viernes, 30 de septiembre de 2011

Osmanli macunu, placer y misterio de Estambul



Osmanli macunu: placer y misterio de Estambul

Las calles de Estambul están llenas de prodigios y misterios, también de sorpresas y tradiciones. El paseante que camina con los ojos abiertos descubre a cada paso lo que ignoraba.
Por ejemplo: el osmanli macunu, un típico dulce turco que se remonta a los tiempos del imperio otomano.
Hay vendedores ambulantes que realizan en cualquier esquina el ritual centenario de servir una ración de osmanli macunu. Y no es fácil. Pero hay maestros en el arte de enrollar esa masa pegajosa de diferentes sabores, un sirope denso cocinado con frutas y especias (higo, berenjena, sandía, calabaza, avellana, albaricoque, etc.). Lo llevan en una bandeja dividida en cinco partes, por lo que un osmanli macunu no puede tener nunca más de cinco sabores. Bueno, uno más, porque al dulzor de la pasta se añade un toque de limón.
¿Ha visto alguien alguna vez a un vendedor callejero que ofrezca algo más espectacular para alegrar un paseo al final de la tarde? Un placer para el gusto, y para la vista.
Otra de las pequeñas historias turcas.


miércoles, 28 de septiembre de 2011

Rosa María Calaf y Vietnam


Policías en Nha Trang, Vietnam. Foto: Ángel M. Bermejo
El pasado domingo hablamos en la radio con Rosa María Calaf sobre Vietnam.
La conversación entera se puede oír pinchando aquí. Empieza en el minuto 16'30”.
Espero que os guste. Siempre es un privilegio hablar con una profesional del periodismo de verdad.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Tesoros de la arqueología rusa del Ermitage en el MARQ

Todas las fotos: exposición Ermitage en MARQ. Ángel M.Bermejo (c)

El Ermitage de San Petersburgo es uno de los museos más importantes del mundo, y creo que nadie lo pone en duda. Sin embargo, si pensamos que es una pinacoteca con varias obras maestras de Leonardo, Rafael y Matisse estamos pensando  sólo en una pequeña parte de los fondos (tres millones de piezas) de este museo gigantesco. Fiel a su espíritu de museo total, el Ermitage guarda obras de diferentes épocas y diferentes orígenes.





Como no podía ser de otra manera, el Ermitage conserva una impresionante colección de tesoros de la antigüedad, piezas arqueológicas de valor incalculable que hablan de los pueblos que habitaron hace miles de años en el territorio de la actual Federación Rusa.





El problema de siempre es que para conocer estos tesoros hay que viajar a San Petersburgo.
Aunque ahora, y hasta el 16 de octubre, tenemos la posibilidad de ver una buena selección de las obras de otros siglos en Alicante, en la exposición Ermitage. Tesoros de la arqueología rusa en el MARQ, el Museo Arqueológico de Alicante.





La exposición se centra en tres temas. El primero se refiere a los orígenes y habla de tiempos lejanos. Ofrece un viaje por la Prehistoria de este inmenso territorio a través de piezas como la Venus de Kostenki, de hace 23.000 años. Sorprende la exhibición de piezas de madera de miles de años de antigüedad, perfectamente conservadas.





La parte que más me ha interesado es la que se refiere a los escitas y el mundo clásico. Los escitas eran pueblos nómadas que, en la costa septentrional del Mar Negro, establecieron contacto con los colonos griegos a partir del siglo VII a.C. y generaron la imagen de bárbaro. Fue el encuentro, según las perspectiva griega, entre la civilización y la barbarie. Aunque ello no significaba ni el desprecio ni el odio al diferente. Fue el encuentro con el Otro, un momento decisivo en la historia de nuestra cultura. ¡Y qué arte más maravilloso creaban los Otros! En esta exposición hay piezas espléndidas de oro de hace 2.500 años, de esas que aparecen en los libros de arte. Y ahora están en Alicante.





