Esto es lo que me pasó, y lo
que sentí, en dos vuelos diferentes, hace ya muchos años. Etiqueta del post:
“Batallitas del abuelo”.
Reportajes y fotos de viajes por todos los países del mundo. Naturaleza, cultura, patrimonio, literatura y tradiciones para encontrar y disfrutar la emoción del viaje.
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jueves, 21 de febrero de 2013
Orgullo y vergüenza en el pasillo de un avión
lunes, 31 de diciembre de 2012
Los viajes de 2012
Termina
el 2012 y es el momento de echar la mirada atrás para ver qué tal
ha ido el año viajero. Hago memoria y veo que, una vez más, ha sido
un año americano, con cuatro viajes que suman dos meses y medio de
recorridos por esas tierras, a las que gusto de volver una y otra
vez. También he hecho otros viajes por países más cercanos.
Éste
es el resumen de los seis viajes más interesantes que he hecho en
2012.
miércoles, 11 de julio de 2012
Camino del fin del mundo en Chiloé
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| Costa occidental de Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
Descubrir Chiloé en un atlas y desear ir allí fue todo uno.
Chiloé: una isla grande, frente al Pacífico, ¡repleta de misterios!
Más tarde, cuando pude estudiar un buen mapa de la isla supe que quería ir a un sitio concreto: a Cucao.
El litoral septentrional y oriental de Chiloé están frente al continente, y allí se encuentran todas las poblaciones: Ancud, Castro, Chonchi, Quellón, Achao, Quemchi... Lugares de nombres nunca oídos. Desde ellos se ve el Chile continental lo que, de alguna manera, hace de esta isla un mundo cercano.
Sin embargo, tanto la costa occidental como la meridional están abiertas al océano y en ellas no hay ninguna población. Salvo Cucao.
Toda este litoral es un mundo intransitable de sierras cubiertas de bosques espesos, un espacio aislado del resto del mundo. Darwin, que recorrió la isla, refiere dos casos diferentes de náufragos que consiguieron llegar a esta orilla perdida, sólo para descubrir que no podían salir de allí. De hecho, el Beagle recogió a unos balleneros que habían sido arrojados allí por las olas ¡y llevaban quince meses buscando la manera de atravesar el bosque!
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| Parque Nacional Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
Lo curioso es que Cucao existe y se puede llegar hasta allí porque la isla está atravesada en esta parte por dos lagos alargados, el Huillinco y el Cucao, que permiten cruzar prácticamente la isla de lado a lado y llegar al océano.
En tiempos de Darwin había un camino pavimentado con troncos de árboles, pero tan deteriorado que tuvo que saltar a una piragua para continuar su camino. La tripulación le pareció muy extraña. “Dudo mucho que se hayan podido reunir jamás en una pequeña embarcación seis hombrecillos más feos”, escribió en su Diario. Ahora hay una carretera en buenas condiciones.
Por aquí también anduvo Chatwin. Siguió el mismo camino —que estaba igual de mal que en los tiempos de Darwin— y también tuvo que esperar en Huillinco a que llegara un transbordador. Chatwin estaba encantado de encontrar viva en esta zona de lagos y barcas, alejada del resto del mundo, la leyenda del barquero que transporta el alma de los difuntos.
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| Embarcadero de Huillinco, Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
Llegué a Huillinco, que sigue cumpliendo con la descripción de Chatwin: “un grupo de casas, un embarcadero y el lago del otro lado”. Su cementerio es uno de los más peculiares que he visto en todo el mundo. No había nadie en la calle. Todos estaban en la iglesia, en un funeral.
Tampoco había barco, y seguí hasta Cucao por carretera. Las casas de Cucao están separadas del océano por una barra de arena que obliga al río a completar un meandro. Al lado está el bosque —el Parque Nacional Chiloé— y empecé a caminar. Parecía que los troncos de los árboles no tuvieran una corteza sino una piel fina y delicada que brillaba en la penumbra.
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| Parque Nacional Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
Atravesé un trecho del bosque y me dirigí hacia el océano. Trepé a una duna y me asomé al infinito. El día era gris y las olas batían con fuerza sobre la base de la duna. Cada golpe era como un mordisco que se llevaba una buena porción de arena. No creo que ahora quede nada de esa duna.
