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viernes, 15 de junio de 2012

En busca del fruto del árbol del pan

Fruto del árbol del pan. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Hace poco hablaba de la Pointe Vénus de Tahiti, donde habían recalado algunos de los primeros marinos europeos que llegaron a estas islas de los Mares del Sur, como Wallis y Cook. Pero se me olvidó mencionar a otro de los más famosos: Wiliam Bligh.
Con el capitán Cook, en su primer viaje, viajaba Joseph Banks, uno de los naturalistas más importantes de su época, que acabó siendo presidente de la Royal Society. Desde este cargo, Banks controló durante cuatro décadas muchos aspectos de la ciencia británica y fue el impulsor de numerosas expediciones científicas. Fue él el que envió a Bligh a Tahiti, adonde llegó en 1789.

martes, 5 de junio de 2012

El capitán Cook y el tránsito de Venus

Faro en Pointe Vénus, Tahiti. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Justo en el extremo norte de la isla de Tahiti hay un pequeño saliente, una diminuta península llamada Pointe Vénus, la Punta de Venus. Sería tentador pensar que el nombre hace referencia a la diosa del amor.
No en vano los primeros navegantes europeos que llegaron a esta isla —bajo el mando de Wallis, Bougainville y Cook, siempre después de larguísimas travesías sin tocar tierra y sin tener ningún encuentro con población alguna— gozaron de una cálida acogida por parte de las nativas. Supongo que fue una de las razones para que el imaginario europeo localizara en estas latitudes el Paraíso.
Pero no. La Punta de Venus debe su nombre al planeta y al paso del famoso capitán Cook por esta isla por una razón científica.
James Cook es el gran explorador del Pacífico. Sus tres viajes alrededor del mundo entre 1768 y 1779 le han garantizado un puesto de honor en cualquier historia de los descubrimientos.
Pero James Cook no era un turista ocioso. En todas sus expediciones había una serie de objetivos científicos que cumplir. En su primer viaje tenía al menos dos: uno es de apariencia magnífica y otro que podría parecer ridículo en comparación. El primero era nada más y nada menos que descubrir la legendaria Terra Australis Ignota. El segundo era realizar una observación astronómica, el tránsito de Venus, que muchos otros científicos llevarían a la vez en otros lugares de la Tierra.
Fracasó en ambos proyectos.
Normalmente pensamos que las observaciones astronómicas se realizan de noche, o que tienen que ver con aparatosos fenómenos como eclipses totales de Sol. En este sentido estudiar el tránsito de Venus es aparentemente un detalle menor: consiste en observar el paso del planeta por delante del Sol, algo que sólo ocurre cuando nuestra estrella y su segundo y tercer planeta se alinean, algo que no ocurre muy a menudo.
La primera persona que observó el tránsito de Venus por delante del Sol fue un inglés llamado Jeremiah Horrox en 1639, y lo hizo porque así lo predecían las leyes de Kepler. Muchos años después Edmund Halley se dio cuenta de la importancia de este fenómeno y desarrolló una idea genial: si el tránsito era estudiado desde diferentes latitudes, los observadores obtendrían distintos resultados. Un estudio de estos datos permitiría averiguar, por paralaje y no sé qué cálculos más, las distancias entre el Sol, Venus y la Tierra.
No es ninguna tontería. Para los humanos, la distancia entre la Tierra y el Sol es la unidad astronómica, la que permite calcular las dimensiones del Sistema Solar y del Universo.
Todo ello es posible estudiando un fenómeno astronómico que dura unas pocas horas y que la absoluta inmensa mayoría de la humanidad nunca ha observado. Y ni siquiera ha sabido de su existencia. El capitán Cook y los científicos que le acompañaban —entre los que se encontraba Joseph Banks— participaron en la observación del tránsito de Venus del 3 de junio de 1769. Consiguieron llevarla a cabo pero sus observaciones no fueron todo lo precisas que se deseaba y al final no sirvieron de mucho. Pero hay que celebrar el inquieto espíritu científico que nos hace a los humanos intentar descifrar el mundo. A algunos. Ya sabemos que la mayoría “se contenta con vivir esta gran vida... y deja a los demás el cuidado de buscarle explicación”.
Hace casi dos siglos y medio, el capitán Cook viajó durante meses hasta el otro extremo del mundo para observar durante unas pocas horas un fenómeno tan raro como poco espectacular. Hoy, día 5 de junio y mañana día 6 de junio de 2012 (según el huso horario del observador), y tal como predicen las leyes de Kepler y Newton, este fenómeno se vuelve a producir. No volverá a repetirse hasta el 10 de diciembre de 2117.
James Cook viajó a Tahiti para realizar esa observación porque era un lugar que ofrecía buenas condiciones (el fenómeno no es visible desde todos los lugares de la Tierra), igual que en el día de hoy. Por ello, en la isla, y en recuerdo de la expedición del famoso navegante, se han previsto varias actividades alrededor de este fenómeno. 