La tercera parte de la exposición conduce a la formación de Rusia, con referencias a la Ruta de la Seda, el Imperio Bizantino, la Horda de Oro, etc.





Al recorrer estas tres salas se despliega un mundo tan fascinante como desconocido. Y muy emocionante. El que no sienta algo al contemplar la figura del cisne hecha de fieltro hace 2.400 años...

viernes, 23 de septiembre de 2011

MARQ, Museo Arqueológico de Alicante

Pebeteros iberos. MARQ. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Si alguien piensa que un museo arqueológico provincial es un lugar aburrido, polvoriento y con pocos fondos es que no ha visitado el MARQ, el Museo Arqueológico de Alicante
Aquí el visitante se enfrenta a diferentes experiencias. Por un lado, el museo ofrece un repaso de la historia de Alicante desde tiempos prehistóricos, pero también proporciona unas cuantas lecciones sobre el propio trabajo de la arqueología, que son válidas para esta provincia, pero también para cualquier otro lugar del mundo.
La clave de su atractivo no está solo en la calidad y cantidad de las piezas que se muestran, sino en la forma en que está concebido el conjunto.

MARQ. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Lo primero que hay que destacar es que se ubica en un antiguo hospital, fundado en 1931, por lo que se han tenido que adaptar a su peculiar estructura. Pero lo han conseguido de tal forma que la propia adaptación sirve para establecer no sólo la distribución de las salas, sino también el mismo concepto de que atraviesa la exhibición de sus fondos. 
Hay cinco salas permanentes, las dedicadas a la prehistoria, los iberos, la cultura romana, la Edad Media y la Edad Moderna. Cada una de ellas ocupa el mismo espacio, y dentro de cada una se repite la misma estructura narrativa, que acaba siempre al final de la sala con un espacio dedicado al culto a los ritos funerarios y el culto a los muertos.

Imagen de audiovisual que recrea el foro de Lucentum. MARQ. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
El MARQ aplica las nuevas tecnologías sin complejos, y todo el museo está lleno de pantallas táctiles, audiovisuales, recreaciones de escenas ambientadas en la época a la que se dedica la sala, de juegos, de reproducciones que se pueden tocar, etc.
Aunque lo importante es el conjunto y las sensaciones y conocimientos que transmite, hay algunas piezas magníficas que sobresalen, como un pebetero ibero y, sobre todo, una mano de bronce, parte de una estatua dedicada a un emperador romano, hallada en el yacimiento de Lucentum. 
Hay tres espacios dedicados al propio trabajo de la arqueología, ya sea en un medio rural, urbano o subacuático. También hay tres salas dedicadas a exposiciones temporales.

Recreación de trabajos de arqueología subacuática. MARQ. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Otro de los detalles interesantes de este museo es que se completa con varios parques arqueológicos. Algunos están situados en las afueras de la ciudad de Alicante, y otros en el interior de la provincia. Uno de ellos, el santuario de Pla de Petracos, incluye pinturas rupestres inscritas en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. 
Y para estar al día de todas las noticias sobre el tema de la arqueología en Alicante, nada como seguir el blog del museo.
Que es un museo especial no lo digo yo. Por algo le darían el Premio Museo Europeo del Año 2004, título que comparten el Guggenheim de Bilbao (2000) y el CosmoCaixa de Barcelona (2006). 



jueves, 22 de septiembre de 2011

Miguel Gutiérrez Garitano, IV Premio de Literatura de Viajes Camino del Cid

Miguel G. Garitano y Ernesto Santolaya. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