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| Costa occidental de Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
Así que éste es el fin del mundo en Chiloé. Hacia el norte y hacia el sur se extendía una playa inmensa. Daban ganas de empezar a caminar y caminar por esta playa solitaria. Darwin se lo propuso a sus guías, pero le quitaron la idea de la cabeza. Es imposible. Las sierras llegan hasta la orilla e impiden el paso. No es buena idea naufragar más allá del fin del mundo.
martes, 19 de junio de 2012
Chiloé, la tierra de Francisco Coloane
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| Quemchi, Isla Grande de Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
Llovió toda la noche. Llovió sin parar, con una insistencia como pocas veces he podido ver, llovió como sólo he visto muy lejos de casa.
Llovió sin parar en mi primera noche en Chiloé. La lluvia y el viento golpeaban la ventana de mi habitación, en un palafito de Castro. Parecía que se rompía el cielo.
Estaba advertido. Darwin pasó por Chiloé y dejó caer uno de sus comentarios: “En invierno el clima es detestable, y en verano sólo un poco mejor”. Coloane, que era chilote, inicia Los pasos del hombre —su libro de memorias— hablando de la lluvia. Sabría de qué hablaba al escribir “a veces por cuarenta noches y cuarenta días arrecian los diluvios”. También recoge la mejor descripción de una tormenta de rayos y truenos: “El Diablo está peleando con su mujer”.
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Fui a Chiloé por muchas razones, y una era para encontrarme con la tierra natal de Francisco Coloane. Coloane fue el escritor de los espacios abiertos, de la aventura en los confines del mundo, de la vida al filo de la muerte de los cazadores de focas, del terror de los náufragos, del destino incierto de los polizones. Es lo más parecido que tenemos a Jack London en español. |
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Por la mañana llovía suavemente y aproveché para ir a Quemchi, el puerto donde nació Coloane. Encontré un pequeño monumento (no muy vistoso) en su memoria y aproveché para leer unas líneas de Los pasos del hombre. Después me acerqué al muelle. Unos barcos acababan de atracar y los pescadores se preparaban para vender lo que habían arrancado al mar. Había un par de coches, pero no les presté atención.
Un rato después se me acercó alguien. Me hizo la pregunta a bocajarro.
—¿Vio sacar al muerto?
No, no lo había visto. Los coches junto a los que había pasado eran los del juzgado. Acababan de llevarse el cuerpo.
El hombre me contó que, la noche pasada, la tormenta había pillado desprevenido a un pescador en su barquita. A pesar de su experiencia no había podido soportar el temporal. Se acabó. Pocas horas antes lo habían encontrado flotando a poca distancia del puerto. Casi había conseguido salvarse.
El temporal, el maldito temporal, el que había sentido desde la seguridad y el calor de la habitación del hotel de Castro, tan cómodo y ajeno a la realidad que se vivía en ese momento ahí afuera.
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Pocas veces he sentido que la literatura de verdad es la que habla de la vida y la muerte, de la verdad que hay en esas dos caras de la moneda, de la verdad que hay en el canto que separa esas dos caras de la moneda.
De vez en cuando cojo un libro de Coloane y leo unas páginas al azar. Lo recuerdo ahora porque nació un 19 de junio. Qué buen día para nacer. Qué buenos los que nacen ese día.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Chiloé, el cementerio de Huillinco
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| Cementerio de Huillinco, Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
La isla chilena de Chiloé es un lugar de naturaleza extrema, donde el hombre se enfrenta a fuerzas que muchas veces no puede dominar. Como no puede ser de otra manera, la muerte está presente en cada aspecto de la vida. Hay historias de todo tipo al respecto, algunas fantásticas y otras muy muy fantásticas.
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| Cementerio de Huillinco, Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
También está el día a día en el recuerdo de los seres queridos que se fueron. En este sentido, el lugar que me pareció más interesante es Huillinco, un pequeño pueblo a orillas del lago del mismo nombre.
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| Cementerio de Huillinco, Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
En el cementerio de Huillinco hay muchas tumbas que son como las de cualquier otro lugar del mundo: lo que se ve es una cruz clavada en el suelo, con el nombre y algún dato de la visa del difunto, y algunas flores a su lado.
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| Cementerio de Huillinco, Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
Pero también hay muchas construcciones en el cementerio, que se parecen a las casas tradicionales que se ven en las calles. Son pequeños mausoleos que no tienen esa apariencia tétrica que hiela el ánimo en la mayor parte de los cementerios del mundo. Algunas son poco más que una caseta, pero también hay construcciones más grandes. Aquí los difuntos descansan en casitas que tienen un pequeño cuarto de estar, donde hay asientos, retratos en las paredes, estantes con cosas. Me dijeron que la gente viene a visitar a sus muertos como quien va a visitar a un vivo, a su casa. Que entran en la salita, arreglan las cosas, se sientan y pasan un rato allí, charlando o en silencio, recordando a los que se fueron.
