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miércoles, 11 de abril de 2012

Parque Nacional de los Arcos / Arches National Park, Utah, EEUU y 2




P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Es increíble. En estas tierras altas de la meseta del Colorado llueve muy poco, el viento sopla con fuerza y alternan los tórridos veranos con los fríos inviernos. Pero el desierto es un verdadero jardín, y los cactus florecen cuando la primavera atraviesa las montañas. Las rocas se cubren de líquenes amarillos y naranjas, como si fueran una piel vistosa. Donde hay algún arroyo brotan sauces, fresnos y álamos, y en zonas más secas los pinos enanos se cubren con una corteza resinosa para impedir la más mínima evaporación. Hay plantas que parecen pequeñas, pero sus raíces se hunden muchos metros en busca de la humedad de un cauce subterráneo. Los troncos resecos y retorcidos de los árboles muertos parecen competir en eternidad con los pedregales. Por aquí merodean todavía el zorro y el coyote, tan esquivos que sólo dejan ver sus huellas grabadas en la arena. En ocasiones, el halcón peregrino y el águila dorada sobrevuelan el paisaje de roca y viento...

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Este mundo duro y hermoso ha atraído desde siempre a cazadores y recolectores, que hace un milenio grabaron petroglifos y pinturas en los abrigos rocosos, recuerdos de un tiempo olvidado. Por esta zona discurrió, en el siglo XVIII, la última gran expedición de exploradores españoles en Norteamérica, que la habían considerado inhóspita e intransitable. Una verdadera terra incognita. A finales del siglo XIX se instalaron en lo que ahora es el parque unos pocos rancheros solitarios seducidos por la llamada del silencio. Todavía se conserva una cabaña junto a Salt Wash, el único resto de su presencia fugaz en un paisaje esculpido durante millones de años. Casi nadie ha vivido en medio de esta belleza.

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
En Arches hay formaciones que llevan al extremo la noción del equilibrio. Como Balanced Rock, una masa oblonga de piedra que parece descansar, descentrada, sobre un pedestal de arenisca. Pero sobre todo están los arcos. Como los que se agrupan en Devils Garden, al final de una barranca estrecha por la que discurre una vereda encajada en los pedregales. 

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Double O Arch tiene dos ventanas abiertas en la piedra, una encima de la otra. Muy cerca asoma Landscape Arch, una locura de 93 metros de largo y sólo 5 de grueso. Es un trazo limpio dibujado en el cielo que desafía la ley de la gravedad y de los sentidos.

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
El favorito de casi todos es Delicate Arch, un arco solitario asomado a un precipicio. Para llegar a él hay que caminar por un sendero entre las rocas, una cuesta que no se hace pesada cuando uno intuye lo que le aguarda. En equilibro junto al abismo, de formas delicadas —el hielo y la roca son capaces de generar elegancia— y, como todos los demás, en continua evolución. Nadie sabe cuánto tiempo lleva en pie ni cuánto permanecerá antes de derrumbarse, con su forma de media luna jugando con su gemela del cielo. Tal vez un milenio, tal vez un día. Esta nimiedad en términos geológicos añade grandeza a los paisajes, que siempre hemos imaginado eternos. Tenemos la suerte de contemplar la belleza tallada gota a gota en la roca. 

lunes, 9 de abril de 2012

Parque Nacional de los Arcos / Arches National Park, Utah, EEUU

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Es el final de la tarde y parece que las rocas arden. Cuando el Sol poniente las acaricia se vuelven anaranjadas bajo el cielo sin nubes del desierto, y es el momento de sentarse a contemplar cómo lanzan el último destello antes de que anochezca. La Luna creciente baila rodeada por un anillo de piedra, pero no es un sueño. Y cuando la noche se traga los colores, la soledad y el silencio se adueñan de esta fantasía mineral. Sobre el horizonte apenas se distingue el brillo de la nieve en las crestas de las montañas lejanas, y las estrellas titilan sobre los arcos que son como ventanas abiertas en las rocas.

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Hay algo de irreal en esta esquina de Utah. Algunos lo definen como un paisaje místico, como de otro mundo, aunque tal vez sólo sea lo improbable que se mece en la frontera entre las formaciones geológicas y la magia, donde las fuerzas de la erosión han creado formas que nadie se hubiera atrevido a imaginar. Pero es la realidad en el parque nacional de Arches.

