rostro con una mascarilla blanca o amarilla, una pasta vegetal de tamotamo que les confiere un aspecto fantasmal. Aunque sea fácil imaginar que forma parte de un rito ancestral no es más que una crema de belleza.

viernes, 25 de febrero de 2011

Isla de Mozambique I


Fortaleza de São Sebastião. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


Se levanta la brisa y los pescadores aprestan aparejos, izan velas y salen a la mar. Primero bordean las murallas de la vieja fortaleza y luego enfilan hacia el estrecho canal que separa su isla de la orilla continental, en busca de algún caladero donde echar las redes. Es el final de la estación seca, las aguas brillan con los colores luminosos del trópico y el aire huele a sal.
Sobre el horizonte se dibujan las siluetas de sus velas latinas, triángulos hinchados por el viento y la historia. Estos barcos son butres, el mismo tipo de navío que lleva dos milenios surcando el océano Índico. El navegante que inspiró los viajes de Simbad el Marino empleó barcos semejantes, porque han variado muy poco en los últimos siglos. Los grandes utilizaban la fuerza de los alisios para las largas travesías entre la costa oriental de África, Arabia y los lejanos puertos de la India e incluso China, y los más pequeños siguen ocupados en tareas simples de pesca de bajura y transporte a lo largo de un litoral en el que casi nunca hubo buenos caminos.
A los embarcaderos de la isla de Mozambique, a la que todos llaman simplemente Ilha (“Isla”), también llegan barcazas de remos desde la costa del continente, que se extiende a sólo tres kilómetros de distancia. Los remeros se animan con cantos acompasados que resuenan en el aire, y la escena tiene algo de antiguo, de otro tiempo. Aunque, en realidad, en la isla de Mozambique todo parece inmerso en el pasado, en la bruma de la historia. Hasta que se construyó en 1966 el puente que la une a tierra firme no transitó coche alguno por sus calles.
Por la Ilha pasó Vasco de Gama en 1498 en su primer viaje hacia la India y encontró un floreciente centro comercial y de construcción de barcos dominado por los árabes. En su muelle vio butres cargados con oro, joyas y especias, y con el tiempo esta isla escondida en el canal de Mozambique, frente a Madagascar, se convirtió en la base portuguesa de su ruta hacia los mercados de especias de Oriente. Se cuenta que a la llegada de Gama el jeque local era Mussa ben Mbiki y los lusos, confundidos, creyeron que así se llamaba la isla. Más tarde, la Ilha dio nombre a toda la colonia portuguesa de la que fue capital. Se construyeron iglesias, mezquitas y templos hindúes. En 1898 cedió el título a Lourenço Marques e inició su camino hacia el olvido.

jueves, 27 de mayo de 2010

PRÓXIMO VIAJE: ISLAS SVALBARD, LATITUD 80ºN


Este mes de mayo será el de las islas. Después de haber ido a Reunión (Francia, pero frente a Madagascar) y Socotra (Yemen), ahora le toca el turno a las Svalbard (Noruega).

Dentro de pocos días embarcaré en Tromso, en el MS Fram de la compañía Hurtigruten, con el sumo placer de participar en el Peregrinaje Climático. No es un viaje normal, es lo que llaman un crucero de exploración, en el que se recorren en profundidad algunos de los lugares más salvajes e inaccesibles de las costas del mundo. Habrá científicos a bordo para que nos expliquen las bellezas de las islas y los peligros a los que se enfrenta el planeta. Las zonas polares son el mejor lugar para estudiar los efectos del cambio climático, y en este viaje aprenderemos bastante (eso espero) sobre este importante tema, además de disfrutar de la belleza del Ártico..

Las islas Svalbard (que antes eran conocidas como Spitzbergen, por su isla principal) están a medio camino entre el Cabo Norte y el Polo Norte. El paralelo 80ºN cruza el archipiélago, y uno de los objetivos del viaje es explorar más allá de esta latitud. Veremos si lo conseguimos. La zona polar ártica es un océano helado, y hay muy poca tierra más allá del paralelo 80ºN. Estas islas noruegas son una de ellas.

Me parece que es una aventura de esas de "una vez en la vida".

SOCOTRA, EN YEMEN


La isla yemení de Socotra es uno de los lugares más hermosamente extraños que he visitado en mucho tiempo. La sensación de aislamiento y soledad, que se vive en cuanto sales de Hadibu (la capital) es extraordinaria. La vegetación, en gran parte endémica, da un toque único al paisaje.

Si pincháis aquí podréis ver un pequeño artículo sobre Socotra