miércoles, 13 de abril de 2011

Australia: Northern Territory, I


Uluru, Ayers Rock. Foto: Ángel M. Bermejo (c)


“SEXO
Bueno, y ahora que he captado su atención, que sepan que no se puede entrar en este local sin camisa”. Así rezaba el cartel (que captó mi atención) en la puerta de un bushtucker en Alice Springs. Era la primera vez que entraba en uno de ellos y no sabía lo que me esperaba, pero reaccioné pidiendo un filete de canguro y ámbar fluido (una cerveza). Un bushtucker es uno de esos restaurantes que pueden ser el sueño de un carnívoro que piensa que el pollo o el cordero lechal son productos casi vegetarianos. 
El dueño no parecía dispuesto a gastar mucho en la iluminación del local, los clientes mostraban predilección por las camisas de cuadros, los tatuajes y las espaldas anchísimas, y la carta era un muestrario de productos típicos de la zona: carne de canguro, dromedario, búfalo, emú y cocodrilo. Otro día preguntaría si el cocodrilo era de agua dulce o salada, pensando que la de estos sería más sabrosa. La música pasaba con toda naturalidad de los Bee Gees a Men at Work o a ACDC, y parecía un buen lugar para pasar el rato.
Acababa de bajarme del autobús después de 24 horas de viaje entre Adelaide y Alice Springs, y por fin me encontraba en el corazón del desierto rojo, el centro geográfico de Australia, en el Northern Territory. En el camino ya había encontrado algunas de las imágenes que iban formando poco a poco la imagen de este país tan inmenso como sorprendente. En Coober Pedy unos buscadores de ópalos que hablaban griego entre ellos celebraban una semana fructífera; al atardecer había visto un grupo de canguros brincando por la llanura; y en un momento el autobús se había detenido porque un grupo de vaqueros, a caballo y con el sombrero bien puesto, estaba llevando un rebaño inacabable de un lugar a otro del desierto y tenían cortada la carretera. Sydney, con su ópera, bares de moda y sus ejecutivos parecía un lugar realmente lejano.
Alice Springs es uno de esos mitos viajeros, como Tombuctú o Kashgar, siempre en mitad del desierto, en medio de las rutas que recorren el mundo. También en el centro del universo mítico de los aborígenes. Tras su pista viajé hasta Uluru, la montaña mágica que en realidad es una roca, el monolito más grande del mundo, del que sólo se ve una pequeñísima parte, como la punta de un iceberg.


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