miércoles, 11 de julio de 2012

Camino del fin del mundo en Chiloé

Costa occidental de Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Descubrir Chiloé en un atlas y desear ir allí fue todo uno.
Chiloé: una isla grande, frente al Pacífico, ¡repleta de misterios!
Más tarde, cuando pude estudiar un buen mapa de la isla supe que quería ir a un sitio concreto: a Cucao.
El litoral septentrional y oriental de Chiloé están frente al continente, y allí se encuentran todas las poblaciones: Ancud, Castro, Chonchi, Quellón, Achao, Quemchi... Lugares de nombres nunca oídos. Desde ellos se ve el Chile continental lo que, de alguna manera, hace de esta isla un mundo cercano.
Sin embargo, tanto la costa occidental como la meridional están abiertas al océano y en ellas no hay ninguna población. Salvo Cucao.
Toda este litoral es un mundo intransitable de sierras cubiertas de bosques espesos, un espacio aislado del resto del mundo. Darwin, que recorrió la isla, refiere dos casos diferentes de náufragos que consiguieron llegar a esta orilla perdida, sólo para descubrir que no podían salir de allí. De hecho, el Beagle recogió a unos balleneros que habían sido arrojados allí por las olas ¡y llevaban quince meses buscando la manera de atravesar el bosque!

Parque Nacional Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Lo curioso es que Cucao existe y se puede llegar hasta allí porque la isla está atravesada en esta parte por dos lagos alargados, el Huillinco y el Cucao, que permiten cruzar prácticamente la isla de lado a lado y llegar al océano.
En tiempos de Darwin había un camino pavimentado con troncos de árboles, pero tan deteriorado que tuvo que saltar a una piragua para continuar su camino. La tripulación le pareció muy extraña. “Dudo mucho que se hayan podido reunir jamás en una pequeña embarcación seis hombrecillos más feos”, escribió en su Diario. Ahora hay una carretera en buenas condiciones.
Por aquí también anduvo Chatwin. Siguió el mismo camino —que estaba igual de mal que en los tiempos de Darwin— y también tuvo que esperar en Huillinco a que llegara un transbordador. Chatwin estaba encantado de encontrar viva en esta zona de lagos y barcas, alejada del resto del mundo, la leyenda del barquero que transporta el alma de los difuntos.

Embarcadero de Huillinco, Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Llegué a Huillinco, que sigue cumpliendo con la descripción de Chatwin: “un grupo de casas, un embarcadero y el lago del otro lado”. Su cementerio es uno de los más peculiares que he visto en todo el mundo. No había nadie en la calle. Todos estaban en la iglesia, en un funeral.
Tampoco había barco, y seguí hasta Cucao por carretera. Las casas de Cucao están separadas del océano por una barra de arena que obliga al río a completar un meandro. Al lado está el bosque —el Parque Nacional Chiloé— y empecé a caminar. Parecía que los troncos de los árboles no tuvieran una corteza sino una piel fina y delicada que brillaba en la penumbra.

Parque Nacional Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Atravesé un trecho del bosque y me dirigí hacia el océano. Trepé a una duna y me asomé al infinito. El día era gris y las olas batían con fuerza sobre la base de la duna. Cada golpe era como un mordisco que se llevaba una buena porción de arena. No creo que ahora quede nada de esa duna.

Costa occidental de Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Así que éste es el fin del mundo en Chiloé. Hacia el norte y hacia el sur se extendía una playa inmensa. Daban ganas de empezar a caminar y caminar por esta playa solitaria. Darwin se lo propuso a sus guías, pero le quitaron la idea de la cabeza. Es imposible. Las sierras llegan hasta la orilla e impiden el paso. No es buena idea naufragar más allá del fin del mundo. 

martes, 19 de junio de 2012

Chiloé, la tierra de Francisco Coloane

Quemchi, Isla Grande de Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

 Llovió toda la noche. Llovió sin parar, con una insistencia como pocas veces he podido ver, llovió como sólo he visto muy lejos de casa.
Llovió sin parar en mi primera noche en ChiloéLa lluvia y el viento golpeaban la ventana de mi habitación, en un palafito de Castro. Parecía que se rompía el cielo.
Estaba advertido. Darwin pasó por Chiloé y dejó caer uno de sus comentarios: “En invierno el clima es detestable, y en verano sólo un poco mejor”. Coloane, que era chilote, inicia Los pasos del hombre —su libro de memorias— hablando de la lluvia. Sabría de qué hablaba al escribir “a veces por cuarenta noches y cuarenta días arrecian los diluvios”. También recoge la mejor descripción de una tormenta de rayos y truenos: “El Diablo está peleando con su mujer”.