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| Cementerio de Huillinco, Chiloé, Chile. Foto: Ángel M. Bermejo (c) |
lunes, 2 de mayo de 2011
Subida nocturna a un cerro de Valparaíso
Bar Cinzano, Valparaíso. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
El Cinzano es un bar de Valparaíso que se encuentra justo donde empieza la subida a uno de los cerros. Tiene más de 100 años, y parece que durante décadas ha servido de etapa para los que buscaban los ánimos necesarios para enfrentarse a las cuestas. Los carteles de la decoración prometen “regias orquestas”, “ambiente familiar”, “comidas típicas” y, sobre todo, “los mejores tragos”.
El otro día la barra estaba llena de hombres que bebían cerveza y fumaban cigarrillos. Sonaban discos antiguos, sobre todo de boleros de sentimientos desencajados: reconocí la voz de Celio González, de Bienvenido Granda, de Daniel Santos y de Alberto Beltrán. La crème de la crème. La música que pone el diablo en el infierno. Parecía una noche más en el Cinzano.
Terminé mi trago y emprendí la subida al cerro Alegre, dejando a la izquierda los cerros Panteón y Cárcel. Es de justicia reconocer la necesidad de animarse previamente en el Cinzano porque la cuesta se las trae. Normalmente hay taxis colectivos que suben el cerro, pero a esas horas de la noche no aparecía ninguno.
Valparaíso. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
Todavía resonaban en mis oídos los ecos de los boleros cuando pasé junto a dos señores que charlaban en la noche empinada mientras tiritaban amarillas las luces de los barcos a lo lejos. Pesqué al pasar parte del diálogo:
-De los hermanos, éramos 18, y estamos quedando dos.
-Entonces ¡cuídese!
La calle se levantaba en cuestas vertiginosas y la acera se convirtió en una escalera. Un banco en una esquina resultó tentador. Me senté y de la ventana cercana e iluminada salían las notas del concierto de clarinete de Mozart. La música que tocan los ángeles en el cielo. La ventana iluminaba más que nunca.
Terminó el segundo movimiento y la voz del locutor de la radio me trajo de regreso a la noche. Continué la escalada y pasé por la calle San Enrique, donde vivió hace muchos años el poeta Gonzalo Rojas (hace 400 años, dijo él en un documental sobre su vida), cuyo cuerpo había sido velado ese mismo día en Santiago con todos los honores.
Casa que fue de Gonzalo Rojas. Valparaíso. Foto: Ángel M. Bermejo (c)
En esa casa escribió “Oh voz, única voz: todo el hueco del mar, todo el hueco del mar no bastaría, todo el hueco del cielo, toda la cavidad de la hermosura no bastaría para contenerte, y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera, oh majestad, tú nunca cesarías de estar en todas partes...”. Se titula Al silencio, y está dentro del poemario Contra la muerte.
Contra la muerte lo invoqué, pero fue inútil. Llegué al hotel y entregué al silencio la banda sonora de la subida al cerro.
Contra la muerte lo invoqué, pero fue inútil. Llegué al hotel y entregué al silencio la banda sonora de la subida al cerro.
sábado, 30 de abril de 2011
Real Madrid, Barça y Mourinho en Valparaíso
Si acaso el viajero, en una tarde de otoño, sintiera un ataque de melancolía en en una ciudad tan propicia a la melancolía como Valparaíso, siempre puede ahondar en el sentimiento: basta con acudir al puerto y buscar un bar de hombres solos y mujeres de triste alegría y así bañar en solitaria compañía su tristeza.
Pero también puede rebelarse y buscar la vida: acudir al mercado donde siempre hay mujeres que venden pescado, fruta, sal y café.
Pero, ay mamita, lo malo del mercado de Valparaíso es que todos los puestos tienen un televisor, y si el viajero llega en el momento equivocado del día equivocado se enfrenta a males peores que la melancolía.
Las pesadillas, los fantasmas que creyó dejar arrinconados en casa se le aparecen de pronto en toda su monstruosidad: todos, absolutamente todos los puestos del mercado están conectados al Madrid-Barça de la primera vuelta de la semifinal de la Liga de Campeones.
Exagero: hay un puesto sin televisor, y es el que me interesa porque es el que vende especias y condimentos. Pero nadie atiende. Al rato aparece el dueño y le compro merkén y ajo molido. Tan pronto le pago desaparece de nuevo.
Lo encuentro unos metros más allá, y consigo que me haga estas declaraciones exclusivas:
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