El martes 20 de septiembre, en Alicante, se hizo entrega del IV Premio de Literatura de Viajes Camino del Cid a Miguel Gutiérrez Garitano por su obra La aventura del Muni. Ya hice algún comentario sobre la convocatoriael fallo en mi calidad de infiltrado en el jurado que, por lo demás, estaba compuesto por gente sabia y respetable.
Según explicó el propio Miguel en el acto y en la rueda de prensa posterior, aunque las aventuras y desventuras de Manuel Iradier y las suyas propias por Guinea Ecuatorial son el hilo conductor del texto, en realidad “el verdadero protagonista del libro es el Muni, un río muy desconocido, y que de alguna manera es nuestro río. Todos los aficionados a las exploraciones del siglo XIX nos hemos visto fascinados por las historias del Níger, del Congo, del Zambeze y por supuesto del Nilo. Parecía que no había historias de exploradores con sello español. Sí que las había, pero estaban por descubrir. Así que traté de contarlas”.
Pero al seguir los pasos de Manuel Iradier por el río Muni Miguel encontró otras epopeyas, otras líneas vitales, otras personas, “que conformaban un universo, en cuyo centro está el río”.
A lo largo de las páginas de La aventura del Muni aparecen cazadores blancos, escritores, exploradores desconocidos, piratas y negreros. Y los habitantes de las orillas del río. Y el propio autor, que se mete en buenos berenjenales, de los que afortunadamente sale indemne. “Los anglosajones han sabido explotar esas historias”, continúa Miguel, “pero nosotros las olvidamos”.
Miguel concluyó su intervención con una afirmación de principios: “Escribí el libro que me hubiera gustado leer a mí.”
Dos detalles más. En 2011 se cumple el centenario de la muerte de Manuel Iradier, el explorador español más importante en África, cuyos pasos sigue el autor en este libro. Como a este premio sólo pueden optar libros ya publicados, también se premió a Ernesto Santolaya, director de Ikusager Ediciones, que ha editado el libro como sólo los amantes de su oficio pueden hacer.
En la foto aparecen los dos premiados en la sede de la Diputación de Alicante (que este año ostenta la presidencia rotatoria del consorcio Camino del Cid). Buena pareja. Y cuidado, que me he enterado de que están tramando más cosas juntos. Habrá que estar atento.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Pequeñas historias turcas 1

Se dice que el mundo es ancho y variado, y que cada cultura es diferente a las demás. Tal vez sea cierto, pero también lo es que compartimos todo tipo de emociones y comportamientos. Este pequeño vídeo está grabado en Estambul, pero realmente podría haber sido grabado en cualquier lugar del mundo en donde dos chavales (gamberretes, evidentemente) se dedican a lo que mejor saben hacer: explorar lo que les rodea.


video

jueves, 15 de septiembre de 2011

Walter Bonatti, siempre



Durante varios años practiqué el montañismo de forma más o menos continuada. Gredos, el Moncayo, los Picos de Europa y los Pirineos fueron mis destinos hasta que, por fin, fui a los Alpes en mi primer viaje fuera de España. Hablo de hace muchos años. De esos tiempos prehistóricos me queda el gusto por caminar por la montaña.
En esos tiempos lejanos Reinhold Messner se empeñaba en su tarea heroica de conquistar todas las cumbres de más de 8.000 metros que hay en el planeta. En casa, César Pérez de Tudela era el montañero más conocido, aunque ni mucho menos el único que alcanzaba cimas importantes.
Pero por encima de todos ellos sobrevolaba siempre la leyenda de un alpinista que se había retirado muchos antes. Me refiero a Walter Bonatti, un italiano que había sobrevivido a pruebas de resistencia sobrehumanas en las alturas del K2, que había abierto vías de escalada que hasta entonces parecían imposibles. Dio su nombre al pilar Bonatti de la Aiguille du Dru, que escaló en solitario; igual que la cara norte del Cervino/Matterhorn, que además realizó en invierno. Y muchas otras más. Lo curioso es que se había retirado de la escalada varios años antes de yo naciera, pero su fama perduraba décadas después. Su filosofía le hacía acercarse a las montañas con el menor equipo técnico posible. Para muchos era el mejor escalador de la historia.
Cuando dejó la montaña inició su carrera de periodista. Viajó por el mundo, escribiendo y fotografiando sus aventuras, ya no en las altas cumbres, sino en selvas, islas lejanas y volcanes. Aunque parezca increíble en el momento actual de la prensa, en los años 70 esos reportajes se publicaban en España en Blanco y Negro (el suplemento dominical de ABC) y en la Gaceta Ilustrada.
Recuerdo perfectamente dos reportajes suyos de Indonesia: uno sobre Tana Toradja (en la isla de Sulawesi, que entones se llamaba Célebes) y otro sobre los lagos de colores de Keli-Mutu (en la isla de Flores). Éste último todavía lo conservo. Los leía a la salida del colegio, en una época en que tenía una pierna escayolada y tenía que esperar dos horas a la salida de clase a que pudieran venir a recogerme.
Fue en esa época, cuando tenía 16 años, en que decidí dedicarme a esto de viajar y contar lo que encontraba. Como lo hacía Walter Bonatti. Ese tipo de historias, en ese tipo de lugares. La primera vez que fui al Sudeste asiático mi objetivo inconfesable era Tana Toradja, pero acabé en Borneo. Unos años después llegué a mi destino.
Este verano, cuando estaba en Georgia y había alcanzado la parte alta de Svanetia, un valle perdido del Cáucaso (un lugar al que quería ir desde hace 12 años), pensé que tenía que plantearme otro objetivo viajero. Y me acordé del reportaje de Bonatti sobre los lagos de colores de Keli-Mutu.
Otro reportaje suyo que conservo es sobre las fuentes del Amazonas. 