Quemchi, Isla Grande de Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Fui a Chiloé por muchas razones, y una era para encontrarme con la tierra natal de Francisco Coloane. Coloane fue el escritor de los espacios abiertos, de la aventura en los confines del mundo, de la vida al filo de la muerte de los cazadores de focas, del terror de los náufragos, del destino incierto de los polizones. Es lo más parecido que tenemos a Jack London en español.

Quemchi, Isla Grande de Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Por la mañana llovía suavemente y aproveché para ir a Quemchi, el puerto donde nació Coloane. Encontré un pequeño monumento (no muy vistoso) en su memoria y aproveché para leer unas líneas de Los pasos del hombre. Después me acerqué al muelle. Unos barcos acababan de atracar y los pescadores se preparaban para vender lo que habían arrancado al mar. Había un par de coches, pero no les presté atención.
Un rato después se me acercó alguien. Me hizo la pregunta a bocajarro.
—¿Vio sacar al muerto?
No, no lo había visto. Los coches junto a los que había pasado eran los del juzgado. Acababan de llevarse el cuerpo.
El hombre me contó que, la noche pasada, la tormenta había pillado desprevenido a un pescador en su barquita. A pesar de su experiencia no había podido soportar el temporal. Se acabó. Pocas horas antes lo habían encontrado flotando a poca distancia del puerto. Casi había conseguido salvarse.
El temporal, el maldito temporal, el que había sentido desde la seguridad y el calor de la habitación del hotel de Castro, tan cómodo y ajeno a la realidad que se vivía en ese momento ahí afuera.

Quemchi, Isla Grande de Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Pocas veces he sentido que la literatura de verdad es la que habla de la vida y la muerte, de la verdad que hay en esas dos caras de la moneda, de la verdad que hay en el canto que separa esas dos caras de la moneda.
De vez en cuando cojo un libro de Coloane y leo unas páginas al azar. Lo recuerdo ahora porque nació un 19 de junio. Qué buen día para nacer. Qué buenos los que nacen ese día.

viernes, 15 de junio de 2012

En busca del fruto del árbol del pan

Fruto del árbol del pan. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Hace poco hablaba de la Pointe Vénus de Tahiti, donde habían recalado algunos de los primeros marinos europeos que llegaron a estas islas de los Mares del Sur, como Wallis y Cook. Pero se me olvidó mencionar a otro de los más famosos: Wiliam Bligh.
Con el capitán Cook, en su primer viaje, viajaba Joseph Banks, uno de los naturalistas más importantes de su época, que acabó siendo presidente de la Royal Society. Desde este cargo, Banks controló durante cuatro décadas muchos aspectos de la ciencia británica y fue el impulsor de numerosas expediciones científicas. Fue él el que envió a Bligh a Tahiti, adonde llegó en 1789.

martes, 12 de junio de 2012

Reunión, la isla de Roland Garros y El hombre que camina

Isla Reunión. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

El mes pasado dejé sin resolver una pregunta que planteaba al final del post sobre El hombre que camina: ¿dónde había tomado las fotos de las señales de tráfico?
Observando las fotografías —y dando por supuesto que no había fotos-trampa— se podían obtener los siguientes datos:
-es un lugar tropical (palmeras).
-es un lugar al borde del mar.
-es un lugar con una fuerte presencia hindú (probablemente de tamiles, por lo vistoso del templo).
-afinando mucho se podía afirmar que es un lugar volcánico (la foto de las piedras).

Isla Reunión. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
No creo que haya muchos muchos lugares que cumplan todos los requisitos. Pero además hay otro detalle que había que tomar en cuenta y que estrechaba muchísimo cualquier listado de países: la propia existencia de las señales de tráfico. De tantas señales y relativamente bien conservadas.
Es lo que tiene la isla francesa de Reunión: es un lugar volcánico y tropical, con una parte importante de la población de religión hindú. Al ser una isla, tiene costa, evidentemente. Y, al ser un departamento francés, tiene un sistema de señalización de carreteras como en pocos otros lugares situados en el trópico. Lamentablemente muchos países situados en latitudes cálidas son países subdesarrollados o emergentes (es decir, bastante pobres) y forman parte del llamado Tercer Mundo. Que, entre otras cosas, no dedican mucho dinero a las señales de tráfico.

Isla Reunión. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Reunión es un departamento francés como cualquier otro, a pesar de estar situado en el océano Índico, frente a Madagascar. Es una región ultraperiférica de Europa, exactamente lo mismo que las islas Canarias. Y forma parte de la Eurozona. Qué grande y sorprendente es la Unión Europea.
Aprovecho estas fechas para recordar que el aeropuerto internacional de Reunión tiene el nombre de Roland Garros ), que no fue tenista profesional (sólo aficionado), sino un as de la aviación, muy activo durante la I Guerra Mundial.