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
En esta zona del suroeste de Estados Unidos abundan los lugares especiales, y más de una veintena están protegidos. Monument Valley,  Grand Canyon, Bryce Canyon y tantas maravillas de la naturaleza se encuentran a poca distancia, y crean un rosario inacabable de paisajes únicos. Pero en Arches se concentra la mayor cantidad de formaciones rocosas insólitas de Estados Unidos. Puede que de todo el mundo.

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Por uno de sus extremos corre el río Colorado antes de enfrentarse a la tarea de escribir el libro de la historia sobre la piel de la Tierra. Pero en Arches el agua, el frío y el viento —con su aliado el tiempo— han tallado un museo de esculturas gigantes que desafían la ley de la gravedad.

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Según los cálculos más conservadores hay más de 2.000 arcos de piedra naturales en este parque. Los geólogos distinguen entre puentes y arcos. Los primeros han sido modelados por la fuerza del agua, que lame la roca hasta excavar un túnel a través de ella. Los arcos han sido tallados por un proceso diferente, cuando el agua se cuela entre los intersticios de la piedra y —además de disolver el calcio que mantiene unidas las partículas de arenisca—, al congelarse con las heladas nocturnas, actúa como una cuña que desgarra los bloques. Es una explicación científica para un paisaje de leyenda. Y para que la formación sea considerada un arco auténtico debe dejar pasar la luz por la abertura y tener al menos un metro de ancho.

P.N.Arches, Utah, EEUU. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Aunque resulte extraño, este mundo de fantasía alberga todavía muchas sorpresas. Hace unos 20 años se descubrió un arco desconocido de 13 metros de longitud. Por eso es tan emocionante caminar por estos senderos en busca de Sand Dune Arch, de Double O Arch, o de Landscape Arch. Todos nos ayudan a recuperar esa cualidad de aceptar lo maravilloso, que se domina con naturalidad en la infancia y que se va perdiendo con los años. Algo de eso es necesario para vagabundear entre torreones y cúpulas, entre corredores, entre paredes de roca perforados por ventanas gigantescas, entre dunas petrificadas.

(continuará...)

viernes, 27 de enero de 2012

Islas Marquesas, 2: una aventura inesperada.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Un amanecer, en el puerto de Taiohae —la capital de las Marquesas—, un pescador limpiaba las escamas de unos peces de color rosa. Le miré con curiosidad y él me devolvió la mirada. Me preguntó si quería conocer la cascada de Vaipo, en Hakaui, la más alta de Nuku Hiva y de todas las Marquesas. Evidentemente, le dije que sí. 'Salimos dentro de una hora', respondió, y siguió limpiando el pescado.
En verdad que no hay nada como viajar con flexibilidad y estar dispuesto a coger al vuelo las oportunidades que te da la vida. Y allí estaba, un rato después, sin haberlo previsto, subido en una lancha abandonando la bahía de Taiohae. Pasamos entre les Sentinelles, “los Centinelas”, dos rocas puntiagudas que parecen guardar la entrada al puerto, y salimos a mar abierto. Luego bordeamos la costa hacia el oeste. El agua me salpicaba la cara y me sentía muy contento.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Hacia estribor se levantaba una costa escarpada y, más allá de la primera bahía, justo a la salida de Taiohae y a la que se puede acceder por un camino, el resto del litoral es completamente inaccesible por tierra. Son poco más que barranqueras que se desploman desde lo alto de la montaña. Al cabo de una media hora entramos en otra bahía profunda, la de Hakatea. Igualmente está aislada del resto de la isla por unos precipicios infranqueables, pero aquí hay un valle profundo que penetra bastante hacia el interior de la isla. Un mundo completamente separado del resto de Nuku Hiva, que está a su vez separada del mundo.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Dos radas aparecieron al fondo de esta bahía profunda. El resto son precipicios. Dos o tres veleros flotaban tranquilamente en estas aguas claras y protegidas. Saltamos a la playa, tomamos el macuto y emprendimos la caminata para adentrarnos en un valle bordeado por crestas tan altas y afiladas que está completamente incomunicado por tierra del resto de la isla. Pero incluso en este lugar apartado hay huellas de un pasado lejano y caminamos por una vereda pavimentada con grandes piedras, recuerdo de un pasado esplendor. Pasamos junto a varias plantaciones de guayabas, mangos, bananas y limas. Encontramos un río y lo seguimos en busca de sus fuentes. En un momento el camino se internaba en un bosque de hau, el llamado hibisco de playa, que crece también en el interior, a considerable altitud. Cruzamos el río en un par de ocasiones, con el agua hasta las rodillas.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
A cada paso que dábamos nos adentrábamos en un mundo más aislado, más remoto, más solitario. Poco a poco el ambiente se hacía más extraño y misterioso —sobre todo cuando dejamos atrás la zona de las plantaciones, trabajadas por los miembros de la única familia que vive en este valle— y parecía que entráramos en las Marquesas que pudieron ver los navegantes del siglo XIX.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Atravesamos un extraño bosquete de kohe, el bambú polinesio, y poco más allá otro de ihi, el castaño de Tahití, de gruesos troncos centenarios. El lugar transmitía una sensación extraña, y me sentía verdaderamente muy lejos del mundo. No había horizonte, caminábamos por un estrecho desfiladero de paredes de más de 600 metros de altura, casi siempre cubiertas por una tupida vegetación. Mi guía me preguntó si quería ver un paepae. No sabía lo que era, pero le dije que sí. Nos desviamos del camino apenas marcado para culebrear entre unos ihi, y sólo se oía el ruido de nuestras pisadas sobre un lecho de hojas secas. Y allí la encontramos, una plataforma que en algún momento sirvió como base para un centro ritual. El centro ritual más remoto de una de las islas más remotas del planeta. En el bosque apenas penetraba la luz y la atmósfera era embriagante. No sé lo que sentirán los exploradores que encuentran los restos de una ciudad perdida pero, para las modestas expectativas de una excursión de un día, estar allí era algo fabuloso.