Ahora nadie hace reportajes de esta clase. Bueno, afortunadamente siempre hay excepciones, como mi amigo Jordi Busqué, que acaba de llegar a las fuentes del Amazonas en un viaje que inició en su desembocadura. Ahora queda esperar que un medio importante le publique la historia. 
Tuve ocasión de conocer a Walter Bonatti (de saludarlo) en abril de 2008, cuando la Sociedad Geográfica Española le concedió uno de sus premios.
En esa ocasión pronunció unas palabras que terminaban así: “Y, ¿no es verdad que el aspecto más fascinante de las cosas se encuentra precisamente en el reflejo del sueño que las propias cosas alimentan? Los grandes silencios han sido justamente los que más han logrado seducir a mi imaginación.
Ahora más que nunca estoy convencido de que la vida de una persona tiene sentido solamente si se vive con todo aquello que se lleva dentro. Porque es justamente ahí, en la mente y en el sentimiento –o sea, en el principio vital propio de la persona–, donde se pueden crear y vivir los verdaderos espacios”.
Walter Bonatti ha fallecido en Roma el 13 de septiembre.


miércoles, 14 de septiembre de 2011

The last roll of Kodachrome / El último carrete de Kodachrome

Cartel de la exposición The last roll of Kodachrome. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


 ¿Qué tienen en común Robert de Niro, Amitabh Bachchan, Ara Güler y Elliott Erwitt?
Como la respuesta que busco no es que se trata de algunos de los actores y fotógrafos más importantes del mundo de las últimas décadas, plantearé la pregunta de otra forma.
¿Qué tienen en común Robert de Niro, un mago ambulante rabari, una señora que lee un sábado por la tarde en Washington Square y el cementerio de Parsons, Kansas?
Sí, tienen en común que todos aparecen en el último carrete de Kodachrome que se fabricó en el mundo.
Kodak es un nombre mítico en la historia de la fotografía. Fue la empresa que comercializó el primer rollo comercial de película transparente (en 1889), que inventó la película de 16 mm para el cine (en 1935) y, por supuesto, la que inventó la diapositiva Kodachrome (en 1936). Durante décadas fue la favorita de los reporteros debido a sus colores intensos y a la resistencia que mostraba ante condiciones de calor y humedad en cualquier lugar del mundo. Paul Simon le dedicó una canción en 1973.
Pero llegó la fotografía digital y la demanda cayó en picado. El 22 de junio de 2009, Kodak anunció que dejaba de fabricarla. Una historia de 74 años llegaba a su fin. El último laboratorio oficial que procesaba este tipo de película, Dwayne's Photo, se comprometía a hacerlo sólo hasta el 31 de diciembre de 2010.
El 14 de julio de 2010 le dieron el último carrete fabricado a Steve McCurry, uno de los fotógrafos más prestigiosos del mundo, miembro de la agencia Magnum y conocido por sus trabajos para National Geographic.
Y, cuando casi terminaba la historia de Kodachrome, empezó la historia del último carrete, la responsabilidad del fotógrafo de hacer algo importante con él. Para ello viajó muchos miles de kilómetros desde Nueva York a la India, a Estambul y de nuevo a Estados Unidos. Un fotógrafo que había disparado (supongo que en ocasiones alegremente) miles de carretes, se encontraba con que sólo podía apretar 36 veces el obturador.