Isla Reunión. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Estos días en que tanto se ha hablado del torneo de tenis, ¿sabías que Roland Garros no era tenista, sino un aviador francés, que había nacido en un departamento francés que está frente a Madagascar, en el que hay una importante proporción de población originaria de la India?
Qué pequeña y sorprendente es la isla Reunión.

martes, 5 de junio de 2012

El capitán Cook y el tránsito de Venus

Faro en Pointe Vénus, Tahiti. Foto: Ángel M. Bermejo (c)

Justo en el extremo norte de la isla de Tahiti hay un pequeño saliente, una diminuta península llamada Pointe Vénus, la Punta de Venus. Sería tentador pensar que el nombre hace referencia a la diosa del amor.
No en vano los primeros navegantes europeos que llegaron a esta isla —bajo el mando de Wallis, Bougainville y Cook, siempre después de larguísimas travesías sin tocar tierra y sin tener ningún encuentro con población alguna— gozaron de una cálida acogida por parte de las nativas. Supongo que fue una de las razones para que el imaginario europeo localizara en estas latitudes el Paraíso.
Pero no. La Punta de Venus debe su nombre al planeta y al paso del famoso capitán Cook por esta isla por una razón científica.
James Cook es el gran explorador del Pacífico. Sus tres viajes alrededor del mundo entre 1768 y 1779 le han garantizado un puesto de honor en cualquier historia de los descubrimientos.
Pero James Cook no era un turista ocioso. En todas sus expediciones había una serie de objetivos científicos que cumplir. En su primer viaje tenía al menos dos: uno es de apariencia magnífica y otro que podría parecer ridículo en comparación. El primero era nada más y nada menos que descubrir la legendaria Terra Australis Ignota. El segundo era realizar una observación astronómica, el tránsito de Venus, que muchos otros científicos llevarían a la vez en otros lugares de la Tierra.
Fracasó en ambos proyectos.
Normalmente pensamos que las observaciones astronómicas se realizan de noche, o que tienen que ver con aparatosos fenómenos como eclipses totales de Sol. En este sentido estudiar el tránsito de Venus es aparentemente un detalle menor: consiste en observar el paso del planeta por delante del Sol, algo que sólo ocurre cuando nuestra estrella y su segundo y tercer planeta se alinean, algo que no ocurre muy a menudo.
La primera persona que observó el tránsito de Venus por delante del Sol fue un inglés llamado Jeremiah Horrox en 1639, y lo hizo porque así lo predecían las leyes de Kepler. Muchos años después Edmund Halley se dio cuenta de la importancia de este fenómeno y desarrolló una idea genial: si el tránsito era estudiado desde diferentes latitudes, los observadores obtendrían distintos resultados. Un estudio de estos datos permitiría averiguar, por paralaje y no sé qué cálculos más, las distancias entre el Sol, Venus y la Tierra.
No es ninguna tontería. Para los humanos, la distancia entre la Tierra y el Sol es la unidad astronómica, la que permite calcular las dimensiones del Sistema Solar y del Universo.
Todo ello es posible estudiando un fenómeno astronómico que dura unas pocas horas y que la absoluta inmensa mayoría de la humanidad nunca ha observado. Y ni siquiera ha sabido de su existencia. El capitán Cook y los científicos que le acompañaban —entre los que se encontraba Joseph Banks— participaron en la observación del tránsito de Venus del 3 de junio de 1769. Consiguieron llevarla a cabo pero sus observaciones no fueron todo lo precisas que se deseaba y al final no sirvieron de mucho. Pero hay que celebrar el inquieto espíritu científico que nos hace a los humanos intentar descifrar el mundo. A algunos. Ya sabemos que la mayoría “se contenta con vivir esta gran vida... y deja a los demás el cuidado de buscarle explicación”.
Hace casi dos siglos y medio, el capitán Cook viajó durante meses hasta el otro extremo del mundo para observar durante unas pocas horas un fenómeno tan raro como poco espectacular. Hoy, día 5 de junio y mañana día 6 de junio de 2012 (según el huso horario del observador), y tal como predicen las leyes de Kepler y Newton, este fenómeno se vuelve a producir. No volverá a repetirse hasta el 10 de diciembre de 2117.
James Cook viajó a Tahiti para realizar esa observación porque era un lugar que ofrecía buenas condiciones (el fenómeno no es visible desde todos los lugares de la Tierra), igual que en el día de hoy. Por ello, en la isla, y en recuerdo de la expedición del famoso navegante, se han previsto varias actividades alrededor de este fenómeno.