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Seguimos caminando y, a la vuelta de un recodo, distinguimos la parte superior de la cascada que buscábamos. Nos adentramos por un cañón estrecho y sinuoso, y avanzamos entre dos paredes rocosas verticales que sólo dejaban ver una franja de cielo. La vegetación, del verde más intenso, trepaba milagrosamente por las rocas de basalto puro. 

Nuku Hiva, Islas Marquesas. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Un rato después llegamos al final de un cañón sin salida. ¿Y la cascada? Había una poza de agua fresca a la que, completamente feliz, me lancé con la avidez del náufrago. La atravesé a nado, trepé por unas rocas y penetré en la parte final, la más estrecha del desfiladero, de apenas un par de metros de anchura y que es el lugar exacto por donde cae la cascada. Pero casi no llega agua. Después de 350 metros de caída, el agua se ha pulverizado y sólo había una neblina fina flotando entre los farallones.


P.D. Por razones de espacio, el relato de esta excursión por la parte occidental de Niku Hiva no pudo entrar en el artículo de la revista Altaïr, donde sí describo mi particular descubrimiento de la isla.

miércoles, 25 de enero de 2012

Islas Marquesas, 1: el sueño de viajar


Las islas Marquesas son el archipiélago más distante de un continente en todo el planeta. En medio del Pacífico, lejos de todo. No es de extrañar que ocupen un lugar destacado en los mitos viajeros.
Nadie se levanta un día y dice, de repente, 'me voy a las Marquesas'. Antes, siempre, ha habido muchos estímulos, muchos sueños alimentados por relatos, por narraciones de viajeros, por cuadros, por canciones, por películas... En este sentido, la lista de estímulos de las Marquesas es larga y muy sólida: Robert Louis Stevenson, Herman Melville, Paul Gauguin, Jack London, Jacques Brel, Victor Segalen...