He tenido ocasión de ver la exposición de estas fotografías este verano en Estambul, en el Istanbul Modern uno de los nuevos museos de esta ciudad fascinante. Un museo con colecciones y exposiciones espectaculares y en una ubicación espléndida. Dicen que es la primera vez que estas fotos se exponen en el mundo.
En estos tiempos de fotografía digital en los que puedes hacer mil fotos (disparar mil veces el obturador) en un solo día, resulta conmovedor recordar los tiempos en los que cada disparo contaba, cuando te ibas de viaje con cuatro carretes y sabías que tenías sólo 144 fotografías (a veces sonaba la flauta y salía la 37 en un carrete, pero era realmente inusual, sobre todo con Kodachrome). 
Recuerdo los viajes a América de 90 días con 90 carretes, la vuelta a casa, la tarea de meter cada rollo en un sobre que cerraba con una pestaña metálica, el paseo hasta el laboratorio que estaba al lado de la estación del Norte de Madrid, la espera de varios días, el paseo de vuelta al laboratorio y la emoción que se sentía al recibir la bolsa con todas las cajas amarillas. Esto último sonará a batallita del abuelo a los jóvenes, pero todo ello formaba parte del hecho de hacer fotos. Incluida la decepción por esa foto en la que se tenían tantas expectativas y que resultaba fallida.
Steve McCurry sólo perdió cinco de las 36 fotos que hizo con ese carrete, por lo que la exposición se compone de 31 fotografías. Hizo este trabajo con una Nikon F6 y con un objetivo 35 mm. f/2. La última fotografía la hizo en el cementerio de Parsons. Acabó el carrete y fue al laboratorio a entregarlo.
Se puede ver la serie completa de las fotografías aquí. Y un vídeo interesante en este otro enlace.
P.D. Steve McCurry no pudo resistir la tentación y se hizo un autorretrato; fue el disparo 32.


lunes, 12 de septiembre de 2011

12 de septiembre de 2001

(continúa del post anterior)



El 12 de septiembre de 2001 fue un día soleado en el sur de Sicilia. La mañana era cálida y luminosa, así que me di un paseo por las instalaciones de la granja antes del desayuno. Encontré a uno de los dueños y empezamos a hablar. Tenía varias vacas, y lo que a él le importaba de verdad explicarme era que en Italia no había habido ningún caso de vacas locas. Después de intentar chapurrear e diferentes idiomas él llegó a la conclusión de que el siciliano se parece mucho más al castellano que el italiano, así que me dijo que yo le hablara a él en castellano, que él me respondería en siciliano y que seguro que nos entenderíamos perfectamente.


Al cabo de un buen rato me dijo algo de Nueva York. Le respondí que no sabía a qué se refería. Entonces empezó una delirante descripción en siciliano de todo lo que había pasado el día anterior. La narración se acompañaba de todo el aparato gestual siciliano: la cara, las manos, el cuerpo entero participaba en ella.


Es decir, que me contaba un hecho que había conmocionado al mundo, entre gestos, junto a las vacas que no estaban locas.