miércoles, 25 de enero de 2012

Islas Marquesas, 1: el sueño de viajar


Las islas Marquesas son el archipiélago más distante de un continente en todo el planeta. En medio del Pacífico, lejos de todo. No es de extrañar que ocupen un lugar destacado en los mitos viajeros.
Nadie se levanta un día y dice, de repente, 'me voy a las Marquesas'. Antes, siempre, ha habido muchos estímulos, muchos sueños alimentados por relatos, por narraciones de viajeros, por cuadros, por canciones, por películas... En este sentido, la lista de estímulos de las Marquesas es larga y muy sólida: Robert Louis Stevenson, Herman Melville, Paul Gauguin, Jack London, Jacques Brel, Victor Segalen...


Melville, que más tarde escribiría Moby Dick, fue el primero de los escritores occidentales que quedó deslumbrado por las Marquesas. Entonces trabajaba en un buque ballenero, y su llegada a Nuku Hiva y sus posteriores aventuras quedaron reflejadas en su libro Taipi, una narración de los Mares del Sur, que se convirtió en el banderín de enganche de todos los demás.
Nadie ha reflejado una arribada a puerto semejante, cuando su barco se adentró en la bahía de Taiohae y fue abordado por un grupo de jóvenes isleñas que llegaron a nado desde la orilla y dominaron la voluntad de los marinos. "El Dolly fue capturado y nunca vi un barco asaltado por una tan irresistible partida de piratas. Tomado el barco, nosotros no pudimos sino declararnos prisioneros y por todo el tiempo que estuvimos en la bahía el barco y la tripulación estuvo en manos de las sirenas”. Y continúa: “Las variadas danzas de las muchachas de las Marquesas son en extremo bellas, pero hay en su carácter un abandono voluptuoso que no intentaré describir” (traducción de J. Dóriga, publicada por Espasa-Calpe Argentina, 1950). Difícil resistirse al deseo de saltar al primer barco que salga con rumbo a las Marquesas. Y no es de extrañar que las islas de la Polinesia se convirtieran en la imagen del paraíso.


Yo me hubiera contentado con llegar a Nuku Hiva de manera más sobria, como Stevenson, a bordo de la Casco, una goleta de dos palos. Siempre soñé con encontrarme una madrugada en la bahía perfecta de Anahao, en el otro extremo de Nuku Hiva, y sentir lo que sintió al echar el ancla: "La goleta viró sobre sí misma, el áncora se sumergió. Débil fue el ruido, pero inmenso el acontecimiento; mi alma penetró, con esas amarras, hasta profundidades de las cuales ninguna cabria sabría extraerla, ningún buceador extraerla; a partir de aquel día, algunos de mis compañeros de a bordo y yo mismo nos convertimos en los esclavos de las islas Vivianas". Stevenson, evidentemente, nunca abandonó los Mares del Sur.
Unas páginas antes ya había hecho otra declaración de amor, de las que no se olvidan: "La primera impresión es siempre única. El primer amor, la primera aurora, el primer contacto con una isla de los mares del Sur son recuerdos aparte en nuestra vida y despiertan una especie de virginidad de los sentidos" (traducción de Agustín Esclasans, publicada por Ediciones B, 1999). Para Stevenson, su primera isla fue Nuku Hiva.
Altaïr acaba de publicar un monográfico sobre Tahití y las islas de la Polinesia Francesa, donde tengo el gusto de participar con un artículo sobre Nuku Hiva. Nada me gustaría más que este número entrara a formar parte de las obras que incitan a soñar con las lejanas islas de los Mares del Sur.