Melville, que más tarde escribiría Moby Dick, fue el primero de los escritores occidentales que quedó deslumbrado por las Marquesas. Entonces trabajaba en un buque ballenero, y su llegada a Nuku Hiva y sus posteriores aventuras quedaron reflejadas en su libro Taipi, una narración de los Mares del Sur, que se convirtió en el banderín de enganche de todos los demás.
Nadie ha reflejado una arribada a puerto semejante, cuando su barco se adentró en la bahía de Taiohae y fue abordado por un grupo de jóvenes isleñas que llegaron a nado desde la orilla y dominaron la voluntad de los marinos. "El Dolly fue capturado y nunca vi un barco asaltado por una tan irresistible partida de piratas. Tomado el barco, nosotros no pudimos sino declararnos prisioneros y por todo el tiempo que estuvimos en la bahía el barco y la tripulación estuvo en manos de las sirenas”. Y continúa: “Las variadas danzas de las muchachas de las Marquesas son en extremo bellas, pero hay en su carácter un abandono voluptuoso que no intentaré describir” (traducción de J. Dóriga, publicada por Espasa-Calpe Argentina, 1950). Difícil resistirse al deseo de saltar al primer barco que salga con rumbo a las Marquesas. Y no es de extrañar que las islas de la Polinesia se convirtieran en la imagen del paraíso.


Yo me hubiera contentado con llegar a Nuku Hiva de manera más sobria, como Stevenson, a bordo de la Casco, una goleta de dos palos. Siempre soñé con encontrarme una madrugada en la bahía perfecta de Anahao, en el otro extremo de Nuku Hiva, y sentir lo que sintió al echar el ancla: "La goleta viró sobre sí misma, el áncora se sumergió. Débil fue el ruido, pero inmenso el acontecimiento; mi alma penetró, con esas amarras, hasta profundidades de las cuales ninguna cabria sabría extraerla, ningún buceador extraerla; a partir de aquel día, algunos de mis compañeros de a bordo y yo mismo nos convertimos en los esclavos de las islas Vivianas". Stevenson, evidentemente, nunca abandonó los Mares del Sur.
Unas páginas antes ya había hecho otra declaración de amor, de las que no se olvidan: "La primera impresión es siempre única. El primer amor, la primera aurora, el primer contacto con una isla de los mares del Sur son recuerdos aparte en nuestra vida y despiertan una especie de virginidad de los sentidos" (traducción de Agustín Esclasans, publicada por Ediciones B, 1999). Para Stevenson, su primera isla fue Nuku Hiva.
Altaïr acaba de publicar un monográfico sobre Tahití y las islas de la Polinesia Francesa, donde tengo el gusto de participar con un artículo sobre Nuku Hiva. Nada me gustaría más que este número entrara a formar parte de las obras que incitan a soñar con las lejanas islas de los Mares del Sur.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Sinkiang (China), los oasis perdidos

Sinkiang. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Turfán sería un paraje inhóspito dentro del desierto de Taklamakán si no fuera por los karez, una serie de canales subterráneos de varios kilómetros de longitud que traen el agua de las colinas. Es una de las obras de ingeniería más sorprendentes del mundo, casi 500 canales que sumados forman una red de más de 1.600 kilómetros de túneles. Todos excavados con la pendiente necesaria para que el agua corra y aflore en el lugar deseado. Algunos tienen más de 2.000 años de antigüedad. La idea de los karez, como tantas otras cosas, llegó del Oeste a través de la Ruta de la Seda, junto a la uva, el melocotón y el algodón que todavía se cultivan gracias al agua traída por los canales.


Turfán, Sinkiang. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Marco Polo pasó por aquí de camino a China, y refiere que sus habitantes consideraban que sus reyes no nacían de mujer, sino de la tierra.
En busca de este mundo fabuloso, poblado de leyendas, fui de camino a Gaochang, una ciudad fantasma cuyos restos se encuentran al pie de las Montañas Ardientes. Ahora está completamente abandonada. Allí deambulé entre restos de murallas de 12 metros de espesor, ruinas de templos antiguos, de palacios de otro tiempo. Gaochang fue, desde el siglo VII, una de las etapas importantes de la Ruta de la Seda.


Gaochang, Sinkiang. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Era la capital de un pequeño reino budista, pero las caravanas trajeron el maniqueísmo y el nestorianismo, antes de que la región entera se convirtiera al islam. Todavía se distinguen, en los monasterios, imágenes desfiguradas de Buda.
Un viajero de principios del siglo XX refería la creencia local de que los seres pintados en sus paredes –ya fueran hombres o animales- volvían a la vida por la noche y atacaban a los campesinos. Esta idea desafortunada condujo a la destrucción casi completa de un tesoro artístico.