Pensé que su teoría sobre las similitudes entre el siciliano y el castellano estaba muy equivocada ya que él me contaba algo y yo, evidentemente, estaba entendiendo otra cosa completamente distinta. Algo diferente porque estaba claro que lo que yo entendía no podía ser la realidad.


También pensé que yo tenía el cerebro podrido. ¿Cómo, sino, este señor me podía estar contando una bonita historia sobre Nueva York y yo pensaba que unos aviones se habían estampado contra varios rascacielos? No debía ver más cierto tipo de películas.


Cogí el coche y me fui. Paré en Palazzolo Acreide y entré en una tienda de cerámica. La dependienta estaba mirando detenidamente el televisor así que yo también miré. Y allí estaba lo que todos sabemos, repitiéndolo una y otra vez. Lo que yo había pensado que era fruto de mis sueños más desquiciados era verdad: los aviones, los rascacielos a los que había subido pocos años antes, los desplomes, el polvo la gente huyendo hacia no se sabe donde .


Recuerdo que más tarde, cuando iba conduciendo, en un momento tuve que parar porque el impacto había sido tan fuerte que los aviones me venían a la mente con mucha más fuerza que la carretera que tenía ante mí.

viernes, 9 de septiembre de 2011

¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001?

Es la pregunta que más se hace estos días: ¿dónde estabas el 11 de septiembre de 2001?



Otra pregunta que puede plantearse es si es posible que alguien no se enterara en ese mismo momento del más violento atentado terrorista de la historia, que fue retransmitido al mundo entero en vivo casi desde el principio.


Pues sí, es posible. A mí me pasó, y no estaba perdido en la selva amazónica. Estaba en Europa, en Italia, y no me enteré de nada hasta el día siguiente.


Hay que tener en cuenta que hace diez años el uso de teléfonos móviles estaba mucho menos extendido que en la actualidad y que no existían las redes sociales. Estaba la televisión y la radio. Y ese día esos dos medios no existieron para mí.


A la hora de los atentados, me encontraba en Siracusa, en el sur de Italia. Pero no en la ciudad sino en el Parque Arqueológico, rodeado de otros turistas, ajenos como yo a lo que estaba ocurriendo en Nueva York.


Y desde Siracusa me fui a Noto, y esto es lo que quiero contar. Noto es una de las ciudades pequeñas más hermosas de Europa. Un perfecto conjunto barroco, planificado de principio a fin por Giuseppe Lanza a finales del siglo XVII


Cabe preguntarse por qué este aristócrata siciliano-español tuvo que crear una ciudad entera de la nada. La respuesta es porque la ciudad de Noto, la que ahora es conocida como Noto Antica, había sido arrasada completamente por un terremoto.


Pocos días después del terremoto, Giuseppe Lanza recorrió la zona devastada y, según sus palabras, no encontró más que “un montón de piedras abandonadas”. Después de pasar por Noto fui e mi coche alquilado a Noto Antica y recorrí un lugar desolado, sin pensar, sin poder pensar, que algo parecido estaba ocurriendo en ese mismo momento en otro lugar del mundo. Apenas me cruce con nadie en Noto (imagino que todo el mundo estaba en casa pegado al televisor) y no vi a nadie en Noto Antica.


Llamé por teléfono a un alojamiento rural. Sí tenían habitación, así que me dirigí al lugar, una granja con unas pocas habitaciones y un restaurante. Llegué en mal momento: todos estaban ocupadísimos preparando un banquete nupcial que se celebraba allí mismo, y una persona me entregó la llave de la habitación casi sin mirarme y siguió con sus tareas. Pregunté si podía cenar allí. Por supuesto, me dijeron, tenemos un menú.


El menú en cuestión resultó ser el de la boda. Nunca en la vida me han ofrecido en un restaurante un menú del día con semejante cantidad de platos: entremeses de todo tipo, pasta, pescados, carnes, postres. Recuerdo que al llegar al octavo plato dije que no quería más, y todavía no habían llegado los platos fuertes, los filetes, los guisos y todo eso, que los invitados devoraban con deleite. Me extrañó que, en el banquete, uno de los invitados llevara unos auriculares puestos.

Estaba agotado después de varios días dando tumbos por Sicilia, así que brindé por los novios y me fui a la habitación. Había un televisor en una esquina, pero no se me ocurrió conectarlo.





miércoles, 7 de septiembre de 2011

El viaje de este verano, desvelado

Creo que no era muy difícil suponer que el libro que había servido de inspiración a mi viaje de este verano y del que hablaba en mi último post era El viaje de los Argonautas, de Apolonio de Rodas. No era difícil porque, entre otras cosas, lo mencionaba en el post anterior. En realidad sólo he hecho la segunda mitad del viaje, y ahora toca buscar la ocasión propicia para hacer la primera.
Este viaje me ha llevado desde Estambul por la costa del Mar Negro hasta el Cáucaso. Vuelvo a poner las fotos, ahora identificadas:

Mosaico en el Museo de Mosaicos del Gran Palacio, Estambul, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Amasra, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Museo de la antigua iglesia bizantina de Aya Sofia, Trabzon, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Puente otomano en las montañas Kaçkar, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Castillo Zil en las montañas Kaçkar, Turquía. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Monumento a Medea, Batumi, Georgia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Ushguli, montañas del Cáucaso, Georgia. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Este viaje de un mes me ha permitido conocer un número de lugares y personas, realizar una serie de actividades (mucho caminar por el monte, sobre todo en las montañas Kaçkar (en Turquía) y en el Cáucaso (en Georgia), y también me ha dado ocasión para pensar.
Una reflexión para empezar: dicen que el mundo es cada vez más pequeño, que el turismo de masas ha banalizado la experiencia del viaje y que te encuentras miles de turistas hasta en el último lugar del planeta. Sin embargo, viajando en agosto, he recorrido zonas bellísimas e interesantes, en una zona de clima templado y muy cerca de Europa sin cruzarme apenas con viajeros. Insisto en que no me me he ido al Polo Sur.
¿Dónde he encontrado más viajeros? Curiosamente, donde menos lo esperaba, en medio del Cáucaso; en Mestia, la capital de Svanetia (Georgia) había más que en toda la costa norte de Turquía. Entre otras razones, porque todos los israelíes que años anteriores viajaban a Turquía ahora, por cuestiones de enemistades políticas entre sus Gobiernos, lo hacen a Georgia. 
El mundo no es cada vez más pequeño. Al revés, creo que cada vez es más grande, sólo que nos repartimos muy mal. Y conocemos muy mal el mundo, sea por falta de información o por exceso de miedo. Si juntamos los dos factores, el mundo encoge de manera penosa. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

El viaje de este verano

Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Este verano he hecho una de las cosas que más me pueden gustar: comprar un billete de avión, coger un libro y seguir el itinerario descrito en sus páginas.
Evidentemente, adopto una cierta flexibilidad en el camino, pero éste está marcado. Lo que no está de modo alguno es el tiempo que paso en cada lugar ni los desvíos o saltos que puedo hacer. Lógicamente, lo que tampoco está escrito de antemano es qué personas voy a encontrar, qué experiencias voy a tener, qué aventuras o desventuras voy a correr. El único principio que sigo es el que escribió Joseph von Eichendorff en Episodios de una vida tunante: “Lo más hermoso, precisamente, cuando partimos de buena mañana y los pájaros de paso vuelan bien alto sobre nuestras cabezas es no saber en absoluto qué chimenea humea hoy día para nosotros y no poder prever en modo alguno qué suerte nos espera antes de la noche.” (Traducción de Alfredo Gaillart, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1949).
Dejo algunas fotos de este itinerario, como miguitas de pan o un hilo de Ariadna, por si alguien está dispuesto a descifrarlo o incluso seguirlo, aunque sea con el dedo en un mapa. 

Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Foto: Ángel M. Bermejo (c)