Bezeklik, Sinkiang. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Sin embargo, muchas otras pinturas se salvaron en Sinkiang al caer en el olvido. Muy cerca, las cuevas de los Mil Budas de Bezeklik, cubiertas durante siglos por las arenas, guardan algunas maravillas. Las grutas se abren en un barranco del río Murtuk, y formaban un centro religioso en el que dejaron su huella todas las religiones que, junto a mercancías exquisitas, circulaban por la Ruta de la Seda.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Sinkiang (China), el camino a Turfán

Sinkiang. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

En algún lugar de estas soledades, en el noroeste de China, debe de encontrarse el punto geográfico más alejado del mar de todo el mundo. Hay quien dice que es la aldea de Baojachaozi, cerca de Urumchi, la capital de Sinkiang, aunque no hay unanimidad al respecto. De cualquier modo, este detalle no era más que un pequeño añadido a lo que era el destino real del viaje, la depresión de Turfán, en los límites del pavoroso desierto de Taklamakán.

Desierto de Taklamakán, Sinkiang. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

También estaba la historia. Al emprender el camino seguía la pista milenaria de la Ruta de la Seda, uno de los procesos de intercambio de mercancías, ideas y religiones más fascinantes que se ha producido nunca. Pero Urumchi parecía desbaratar todas las expectativas. Una ciudad china en territorio uigur, una población extraña, ajena al mundo que la rodea, la de las culturas nómadas del Turkestán. Había que seguir el viaje hasta Turfán, donde pervive el Asia eterna.
No hay muchos kilómetros, pero el camino me hizo revivir el pasado. Los paisajes descritos por los viajeros antiguos se presentaban ante mí. El de Taklamakán es uno de los desiertos más secos y peligrosos del mundo, y muy pocas expediciones se han atrevido a atravesarlo. Las caravanas antiguas tenían igual pavor a las altas temperaturas que a los espíritus malignos que poblaban sus arenas. Se enfrentaban así a un dilema terrible: de noche se podrían evitar los vientos ardientes, pero los monstruos eran más activos. Se le sigue bordeando, igual que hace 2.000 años. Nadie osaba atravesarlo, y de hecho hay quien afirma que su nombre deriva de la palabra turca que significa “entra y nunca saldrás”.

Turfán, Sinkiang. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Llegar a Turfán sigue suponiendo hoy el mismo alivio que debió de significar a las caravanas de hace siglos. Es un verdadero oasis, un jardín fresco en la travesía del desierto. Curiosamente, en el centro geográfico de Asia, me encontraba bajo el nivel del mar, ya que ésta es la segunda depresión más profunda del mundo, sólo superada por la del mar Muerto.
Es, por ello, el lugar más caluroso de China, y uno de los antiguos nombres de la ciudad era Huozhou, “Tierra de fuego”. Sin embargo, su arquitectura de adobe, sus calles cubiertas de emparrados, sus canales abiertos, generan una sensación de frescor difícil de imaginar en el desierto que la rodea. En el mercado encontré melones jugosos, uvas dulces, verduras frescas, además de un batiburrillo en el que se mezclaban las telas vistosas, el pan ácimo, los puñales decorados y los instrumentos musicales. No hay otra palabra para describirlo: un oasis.

Alminar de Emin, Sinkiang. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
En las afueras de Turfan, el alminar de Emin, con casi 45 metros de altura, resalta entre los campos cultivados. Es una construcción de dos o tres siglos de antigüedad, una nimiedad en el desierto eterno.

lunes, 31 de octubre de 2011

Sri Lanka: Polonnaruwa, la ciudad perdida

Polonnaruwa, Sri Lanka. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Sigiriya es sólo uno de los restos del pasado glorioso de Sri Lanka, la "Isla Resplandeciente", que muchos describen como una perla colgada a los pies de la India. Ambos países están separados por un estrecho canal poco más ancho que lo que puede alcanzar la vista, y donde se encuentra el Puente de Adán. India, el inmenso vecino, ha dominado la historia y la cultura de Sri Lanka desde hace siglos.
Sigiriya está incluida dentro del Triángulo Cultural de Sri Lanka, donde se incluyen los grandes enclaves históricos y las antiguas capitales singalesas como Kandy, Anuradhapura y Polonnaruwa. Muchas de ellas fueron verdaderas ciudades perdidas, olvidadas completamente al ser devoradas por la selva, y durante siglos no fueron más que leyendas transmitidas de padres a hijos pero que nadie había visto.

Polonnaruwa, Sri Lanka. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Hay por ello una cierta sensación de penetrar en un mundo mítico al adentrarse en las ruinas de Polonnaruwa, la capital engrandecida en el siglo XII por Parakrama Bahu el Grande, al deambular entre lugares sagrados, palacios reales, pabellones, baños, parques y jardines levantados para el placer. Pensar que el gran vatadage, con la dagoba, con sus figuras de Buda sentado y su muralla circular estuviera comido por la selva y haya vuelto a la vida es como recuperar una civilización perdida. Ya recordé el detalle sorprendente del Gal Pota, el "Libro de Piedra" de nueve metros de largo, repleto de inscripciones realizadas hace mil años que todavía pueden ser leídas por los peregrinos actuales.
También recordé hace unos días que aquí se encuentra el conjunto de Gal Vihara, con sus cuatro grandes imágenes de Buda talladas directamente sobre un gran bloque de granito. Cuando llegamos, las ofrendas de incienso humeaban delante de cada uno. La gran figura del Buda reclinado, de 14 metros de largo, le muestra entrando en el nirvana. Lo repito: mirar su rostro sereno es enfrentarse a una civilización distinta a la nuestra, a otra forma de entender el mundo.

viernes, 28 de octubre de 2011

Sri Lanka: Sigiriya, un palacio en el aire

Sigiriya, Sri Lanka. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Ha sido fácil encontrar el camino hacia Sigiriya, porque la gran roca sobre la que se alza este antiguo palacio destaca en el paisaje a decenas de kilómetros. Es como una isla de piedra en el mar verde de la vegetación que la rodea. Hemos venido por caminos de tierra roja, que parecían heridas que se abrían a la tierra, para buscar el refugio que hizo construir el rey Kasyapa hace 15 siglos. Sigiriya, la Montaña del León. Un palacio el aire.

Sigiriya, Sri Lanka. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Pasamos por los jardines que se extienden al pie de la roca, con piscinas y palacios utilizados únicamente en la estación seca, y empezamos la ascensión a este peñasco inmenso que sobresale 200 metros sobre el bosque tropical. Se sube por una escalera empinada y, de repente, a medio camino, en un entrante de la roca, aparecen las doncellas de Sigiriya.

Sigiriya, Sri Lanka. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Esta galería de pinturas lleva desde el siglo V asombrando a todos los que emprenden este camino. Las doncellas parecen surgir de unas nubes rojas, y son las únicas pinturas antiguas de carácter no religioso de la isla. Sólo quedan 21 de las más de 500 que debieron de existir en otro tiempo, y vistas desde abajo parecerían un ejército de ángeles flotando en el aire. Más allá, el camino se acerca al vacío y está protegido por un muro construido también hace muchos siglos. En esta pared los peregrinos de hace mil años escribían la impresiones que les producía una visión tan celestial. "Las damas que llevan cadenas de oro sobre sus pechos me atraen. Al verlas tan resplandecientes, el cielo ya no me parece tan deseable". Bueno, quizás la visión no les resultara realmente tan celestial.

Sigiriya, Sri Lanka. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Desde luego que la historia de Sigiriya no lo es, ya que habla de traiciones, asesinatos, batallas terribles e incluso el emparedamiento vivo del rey Dhatusena (por orden de su hijo Kasyapa, que también hizo huir al heredero legítimo del trono).

Sigiriya, Sri Lanka. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Antes de emprender el tramo final de la ascensión se pasa por la Puerta del León, entre las inmensas garras talladas en la roca. Los peregrinos debían de pasar antaño entre las fauces de un gigantesco león que ha desaparecido. 

Sigiriya, Sri Lanka. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
De cualquier modo, una vez que se llega a la cima después de trepar por una escalera que se asoma al vacío, la vista se extiende por las llanuras circundantes. el trono real, tallado en la roca viva, mira hacia la salida del Sol. Un gigantesco depósito de agua parece una lujosa piscina. Es fácil pensar que se está en lo que fuera un gran palacio, un pequeño Versalles colgado en lo alto de una montaña. Un palacio en el aire, que parece flotar sobre los jardines de la llanura.